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EL PROCESO -KAFKA- VISIONADO PELICULA DE ORSON WELLES

Film El proceso (Orson Welles, 1962)
The Trial



"Esta pelìcula es la cumbre del arte cinematogràfico."
Charles Chaplin

"EI cine es todavia muy joven, y serìa completamente ridìculo no lograr encontrar cosas nuevas. ¡Si pudiese hacer màs filmes! ¿Saben lo que pasò con EI proceso? Dos semanas antes de salir de Paris para Yugoslavia, nos dijeron que no habia posibilidad de construir un solo decorado alli, porque el productor ya habìa hecho otro filme en Yugoslavia y no habia pagado sus deudas. Por eso fue necesario utilizar aquella estaciòn abandonada. Yo habìa planeado un filme diferente por completo. Lo inventamos todo en el ùltimo minuto porque, fisicamente, tenia una concepciòn totalmente diversa. Se basaba en una ausencia de decorados. Y este colosalismo del que se me ha acusado se debe en parte al hecho de que el ùnico decorado de que disponìa era aquella vieja estaciòn abandonada. Una estaciòn de ferrocarril vacìa es inmensa. La producciòn, tal como yo la habia bosquejado, comprendia decorados que desaparecian gradualmente. El numero de elementos realistas habia de ser cada vez menor, y el publico se daria cuenta de ello, hasta el punto en que la escena se reduciria a un espacio vacio, como si todo se hubiese desvanecido."
Orson Welles



Director: Orson Welles

Guiòn: Orson Welles (Novela: Franz Kafka)

Año: 1962

Gènero: Drama

Argumento: Joseph K se despierta una mañana en su habitación y descubre a dos policías en ella que vienen a detenerle por un delito que no le puede confesar. Sin más explicaciones, es citado para ir al Tribunal y le dan permiso para seguir acudiendo a su trabajo, pero él aprovecha para encontrar ayuda en su caso, buscando a alguien que pueda informarle de cuál es su situación y de la manera de solucionarla.

Reparto: Anthony Perkins, Romy Schneider, Jeanne Moreau, Orson Welles, Elsa Martinelli, Akim Tamiroff

Duraciòn: 118 minutos

Importancia: Ninguna de las obras dirigidas por Orson Welles, después de la descalabrada The Magnificent Ambersons (1942), puede considerarse como un proyecto personal del genio norteamericano. A partir de aquel precoz fracaso, lo suyo son películas de encargo como The Lady from Shangai o Touch of Evil, adaptaciones teatrales del tipo Macbeth y proyectos inacabados e indefinibles como Don Quijote. De todas maneras, quien aceptó cualquier humillación en su papel de intérprete fue un férreo controlador de sus proyectos cinematográficos. Cualquiera de sus obras es inherente y característica de su filmografía. Pero El proceso, además, se cuenta entre las que su mano estuvo más libre para obrar dentro del reducido presupuesto que la propia cinta reconoce y que condicionó la puesta en escena.
Más que iniciativa propia, esta película supuso una elección propuesta por Alexander y Michael Salkind entre varios clásicos literarios del siglo XX para adaptar. La literatura de Kafka, no obstante, parece nacida para coincidir con la obra de Welles y es más que indudable el hecho de que sus atmósferas surrealistas, personajes confusos y de gran complejidad, arquitecturas aberrantes y angustias reprimidas permitió al genio desatar sus alardes de puesta en escena sin limitaciones realistas como las que sí pudo tener, de alguna manera, en proyectos tan oscuros y mágicos como Touch of Evil.
El proceso es una adaptación modélica desde cualquier punto de vista, ya que traslada los recursos literarios del autor austriaco a figuras cinematográficas sin que, en la operación, se pierda el contenido ni la atmósfera, manteniéndose uno y otra al mismo nivel a pesar de la libertad que, evidentemente, Welles tuvo con la obra original, de la que respeta la estructura pero no duda en variar sus episodios. Kakfa fue un autor previo a la II Guerra Mundial que coincide plenamente con el apogeo del expresionismo europeo del que Welles había extraído la mayor parte de sus innovaciones. Su conjunción permite retomar una estética profundamente expresionista sin las manchas que el género negro americano habían dejado en Lang, Siodmak o Preminger; retomar la corriente pura en una historia de connotaciones surreales y espacios fantásticos que la incluyen dentro de un género de invención, más cerca del primer cine underground posbélico que de cualquier cineasta contemporáneo a él.
Joseph K (Anthony Perkins) despierta para encontrarse con dos policías en su cuarto y, a partir de entonces, su mundo se trastornará completamente hasta el límite de una conclusión tan trágica para él como para el sistema. Es un personaje que no está dispuesto a ceder en su pugna contra un conglomerado abstracto y aterrador donde la ausencia de personalidades obliga al individuo a la esclavitud de por vida, al silencio y a la espera de una burocracia desmedida y absurda. Pero también es un personaje aislado dentro de su entorno, ya que intenta obrar según una lógica antigua e inútil para el universo que le rodea y su búsqueda ciega le aleja de las relaciones humanas que, necesariamente, deben variar en su situación. Solo y carente de explicaciones, vaga por escenarios desérticos que no tienen salida.
La puesta en escena de Welles razona a partir de un mundo en blanco y negro donde las sombras y los contrastes exagerados aíslan aún más al personaje de su objetivo. El uso de grandes angulares para toda la película funciona, por un lado, para cerrar los planos cercanos en asfixiantes ratoneras y, por otro lado, ampliar las perspectivas en fuga de las calles, corredores e infinitas líneas rectas por las que circula. El suyo es un camino sin retorno ni descanso y por eso los escenarios se transforman y se estiran según una caprichosa sucesión de hechos, se agrandan para empequeñecerle o viran en idénticas rectas de objetos fríos e indiferentes. Los mismos personajes aparecen y desaparecen, engañan y son engañados mientras el único que se mantiene fiel es el desgraciado Joseph K.
Se le perdonan a Welles, porque todos le conocemos, los toques de pedantería que pueblan un film excesivo en todos los sentidos donde abunda lo obvio: todo es absurdo y, al mismo tiempo, de una lógica implacable. Su talento despunta especialmente en las secuencias aisladas a un nivel visual más que consagrado: la habitación de K con los techos tan bajos siempre enfocados, la composición de los planos humanos de forma geométrica cubriendo la pantalla, la utilización de planos secuencia y travellings que dan la sensación de infinitud correspondiente, aparte, a unos diálogos enrevesados y confusos que basan su brillantez en embrollar sin aclarar nunca los temas que tratan, en un continuo diálogo sin final posible para el personaje.
Lo más discutible, si hubiera algo, es el ritmo de la película, que se revela muy irregular, sobre todo con un punto bajo alrededor de la última media hora, justo antes de que se manifieste una de las mejores y más enloquecidas secuencias del film, la visita al pintor del juzgado y la persecución por las alcantarillas de los niños, que recuerda voluntariamente al final análogo de El tercer hombre de Carol Reed en una sustitución malévola de la policía por un grupo de infantes sombríos y terroríficos que acosan al personaje. Su reparto, así mismo, está conformado por amigos personales del director que se podrían considerar una comitiva Welles al igual que la pandilla de John Ford. Akim Tamiroff como el asustadizo comerciante Block, Jeanne Moreau de cabaretera, Elsa Martinelli, Michael Lonsdale. Cada uno tiene su momento y su ocasión para el lucimiento personal, aunque algunos se antojan demasiado caprichosos. El propio Welles se reserva uno de los personajes principales, el sarcástico abogado Hastler al que descubrimos oculto por la nube de su puro en una referencia directa a la conocida personalidad pública del cineasta norteamericano.
El proceso enturbia con deliberación su forma y su fondo, proponiendo un juego de simbolismos inexpugnable. Su solución es un enigma, porque resulta imposible llegar hasta el final de su discurso, en un precedente a Fraude y el conflicto sobre el arte y la autoría. La ley, la sociedad, la propia existencia humana no tienen respuesta y mucho menos por el ser humano. El proceso de Joseph K está perdido desde el inicio; nadie puede ayudarle y lo que se encuentra son mujeres secas y misteriosas como Marika Burstner, jueces magnánimos pero incapacitados, ciudadanos miedosos, siervos del sistema, criadas que son enfermeras con rostros poliédricos, compañeros traidores, policías peligrosos que luego son igualmente castigados por poderes mayores que ellos. El proceso es una película tan enigmática e infinita como la fábula que la precede, narrada por el propio Welles pero original de Kafka. Y la sensación que provoca es que hemos traspasado la primera puerta, pero aún nos quedan muchas para alcanzar a vislumbrar el final del corredor.

(Texto de Pablo Sànchez Blasco tomado de Pasadizo.com )
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