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APRENDER A ARGUMENTAR

FUENTE: Fernando Peregrín

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Propósito de año nuevo: aprender a argumentar

La argumentación es un tipo de discurso expositivo que tiene como finalidad defender con razones o argumentos una tesis, es decir, una idea que se quiere probar; o sustentar  una hipótesis. Es también el arte de organizar juicios para persuadir o disuadir a un auditorio; la Teoría de la argumentación se considera una disciplina que estudia las diferentes técnicas discursivas que permiten confirmar  o disuadir a una, o muchas personas sobre la tesis que propone un orador o escritor.

Argumentar es una actividad cotidiana y necesaria en la vida de todo profesional, sea este abogado, médico, ingeniero, administrador, vendedor, banquero e incluso para el hombre de la calle. Todo aquel que crea que debe defender con éxito sus ideas o refutar las de otro oponente necesita desarrollar la destreza argumentativa. Por tanto, la formación universitaria exige el desarrollo y el refinamiento de tal competencia. Desde el ingreso a los primeros cursos hasta la culminación de estudios del postgrado, se debe capacitar en el arte de organizar las razones o teoría de la argumentación.

Argumentar señala Wittgestein, es un juego del lenguaje y del pensamiento, es decir, una práctica lingüística sometida a reglas, que se produce en un contexto comunicativo mediante el cual pretendemos dar razones ante los demás o ante nosotros. Las razones que presentamos para justificar un hecho deben tener validez intersubjetiva o susceptible de crítica y precisamente a través de ella llegar a cuerdos comunicativos.

Argumentar es también, un “acto de habla”, que puede ser complejo y requiere por lo menos de dos actos, uno que funciona como tesis y el otro que opera como argumento o premisa para una conclusión. Un argumento por el contrario es un micro “acto de habla”, por lo tanto es menos complejo y su propósito es ilustrar, sustentar, justificar, aclarar, explicar. Cuando un argumento es incorrecto o sus razones son insuficientes, irrelevantes, apresuradas o dudosas estamos frente a una falacia. La falacia no es un error epistemológico, es un argumento deformado, pero al fin y al cabo argumento, que muchas veces es utilizado adrede.

Según Habermas “La argumentación es un “macro acto de habla”, es un medio para conseguir un entendimiento lingüístico, que es el fundamento de una comunidad y es por medio de la intersubjetividad como se logra un consenso que se apoya en un saber proporcional compartido, en un acuerdo normativo y una mutua confianza en la sinceridad subjetiva de cada uno”. Al respecto, dice el mismo autor, que los sujetos capaces de lenguaje y de acción deben estar en condiciones no sólo de comprender, interpretar, analizar, sino también de argumentar según sus necesidades de acción y de comunicación. Por lo tanto es urgente que desde la escuela básica, el colegio de la ecuación media y la universidad se enseñe y se practique la argumentación.

Argumentar bien, significa expresar con claridad, coherencia,  precisión y pertinencia las ideas para que los demás comprendan y acepten nuestra tesis. Se aprende a argumentar bien ejercitando la lógica informal, el diálogo y el debate abierto. La argumentación, consta de tres momentos o etapas fundamentales: introducción de la idea que se pretende defender, el desarrollo o argumentación global y la conclusión, en la que se confirma la tesis.

La oratoria es una práctica argumental a pesar del énfasis, que consta del conjunto de técnicas vocales que se emplean con el fin de lograr expresar de manera elocuente las ideas. De hecho el recurso más importante de la oratoria es la vocalización, que consiste en ante todo en el énfasis en la pronunciación y fluidez en la expresión. La argumentación en cambio, es lo dicho, lo enunciado conforme a una lógica del pensamiento e independientemente del medio físico o la técnica vocal.

Sin duda, un buen registro de voz, el uso apropiado del léxico, respectando las reglas sintácticas, pronunciando correctamente, haciendo inflexiones de voz o entonaciones apropiadas nos permiten presentar las ideas cualquiera que estas sean como si en verdad fueran importantes y seguramente termina siendo una magnifica fuente de apoyo a la hora de convencer. Pero en el mundo moderno, en la era de la globalización cuando ya no hay gurus del conocimiento porque este se ha democratizado, no es lo determinante la vocalización sino la razón. Por eso fue enterrada la retórica clásica, la de Petrus Ramus que abandonó el arte de razonar bien propuesto por Aristóteles por el uso de la elocuencia y adorno del lenguaje dejando a la retórica el estudio simplista de las figuras literarias, hecho que produjo su decadencia y el rechazo de pensadores en los tiempos modernos.

El diccionario de la Real Academia define la elocuencia como “Facultad de hablar o escribir de modo eficaz, para deleitar, conmover o persuadir. Eficacia para persuadir o conmover que tienen las palabras, los gestos, los ademanes y cualquier otra acción o cosa capaz de dar a entender algo con viveza”. Teniendo como referencia estas definiciones podemos inferir que la elocuencia es una facultad que poseen no todas las personas, por lo tanto, no es pensable pretender que todos lo seamos; tal pretensión es una mera utopía.

Sin embargo, todos podemos convertirnos en buenos argumentadores si expresamos con claridad y sobre todo, si estudiamos las reglas de la lógica discursiva; en otras palabras, argumentamos en forma convincente cuando utilizamos las razones apropiadas para expresar y sustentar nuestras opiniones fuertes. Es decir cuando hacemos buen uso de las operaciones del intelecto como las nociones, los conceptos, las proposiciones, las categorías y las tesis. Y por supuesto de las herramientas intelectuales como la deducción, la inducción, el análisis, la inferencia, la síntesis, la analogía y la predicción.

La argumentación es razonamiento, inferencia y esencialmente el propósito es convencer, hacer cambiar de ideas, actitudes, acciones, decisiones de  un interlocutor. Ella fue cultivada en la antigüedad por los griegos. Marco Tulio (106- 43 a J.C.) refinó el arte de la composición, la ironía, la inventiva y la argumentación en sus discursos políticos, lo que le proporcionó la admiración no sólo de sus contemporáneos sino también de los intelectuales clásicos modernos que estudian sus tratados y sus cartas; siendo los Sofistas los más grandes exponentes del arte de argumentar, su error fue su desprecio por la verdad. De ahí las demoledoras críticas de Sócrates, Platón  y Aristóteles, quienes también fueron brillantes en el arte de argumentar.

En todo proceso argumentativo operan tres acciones: la interpretativa que consiste en comprender el sentido de un texto o un discurso; la propositiva o acción crítica y creativa y la argumentativa propiamente dicha o capacidad de sustentar una idea mayor. Estas acciones son expresadas a través del razonamiento analógico, basado en la comparación; el razonamiento deductivo que se expresa al sacar conclusiones particulares de hechos o situaciones globales; el razonamiento inductivo que fluye de los hechos concretos hasta constituir situaciones generales, el razonamiento silogístico o razonamiento deductivo de la lógica proposicional.

Son incontables los eventos en los que se discute o se cuestiona de manera imprecisa o poco clara. Es justamente en estas circunstancias donde opera el razonamiento práctico como una luz para lograr los acuerdos. Aún ahí, se debe tener en cuenta que, en la demostración, como en la deliberación crítica se requiere de la argumentación, es decir organizar las razones a favor o en contra del problema o tesis que se defiende. Pero no es el propósito del acto de argumentar realizar demostraciones, es decir, estamos frente a dos categorías diferentes aunque la una no incluye a la otra.

Educar en la argumentación permite aprender a no confundir las causas o motivos de acción con las consecuencias o razones que podrían justificarlas, sólo estás son susceptibles de crítica interpersonal. Tomemos un ejemplo: cuando le preguntamos a un estudiante universitario por qué no lee, éste contesta que “porque no le gusta”. ¿Es está una buena razón?, o ¿es una razón valida?, ¿El mero gusto empírico será un argumento?.

Será que el hecho de que no le guste, es la causa que no lea, y lo que es peor, viva de espaldas al mundo, con los ojos cerrados a todo el conocimiento de la humanidad. Se desea con la pregunta que dé una buena razón para no leer. Es decir debe tratar de probar que leer no es bueno. Es seguro que si, quienes si leen y gozan con sabiduría contenida en los libros, podríamos probarle que está en un error. Como vemos, una buena razón puede en determinado momento justificar una acción o unas creencias, aunque ésta no se deduzca necesariamente de aquella. Por eso, la mayoría de nuestras decisiones, aun siendo razonables escapan de al carácter necesario de deducibilidad lógica.

Cuando argumentamos, proferimos un conjunto de expresiones lingüísticas conectadas en forma lógica, de tal forma entre ellas hay una coherencia. Argumentar es, entonces, un conjunto de razones, de proposiciones utilizadas en un proceso comunicativo, llamadas premisas, que justifican o apoyan otra, llamada conclusión, que se deduce, de algún modo, de aquella. Toda argumentación supone un grupo de razones ordenadas en donde la conclusión se infiere de unas premisas y el nexo que hay entre éstas y aquellas se denomina inferencia.

El uso de la argumentación es múltiple, atraviesa todas las esferas de la vida en una sociedad democrática. Argumenta el político, el vendedor para promocionar sus artículos, el jurista para ganar un pleito, el líder para conseguir seguidores, el científico para defender sus hipótesis, el profesor para convencer a los jóvenes de la importancia de ser agentes de una revolución cultural y moral que requiere un país, el padre de familia para persuadir a su hijo de la importancia de la formación en la universidad, etc.

Desde luego, para tener éxito en cualquier actividad que requiera del buen uso del discurso o del debate, hay que leer mucho, comprender e interpretar los textos. Argumentar es una actividad imprescindible a la hora de presentar los resultados de un trabajo de investigación. En todos los casos una buena sustentación se aprende leyendo esencialmente a los grandes clásicos de la ciencia, la filosofía, la política, la economía, el derecho. Porque estos son unos verdaderos tratados de lógica humanista.

En el ámbito universitario convencer a un jurado calificador de una monografía, una tesis o un trabajo de indagación resulta fácil si se ha entrenado en la competencia argumentativa. Polemizar con un docente, discutir sus tesis deja de ser una situación de miedo y por el contrario se convierte en una valiosa oportunidad para demostrarle al profesor que el “alumno” también tiene luz propia y disentir con él deja de ser un problema peligroso sino un ejercicio de racionalidad práctica.

Convencer es el fundamento de la argumentación y se logra por medio de la deducción o la inferencia, de esta manera se consigue explicar unos conocimientos por medio de otros, de tal manera que las tesis son comprobadas racionalmente con fundamento en afirmaciones o negaciones, falseadas o verificadas. Por eso, tanto a Kant, como a Popper, les preocupó el tema de la argumentación, el buen uso de ella y recomendaron, que si queremos conformar una sociedad razonable es necesario que aprendamos a distinguir con claridad lo que es un conocimiento científico, es decir razonado y no el producto de las simples creencias y convicciones personales, políticas o religiosas impuestas sin ningún fundamento.

A esta tarea se consagró Popper y se le ha llamado “Problema de la demarcación”, y a ella dirigió toda su atención. La demarcación implica entender muy bien lo que es un razonamiento científico, porque no se trata, cómo creyó el positivismo moderno, de un conocimiento verdadero, e inconmovible. Siguiendo la tradición kantiana el hombre no está en la posibilidad de acceder a dicho conocimiento, de ahí que, el arte de organizar las razones para convencer, aún tiene vigencia, y es único medio para acceder a la mayoría de edad o a la ilustración kantiana.

Razonar es un proceso mental que permite relacionar ideas o juicios. Siempre que partimos de dos premisas o afirmaciones que determinan una conclusión tenemos entonces una inferencia. La conclusión puede presentarse al comienzo, en la mitad o al final del texto. En todos los casos las premisas son el punto de partida de la inferencia y el fundamento para la conclusión.

El razonamiento es un proceso lógico que conduce al conocimiento verdadero a través de razonamientos válidos regidos por normas. Un razonamiento es analógico cuando se basa en la comparación y la relación existente entre los elementos; el razonamiento deductivo, contrario al inductivo, implica extender a casos particulares las situaciones contenidas en un razonamiento general.

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