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WEBLOG: PASAR DEL AIRE

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Esta historia ocurrió hace muchos muchos años, antes de que los lobbies de la bollería industrial nos embutieran con dónuts, xuxos, bollycaos, phoskitos, tigretones... y sus consiguientes evoluciones, mucho antes de que existiera la PS3 y el Tuenti. En aquellos tiempos los niños de Castellón solo conocíamos un tipo de merienda y almuerzo de patio: las rosquilletas, barritas de pan crujientes muy típicas de la zona y muy desconocidas fuera (hasta la llegada de los restaurantes italianos creíamos que éramos los únicos del mundo que las comían). Las rosquilletas acompañaban cualquier excursión o viaje con la familia, incluso los jóvenes que estudiaban fuera se llevaban un cargamento de rosquilletas para disfrutar de un sabor 100% castellonero en esas ciudades que desconocían la receta.

La receta, sencilla (60 g de aceite de oliva, 200 ml de agua, 25 g de levadura fresca, 400 g de harina de fuerza, 10 g de sal y 1 pizca de bicarbonato; receta completa aquí), fue llevada a la perfección por la familia de panaderos del horno que hacía esquina en la calle Mayor con Sanchís Abella (edificio ahora desaparecido). Si bien hicieron de las rosquilletas una obra de arte, fue Margarita, la mujer ’fadrina i de poca espenta’ que las dispensaba, las que las convirtió en un mito: las rosquilletas de la Mustia.

Durante los 60, los 70 y los 80, Margarita, con sus labios y uñas rojísimos y su cara de’fava’, contó, recontó, envolvió y entregó las mejores rosquilletas de Castellón (y por ende, del mundo) a varias generaciones. Ante su puerta se formaban largas colas para comprar las archifamosas rosquilletas, sobre todo los días de cine, pues merecía la pena la espera y el suplicio que significaba ver a Margarita contar y recontar con parsimonia las rosquilletas que luego te ibas a comer. 

 

A finales de los 80 el horno cerró y fue entonces cuando nació la leyenda, una leyenda que ha pasado de generación en generación cada vez más distorsionada: que si sólo tenían rosquilletas con sal o sin sal, que si contaba las rosquilletas una a una chupándose los dedos como si pasara billetes, que si se descontaba las tiraba todas al montón y volvía a empezar, que si no sonreía nunca, que si su carmín de labios era Russian Red... Lo cierto es que las rosquilletas de la Mustia han quedado grabadas a fuego en la memoria colectiva de la ciudad (hay un facebook en su honor pero no una calle) y nunca han sido superadas. 



Margarita hace tiempo que murió y dicen los juglares más viejos del lugar, que yace abrazada a Tombatossals, en la cima de nuestros mitos. El sabor de sus rosquilletas se ha perdido en la memoria de un tiempo que no volverá, pero dicen que si te pones frente al espejo y gritas "Mustia, Mustia, Mustia", puedes llegar a percibir su olor y oír la voz de una mujer contando para sí: una, dos, tres, cuatro...  

 

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