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UN LUGAR PARA APRENDER FILOSOFÍA

SUGERENCIA PARA COMENZAR UNA CLASE DE FILOSOFÍA

SUGERENCIA PARA COMENZAR UNA CLASE DE FILOSOFÍA Jorge Bucay Libro:De la autoestima al egoísmo
Sala de conferencias en una librería. Sillas blancas de plástico. Gente haciendo cola afuera. Algunos se saludan, se reconocen.
Muy cerca, Jorge toma un café con Miguel, su editor. Aviso de llamada. Jorge se enjuga la frente con un pañuelo y sale a escena.
En el centro del espacio destinado para él, una silla giratoria azul; cerca, a la izquierda, una pequeña mesa con una botella de plástico de agua mineral y vasos. A la derecha, el rotafolios (indispensable).
Lleva saco, camisa color salmón e infaltables tirantes, esta vez grises. Cuando hace su ingreso, todavía ha gente terminando de acomodarse. Algunos, sentados hace rato, chistan. Otros aplauden.
J. B.: Llegar a un lugar donde hay gente que yo no conozco y tiene la bondad de decirme que me conocen, es para mí una experiencia fantástica, absolutamente desbordante. Por eso, primero que nada, muchas gracias por estar aquí. Porque si yo tuviera que elegir, jamás usaría un sábado en la mañana para escuchar una charla de Bucay; así que les agradezco a ustedes haber hecho esta elección. Habitualmente, cuando me siento frente al público que se reúne para escuchar las cosas que intento mostrar, elijo algún cuento que ilustre esa situación. Éste, que recuerdo hoy, es un cuento sufí. Los sufíes se constituyeron en una corriente mística —que nosotros conocemos más como la filosofía de los derviches— que utilizaba la parábola y el cuento para transmitir sabiduría, como casi todos los pueblos místicos de la historia.
El protagonista de las historias sufíes es siempre el mismo, se llama Nasrudím y es un personaje muy particular. A veces es un viejo decrépito, a veces es un joven; otras, un sabio; otras, un torpe, un tonto. También aparece como un hombre adinerado, o como un mendigo. Y siempre se llama Nasrudím. Que esos personajes tan distintos tengan el mismo nombre quizá sirva para mostrar que nosotros somos, también, cada uno de esos personajes. O, tal vez, que tenemos la capacidad de ser de diferentes maneras: a veces sabios, a veces tontos, a veces jóvenes, a veces decrépitos.
Específicamente en esta historia, Nasrudím es un hombre que, por alguna razón que no se sabe, ha cosechado fama de ser lo que entre los sufíes se denomina “un iluminado”, esto es, alguien que ha logrado un cierto conocimiento sobre cuestiones importantes y trascendentes para otros.
La fama que tiene Nasrudím es absolutamente falsa. Porque él sabe que, en realidad, no sabe nada; que todo lo que los demás suponen que él sabe es sólo una creencia. Está convencido de que lo único que él ha hecho es viajar y escuchar; pero que, con certeza, no tiene grandes cosas para decir. Y, sin embargo, cada vez que llega a una ciudad o a un pueblo, la gente se reúne para escuchar su palabra creyendo que tiene cosas importantes que decir.

El cuento empieza cuando Nasrudím llega a un pequeño pueblo en algún lugar de Medio Oriente. Era la primera vez que estaba en ese pueblo y una multitud se había reunido en un auditorio para escucharlo. Nasrudím, que en verdad no sabía qué decir, porque él sabía que nada sabía, se propuso improvisar algo. Entró muy seguro y se paró frente a la gente. Abrió las manos y dijo:
Supongo que si ustedes están aquí, ya sabrán que es lo que yo tengo para decirles. La gente dijo:
No... ¿Qué es lo que tienes para decirnos? No lo sabemos. ¡Hablanos!
Nasrudím contestó:
Si ustedes vinieron hasta aquí sin saber qué es 1o que yo vengo a decirles, entonces no están preparados para escucharlo.
Dicho esto, se levantó y se fue.
La gente se quedó sorprendida. Todos habían venido esa mañana para escucharlo y el hombre se iba simplemente diciéndoles eso. Habría sido un fracaso total si no fuera porque uno de los presentes —nunca falta uno— mientras Nasrudím se alejaba, dijo en voz alta:
¡Qué inteligente!
Y como siempre sucede, cuando uno no entiende nada y otro dice “¡qué inteligente!” para no sentirse i un idiota uno repite: “¡Sí, claro, qué inteligente! “.Y entonces, todos empezaron a repetir:
¡Qué inteligente!
¡Qué inteligente!
Hasta que uno añadió:
Sí, qué inteligente, pero... qué breve. Y otro agregó:
Tiene la brevedad y la síntesis de los sabios. Porque tiene razón. ¿Cómo nosotros vamos a venir acá sin siquiera saber qué venimos a escuchar? Qué estúpidos hemos sido. Hemos perdido una oportunidad maravillosa. Qué iluminación, qué sabiduría. Vamos a pedirle a este hombre que dé una segunda conferencia.
Entonces fueron a ver a Nasrudím. La gente había quedado tan asombrada con lo que había pasado en la primera reunión, que algunos habían empezado a decir que el conocimiento de él era demasiado para reunirlo en una sola conferencia.
Nasrudím dijo:
No, es justo al revés, están equivocados. Mi conocimiento apenas alcanza para una conferencia. Jamás podría dar dos.
La gente dijo:
¡Qué humilde!
Y cuanto más insistía Nasrudím en que no tenía nada para decir, más insistía la gente en que querían escucharlo otra vez. Finalmente, después de mucho empeño, Nasrudím accedió a dar una segunda conferencia.
Al día siguiente, el supuesto iluminado regresó al lugar de reunión, donde había más gente aún, pues todos sabían del éxito de la conferencia del día anterior. Nasrudím se paró frente al público e insistió en su técnica:
Supongo que ustedes ya sabrán qué he venido a decirles.
La gente estaba avisada para cuidarse de no ofender al maestro con la infantil respuesta de la anterior conferencia; así que todos dijeron:
Sí, claro, por supuesto que lo sabemos. Por eso hemos venido.
Nasrudím bajó la cabeza y añadió:
Bueno, si todos ya saben qué es lo que vengo a decirles, yo no veo la necesidad de repetir.
Se levantó y se volvió a ir.
La gente se quedó estupefacta; porque aunque ahora habían dicho otra cosa, el resultado había sido exactamente el mismo. Hasta que alguien, otro alguien, gritó:
¡Brillante!
Y cuando todos oyeron que alguien había dicho “¡brillante!”, el resto comenzó a decir:
¡Sí, claro, éste es el complemento de la sabiduría de la conferencia de ayer!
¡Qué maravilloso!
¡Qué espectacular!
¡Qué sensacional, qué bárbaro! Hasta que alguien dijo:
Sí, pero... mucha brevedad.
Es cierto —se quejó otro.
Capacidad de síntesis —justificó un tercero. Y enseguida se oyó:
Queremos más, queremos escucharlo más. ¡Queremos que este hombre nos dé más de su sabiduría!
Entonces, una delegación de los notables fue a ver a Nasrudím para pedirle que diera una tercera y definitiva conferencia.
Nasrudím dijo que no, que de ninguna manera; que él no tenía conocimientos para dar tres conferencias y que, además, ya tenía que regresar a su ciudad.
La gente le imploró, le suplicó, le pidió una y otra vez; por sus ancestros, por su progenie, por todos los santos, por lo que fuera. Aquella persistencia lo persuadió y, finalmente, Nasrudím aceptó temblando dar la tercera y definitiva conferencia.
Por tercera vez se paró frente al público, que ya eran multitudes, y les dijo:
Supongo que ustedes ya sabrán qué he venido yo a decirles.
Esta vez, la gente se había puesto de acuerdo: sólo el intendente del poblado contestaría. El hombre de primera fila dijo:
Algunos sí y otros no.
En ese momento, un largo silencio estremeció al auditorio. Todos, incluso los jóvenes, siguieron a Nasrudím con la mirada.
Entonces, el maestro respondió:
En ese caso, los que saben... cuéntenles a los que no saben. Se levantó y se fue.

PÚBLICO EN GENERAL: (RÍSAS.)
]. B.: Me acuerdo de esta historia por dos o tres razones importantes. La primera, porque yo seguramente no sé lo que algunos de ustedes creen que sé. La segunda, porque aquel Jorge Bucay que algunos de ustedes conocen a través de mis libros, es una síntesis de las pocas cosas que he cosechado de otros, y que escribí solamente en aquellos mejores momentos de mi vida, que, de hecho, son los únicos momentos en los cuales yo puedo escribir. Porque yo no soy un escritor, así que, para escribir, necesito estar en uno de esos momentos. Y la tercera razón por la cual me acuerdo de este cuento, es porque el tema que vamos a tratar hoy seguramente comprende aspectos que algunos conocen y otros no.
Se trata, entonces, de cosas que algunos les contarán a otros. Vamos a ver si podemos, entre todos, armar esta charla. Porque esto es una charla, no es una conferencia. Las conferencias son muy aburridas para mi gusto y tienen dos problemas. El primero es que el público se duerme y el conferenciante se siente muy defraudado de que esto ocurra; y el segundo problema es que se duerme el conferenciante, lo cual, en general, termina con la conferencia.
PÚBLICO EN GENERAL: (RÍSAS.)
J. B.: Como vamos a necesitar de todos aquí, si ustedes me ven cabecear y dormirme, háganme una pregunta rápidamente para que me despierte y sepa que algo no está sucediendo bien. Sobre todo, necesito que ustedes participen, que colaboren con lo que va sucediendo.
Cuando pensamos cómo se ha dado la historia del conocimiento humano, advertimos que en cualquier área ocurre más o menos lo mismo. Vamos a demostrarlo con un ejemplo, para que ustedes entiendan qué quiero decir. (Dibuja en el rotafolios.) J. B.:
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¿Cuántos cuadrados hay acá?
MUCHACHA SONRIENTE: Dieciséis.
Jorge anota “16” al lado de la cuadrícula.

PÚBLICO EN GENERAL: (Silencio.)
J. B. (Repite.): ¿Cuántos cuadrados hay acá?
PARTE DE PÚBLICO: Dieciséis... dieciséis... dieciséis.
joven embarazada: Más. Muchos más.
J. B.: ¿Muchos más?
joven embarazada: Diecisiete.

Jorge anota “17” debajo del “16”.

flaco alto cabezón: Más de diecisiete. señora con bebé gordito: Veintiuno.

Jorge anota “21” debajo del “17”.

caballero con pipa: No, cuatro. público en general: (Superposición de voces.)
J. B.: ¿Cuántos? Dieciséis ya sabemos. Pero alguien vio
más de dieciséis. FLACO ALTO CABEZÓN; Veinticuatro.
Jorge anota.

CALVO DEL FONDO: Veinticinco.

Jorge anota.

SEÑORA QUE TOSE: Treinta.

Jorge anota “30” en números grandes.

J. B.: Fíjense qué ha pasado, a ver si podemos darnos cuenta de esto tan importante que ha sucedido aquí. Este movimiento que se ha producido con las respuestas de ustedes es la clave del crecimiento humano, un devenir en el cual se define toda la historia de la humanidad. Porque desde que el hombre se ha vuelto pensante, alguien dibujó algo o vio algo —no importa qué— y determinó claramente que lo que había allí eran, por ejemplo, dieciséis cuadrados, que es lo que hay. Porque hay dieciséis, los podemos contar.
Hasta que alguien, cualquiera, vio diecisiete. Alguien observó —uno de los que están aquí— que había
algo más de lo que se veía aparentemente. Y, sin duda, lo que esa persona vio es que, además de los dieciséis cuadrados pequeños, había un cuadrado grande, de diferente tamaño pero tan visible como los otros dieciséis. Y, cuando ese alguien dijo “diecisiete”, otro pensó: “Si el cuadrado grande que contiene a los más pequeños se suma como uno más, entonces quiere decir que se pueden contar otros cuadrados de diferente tamaño”. Y entonces se dio cuenta de que no sólo los dieciséis cuadrados formaban un nuevo cuadrado sino que, además, cada cuatro cuadrados pequeños la figura volvía a repetirse. Y entonces ese alguien dijo: “veintiuno”. Pero ese que dijo “veintiuno” lo hizo porque otro había dicho “diecisiete”. El que dijo “No, cuatro” demostró algo muy importante, y es que lo emotivo no consiste sólo en ver más, sino en ver, en ver algo diferente y animarse, porque hay que animarse a decir: “No, cuatro” en voz alta.
Esto es muy interesante, porque después alguien vio veinticuatro. ¿Y cómo vio los veinticuatro? A los primeros dieciséis sumó los cuatro cuadrados formados cada cuatro pequeños en los ángulos del cuadrado mayor, y probablemente agregó luego los formados cada tres. Y es interesante que haya visto veinticuatro, sobre todo porque se olvidó del grandote.
Es decir, el que vio veinticuatro no vio lo que había visto el que observó diecisiete. Y cuando dijo: “Veinticuatro”, alguien advirtió: “Veinticinco”. Ése que dijo “veinticinco” juntó lo que el anterior había descubierto más lo que él había descubierto, y de pronto entonces vio veinticinco. Y así, hasta que alguien vio treinta, que es la cantidad de cuadrados que hay. Pues sumando los veinticinco observados hasta allí más los cuatro cuadrados laterales —no ya los que están sobre los ángulos— y el del centro, llegamos a esa cantidad.
La humanidad funciona así. Para que la humanidad llegue a progresar hace falta que, antes que otros, a contrapelo de los otros, en contra incluso de la opinión de los otros, haya alguien que diga: “Yo veo más” o “Yo veo menos”. No importa si está equivocado o no.
En una oportunidad similar a ésta, le pregunté a alguien que veía diecisiete cómo los veía, y entonces esa persona —muy graciosa, por cierto— me dijo: “Dieciséis ahí y tú, diecisiete.” Y, sin embargo, esos “diecisiete” dispararon que el resto siguiera viendo veinte, veintiuno, veinticuatro, veinticinco, veintiséis, treinta. Fantástica historia la del conocimiento humano.
Lo que vamos a hacer hoy entre todos es ver si podemos lograr que, a partir de algunas cosas que yo dibuje y diga, ustedes vayan diciendo “diecisiete” o “veinte”, “veintiuno”, etcétera, para ver si podemos llegar a los “treinta”. Esto es, intentaremos reproducir este mecanismo que se ha dado respecto de la gráfica pero en relación al tema que hoy nos convoca, que es el camino que va de la autoestima al egoísmo.
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