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TRANSFIGURACIÓN DE CRISTO -NIETZSCHE-

TRANSFIGURACIÓN DE CRISTO -NIETZSCHE- Nietzsche nos obliga a replantearnos nuestro propio pensamiento, y nos avisa que cada uno alcanza la verdad que es capaz de soportar. Leer a Nietzsche hoy es a veces un plato demasiado fuerte para estómagos que buscan una realidad suave, blanda, light. Nietzsche nos obliga a pensar en lo que no queremos pensar.
La Transfiguración de Cristo, le sirve a Nietzsche para entretejer y ordenar en un emblema único los diferentes elementos que se aliaron primero de forma germinal en la lírica de Arquíloco y, luego, en el inestable y fugaz equilibrio de la tragedia ática. «Ante nuestras miradas», dice, «tenemos [ahí] (...) tanto aquel mundo apolíneo de la belleza como su substrato, la horrorosa sabiduría, de Sileno, y comprendemos por intuición su necesidad recíproca». En la obra de Rafael, la parte superior, luminosa y de figuras bien definidas, corresponde al pasaje de los Evangelios que le da título. La figura de Jesús se eleva de entre cuerpos durmientes: «Pedro y sus compañeros estaban cargados de sueño» (Lc., 9, 32). Apolo es apariencia y representación; copia, como lo son los sueños y las palabras, de la realidad de la vigilia, algo que por sí mismo tampoco es original. En la parte inferior del lienzo, en la que el trabajo de sfumatto anuncia el tenebrismo de Caravaggio, los discípulos de Cristo, convertidos en un coro de sátiros barbudos, se agitan angustiados ante la imagen de un niño endemoniado, el Niño-Dioniso, por cuyo gesto el trazo claro de la escena superior se transfigura en delirio que rompe y succiona los perfiles y elimina lo finito e individual. Así, Dioniso es también apariencia, «reflejo del eterno dolor primordial». Sin embargo, por ser Dioniso divinidad de la música, materia artística asemántica y tradicionalmente mal encajada en la categoría de la mímesis, resulta mejor y aún más nietzscheano simplificar el juego de espejos y signos. El arte del sonido, identificable por completo con el alma dionisíaca, es por sí mismo «el eterno dolor primordial, fundamento único del mundo»; «la contradicción eterna, madre de las cosas»
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