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ARTÍCULO-REFLEXIÓN: Crónicas del 'madoffismo'

ARTÍCULO-REFLEXIÓN: Crónicas del 'madoffismo'

VER  PERIÓDICO: "EL MUNDO"

TESTIGO IMPERTINENTE|CARMEN RIGALT

10.05.2009

Según el diccionario de la RAE, un haiga es, en sentido irónico, un automóvil grande y ostentoso. En el origen de la palabra no hay un cultismo griego o latino, sino una expresión burda que emparenta directamente con el chiste («Yo quiero lo mejor que 'haiga'», dicen que decía la gente en la posguerra). Suena un poco forzada la ocurrencia pero, a falta de otra más creíble, hay que darla por válida.

En España, los primeros en hacer ostentación de haigas fueron los estraperlistas de las décadas de los 40 y 50, que decoraban sus sueños con los Cadillac y Dodge americanos. Los estraperlistas de ayer son los traficantes (de influencias) de ahora. Pasado el tiempo, en plena era del madoffismo (esta palabra todavía no sale en los diccionarios, pero todo se andará) el vehículo que define a la nueva clase poderosa es el SUV (del inglés «Sport Utility Vehicle»).

Aquí los llamamos «4x4», y son esas tanquetas que contaminan por cuatro y atascan la ciudad a media tarde, cuando las mamás recogen a los niños del cole. Los hay de muchas marcas, pero el más conocido es el Porsche Cayenne, y también el Infiniti FX 50, que se ha hecho famoso por el accidente de Ricardo Costa. Servidora lo ha descubierto con tan infeliz motivo. Hasta ahora nunca había dispuesto de 80.000 euros sueltos para plantearme su adquisición.

Los vehículos SUV son coches tan amados como odiados. Amados por quienes los conducen y odiados por quienes los padecen. En Pozuelo de Alarcón (también el nombre de Pozuelo se pronuncia mucho últimamente) los hay para aburrir.

La urbanización más famosa de la localidad (zona Gürtel: allí viven, entre otros, Francisco Correa, el futbolista Raúl, la turbia Lydia Bosch y la miniduquesa Eugenia Martínez de Irujo, que para distinguirse conduce un Mini) parece una exposición monográfica de coches SUV.

Los vecinos se los copian unos a otros. Su éxito como símbolo de estatus lo aporta el tamaño. Su riesgo, también. La sensación de seguridad, dominio e intimidación que producen sobre los demás permiten una conducción más agresiva.

Los enemigos de los SUV no han dudado en emprender contra ellos terribles campañas de descrédito. En Londres se les denomina desdeñosamente los «Suddenly Upside Down Vehicle» (vehículos de vuelco repentino) o «Shopping Utility Vehicle» (utilitario para ir de compras). El que fuera alcalde de la ciudad, Ken Livingstone, no se cortó un pelo a la hora de declararles la guerra: llamó a sus propietarios «completely idiots», que no necesita traducción, e impuso una tasa diaria a cada vehículo que osara pasar por el centro de la ciudad (bajo multa de 50 libras). Con estos antecedentes, es comprensible que lo llamaran Red Ken (Ken el Rojo).

En París, el alcalde socialista Bertrand Delanoë quiso prohibir su acceso al centro, pero se ha quedado con las ganas. Sin embargo, y a falta de votos en la corporación municipal, Delanoë ha recibido el apoyo espontáneo de los ecologistas comprometidos en la lucha contra la contaminación. Legiones de voluntarios salen por las noches a practicar el ecoterrorismo callejero (kale borroka soft-chic). Es el caso del grupo les dégonflées (los deshinchados), expertos en deshinchar las ruedas de estos coches de lujo que aparcan como navíos varados.

Volviendo a Ricardo Costa: hace una semana, el secretario general del PP valenciano sufrió un aparatoso accidente con su coche SUV, a resultas del cual ahora luce collarín y brazo en cabestrillo. Pocos días después del accidente, el pijodiputado confesó ante los medios de comunicación: «El Infiniti me ha salvado la vida». Pretendía seguramente invocar su estrella, pero le salió un anuncio de coches.

Por suerte, Costa no sufre lesiones severas. El automóvil (de dos meses de vida: ¡toma ya estreno!) ha sido declarado siniestro total, pero lo más importante, que es la apostura del político, permanece a salvo. Ni el collarín ni el cabestrillo han mermado la prestancia de sus trajecitos impecables, que no tienen pinta de llevar colgada la etiqueta Milano. El Infiniti obliga a más.

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