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DEBATE: ¿PROHIBIRÍA POR LEY EL CASTIGO FÍSICO A LOS NIÑOS?

ARTICULO: FERNADO SAVATER  EL PAIS: Domingo 23 de Octubre 2005

 

La más impresionante y modéli­ca hazaña educativa que conoz­co empieza con un buen cachete dado en su preciso y precioso mo­mento. La joven Ana Sullivan lle­ga a casa de Helen Keller, ciega y sorda (en apariencia también mu­da a sus siete años), para afrontar una tarea imposible, la ins­trucción de la niña, que, en opi­nión de todos, ni puede ni quiere comunicarse con los demás. En realidad, los padres de Helen no la contratan para que "eduque" a su hija -objetivo que conside­ran de todo punto inalcanza­ble-, sino para que se encargue de ella y la soporte, porque ellos ya no pueden aguantar más. El primer día de su nuevo trabajo comienza como una pesadilla pa­ra Ana Sullivan. A la hora del almuerzo familiar, Helen se nie­ga a sentarse a la mesa, tira la servilleta, arroja la comida por el suelo y hostiliza de todas las ma­neras imaginables a la nueva ins­titutriz. Los padres ruegan a Ana comprensión y tolerancia, resignación, ¡la pobre niña sufre tanto con sus limitaciones!. Hay que dejarla a su aire... Si la seño­rita Sullivan hubiera sido una mujer acomodaticia, una simple empleada consciente de lo que se esperaba de ella y dispuesta a cumplir su parte del contrato, a cobrar y no meterse en líos, He­len no se hubiera sentado a la mesa ese día y hubiera muerto salvaje, incluso retrasada men­tal, como la suponían sus amoro­sos deudos. Pero Ana Sullivan era esa cosa heroica e insoborna­ble, realmente inesperada: una auténtica maestra. De modo que ante el horror de los políticamen­te correctos padres, le soltó a la minusválida un fenomenal bofe­tón. Y Helen se sentó a la mesa, malcomió entre gruñidos y co­menzó el arduo camino de su educación que la llevó muchos años después a poseer una envi­diable cultura y a escribir un li­bro en el que agradecía aquel ca­chete valeroso de su maestra co­mo el golpe de gracia que le sal­vó intelectualmente la vida.

Quede claro: no hay que mal­tratar a los niños ni se debe recu­rrir habitualmente por frustra­ción o histeria -cuando no por sadismo- a los castigos corpora­les contra ellos. En circunstan­cias favorables (no digo "norma­les", porque lo realmente favora­ble rara vez es normal), los encar­gados de su buena crianza pue­den enseñarles las pautas de con­vivencia a base de la persuasión y del ejemplo. Pero los educado­res son humanos y precisamente esa humanidad es lo que deben transmitir a sus pupilos. Es im­portante que el niño conozca que hay límites que no se deben transgredir porque entonces puede perderse la relación amistosa incluso con quienes más nos quieren. Cuando uno se salta las luces rojas tropieza con un cache­te como quien va sin frenos y con los ojos vendados puede cho­car contra un muro. También en el terreno educativo existe a su modo el habeas corpus. somos de carne y hueso, y detrás de nues­tras normas, de las pautas de res­peto y cortesía, de las leyes de la civilización, están los empello­nes y garrotazos, cuando no algo peor. Los niños pequeños están recibiendo el mundo de sus ma­yores, mientras la propia natura­leza (con sus golpetazos, chapu­zones y quemaduras) les va ense­ñando que no todo gesto queda sencillamente impune. Como cantaba Georges Brassens con ocasión de una señora de trasero voluminoso que se lanzó a bailar con frenesí y acabó dolorosamen­te sentada sobre la pista: "La ley de la gravedad, madame, es dura pero es la ley". También detrás de las leyes humanas hay un tope­tazo físico que pretendemos evi­tar: el cachete puede ser en oca­siones un atisbo aleccionador que vacune contra futuras trans­gresiones que desembocarán en reconciliaciones más difíciles. Pa­sada la indignación rebelde del momento, cualquier niño sano puede comprender la diferencia entre unos padres exasperados hasta el limite de su paciencia (pero dispuestos inmediatamen­te a perdonar y acariciar) de otros predispuestos por incapaci­dad o vicio a la agresión. Precisa­mente porque sabe que sus mayo­res no son propensos a la violen­cia, el neófito es capaz de com­prender al reflexionar sobre lo ocurrido que ciertos comporta­mientos despiertan la violencia allí donde no la había ni tenía por qué haberla. Ninguna bofeta­da sustituye a la persuasión, pe­ro alguna -en la ocasión y el momento adecuados- puede servir de aldabonazo para que las razones persuasivas sean me­jor atendidas.

En todos los continentes, espe­cialmente en los países del llama­do Tercer Mundo, millones de niños padecen maltrato. Nunca ven acercarse a ellos a los adul­tos más que con malas intencio­nes: no para jugar o instruirles, sino para esclavizarles como trabajadores a destajo, objetos sexuales o minúsculos soldados de guerras que no pueden ni de­ben comprender. Es el peor de los pecados, el motivo que justifi­caría otra lluvia de fuego sobre nuestra civilización en tantos as­pectos desalmada. También en los países democráticos y desa­rrollados a menudo los más pe­queños pagan en la intimidad del hogar agobios y frustracio­nes de quienes deberían cuidar­les con la alegría que hace madu­rar. Pero no menos dañino a la larga es que crezcan en la falsa tolerancia de quienes no saben o no quieren enseñarles las restric­ciones que impone -sí: impo­ne- la convivencia civilizada. De tal modo que luego, en la adolescencia, se conviertan en perturbadores asilvestrados que ni estudian ni permiten el estu­dio de los demás en las escuelas o que pasen su tiempo persi­guiendo en jauría a sus compañe­ros o maltratando a las chicas, como entrenamiento de lo que mañana harán con sus parejas. Les cuento un caso vivido: se­sión de tarde en un cine de estre­no, en San Sebastián. Un machi­to de unos doce años martiriza groseramente a la niña que le acompaña, a la que entre bro­mas y veras le está dando una auténtica paliza. Los adultos cir­cunstantes miran con embarazo y comentan con desagrado, pero no mueven un dedo. Hasta que una señora joven y bien plantada se levanta y le arrea un sopapo al botarate, diciendo enérgicamen­te: "Eso, para que aprendas que siempre habrá alguien más fuer­te que tú". A partir de ese mo­mento, paz en la platea. No, cla­ro que no se debe pegar a los críos. Casi nunca.

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