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ARTÍCULO A COMENTAR: PIEDAD PARA LA CONDICION HUMANA (Le Monde Diplomatique, Septiembre 2000) Por Ignacio Ramonet

Un best seller de 1932 resulta ser de una sorprendente actualidad: presenta un mundo que no da cabida al azar, donde las personas se producen en serie, tienen garantizado el confort y la satisfacción de los únicos deseos que están condicionados a experimentar, pero donde se ha perdido la razón para vivir.

Hay que releer hoy Un Mundo Feliz? (1)   Hay que releer un libro escrito hace alrededor de 70 años, en una época tan lejana que ni siquiera se había inventado la televisión?

Esta novela, que se convirtió en un gran clásico del siglo XX, narra una historia que ocurre en un futuro muy lejano, hacia el 2500, o más precisamente, “hacia el año 600 de la era fordiana”.  Homenaje satírico a Henry Ford, pionero estadounidense de la industria automotriz e inventor de un método de organización del trabajo de producción en serie y de la estandarización de las piezas.

El libro, con una visión pesimista del porvenir y feroz crítica al culto positivista de la  ciencia, fue escrito en un momento en que las consecuencias sociales de la gran crisis de 1929 afectaban directamente a las sociedades occidentales; en el que la credibilidad de los regímenes democráticos capitalistas parecía vacilar.  Antes de la llegada de Adolf Hitler al poder (1933), Un Mundo Feliz denuncia la perspectiva pesadillesca de una sociedad totalitaria fascinada por el progreso científico y convencida de poder brindar a sus ciudadanos una felicidad obligatoria.  Presenta una visión alucinada de una humanidad deshumanizada por el condicionamiento de Pavlov y por el placer al alcance de una píldora (“el soma”).  En un mundo horriblemente perfecto, la sociedad decidió totalmente, con fines eugenésicos y productivistas, la sexualidad de la procreación.

En Un Mundo Feliz, la estadounización del planeta ha culminado, todo ha sido estandarizado y fordizado, tanto la producción de los seres humanos, resultado de puras manipulaciones genético-químicas, como la identidad de las personas, producida durante el sueño por hipnosis auditiva: la “hipnopedia”, que un personaje en el libro califica como “la mayor fuerza socializante y moralizante de todos los tiempos”.

Se “producen”  seres humanos, en el sentido industrial del termino, en fabricas especializadas –los “centros de incubación y condicionamiento”- según modelos variados, que dependen de las tareas muy especializadas que serán asignadas a cada uno y que son indispensables para una sociedad obsesionada por la estabilidad.

Desde su nacimiento, cada ser humano es además educado en esos “centros de condicionamiento del Estado” en función de los valores específicos de su grupo, mediante el recurso masivo a al hipnopedia para manipular el espíritu, crear en él “reflejos condicionados definitivos” y hacerle aceptar su destino.

Aldous Huxley ilustraba así en esta obra los riesgos implícitos en la tesis que venia formulando desde 1924 John Watson, el padre del “conductismo”, esa “ciencia de la observación y control del comportamiento”.  Watson afirmaba con frialdad que podía elegir al azar en la calle a un niño saludable y transformarlo, a su elección, en un doctor, un abogado, un artista, un mendigo o un ladrón, cualquiera fuera su talento, sus inclinaciones, sus capacidades, sus gustos y el origen de sus ancestros.

En Un Mundo Feliz, que es fundamentalmente un manifiesto humanista, algunos vieron también, con razón, una crítica ácida a la sociedad estalinista, a la utopía soviética construida con mano de hierro.  Pero también hay, claramente, una sátira a la nueva sociedad mecanizada, estandarizada, automatizada que se montaba en esa época en Estados Unidos, en nombre de la modernidad técnica.

Sumamente inteligente y admirador de la ciencia, Huxley expresa sin embargo, en esta novela, un profundo escepticismo respecto de la idea de progreso, una desconfianza hacia la razón.  Frente a la invasión del materialismo, entabla una interpelación feroz a las amenazas del cientificismo, el maquinismo y el desprecio a al dignidad individual.  Claro que la técnica asegurara a los seres humanos un confort exterior total, de notable perfección, estima con desesperada lucidez.  Todo deseo, en la medida que podrá ser expresado y sentido, será satisfecho.  Pero los hombres habrán perdido su razón de ser.  Se habrán transformado a sí mismos en maquinas.  No se podrá hablar en sentido estricto de condición humana.

Pesimista y sombrío, el futuro visto por Aldous Huxley nos sirve de advertencia y nos alienta, en la época de las manipulaciones genéticas, de la clonación y la revolución de lo viviente, a vigilar de cerca los actuales progresos científicos y sus potenciales efectos destructivos.  Un Mundo Feliz nos ayuda a comprender mejor el alcance de los riesgos y peligros que se presentan ante nosotros cuando de nuevo, en todos lados, “progresos científicos y técnicos” nos enfrentan a desafíos ecológicos que hacen peligrar el futuro del planeta.  Y de la especie humana.

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