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LAS MUJERES INVISIBLES DE AFGANISTAN

LAS MUJERES INVISIBLES DE AFGANISTAN El País, martes 30 de octubre de 2001
Ramón Lobo, Enviado Especial

Las afganas también carecen de rostro y voz en las zonas del país controladas por la Alianza del Norte. Sin rostro. Sin apenas nombre ni voz. Las mujeres deambulan por ciudades y aldeas escondidas bajo una tela azul o blanca. Pesa siete kilos y se llama burka, la prenda ancestral de Afganistán que las cubre de la cabeza a los pies. Una redecilla a la altura de los ojos les permite ver y las protege de las miradas de los hombres. Las más jóvenes, al cruzarse con un extranjero, le observan descaradamente y se ríen, pero la mayoría lo esquiva, agacha la testa o le da la espalda. 'Los talibanes han convertido la tradición en ley, pero aquí, en el territorio controlado por la Alianza del Norte, esta tradición es mucho más fuerte que cualquier norma', afirma Sherine Zaghow, una egipcia que trabaja con una ONG francesa en la localidad de Golbahar.
Cuando las fuerzas talibanes conquistaron Kabul, en la madrugada de 27 de septiembre de 1996, desterraron a la mujer de la vida civil, expulsándola de la enseñanza y confinándola al hogar. El 65% del profesorado, el 40% de los escolares y casi la mitad de los 7.000 estudiantes de la Universidad de Kabul eran mujeres. Ninguna se atrevió a desafiar al mulá Mohamed Omar, el líder talibán. El golpe humano y cultural resultó brutal.
En el norte, la enseñanza es mixta, pero pocas alumnas logran terminar sus estudios secundarios. Las familias se convierten en el principal escollo al reclamar a las niñas para efectuar tareas en el hogar o para casarlas a edad muy temprana. En la escuela de Avegealalh, un caserón descascarillado en Charikar, a una docena de kilómetros del frente, niñas como Maree, de 11 años, juegan con sus amigas cubiertas con un chador.
Maree cursa tercer grado de primaria, aprende con pasión dari (la lengua de los tayikos), ciencias, aritmética, inglés y los principios del Corán.
Las clases se desarrollan de ocho a doce del mediodía seis días por semana en un recodo de un pasillo en penumbra. Maree es la primera de la clase, la más espabilada. Tiene unos hermosos ojos marrones claros y profundos. 'Me gustaría ser médico', musita. Es la séptima de ocho hermanos, la mayoría varones. 'Al llegar a casa estudio o ayudo a mi madre a limpiar y preparar la comida'.
Cuando se le pregunta por la burka esconde un poco el mentón en el hombro y responde ruborizada: 'No me gusta. No lo quiero llevar cuando tenga 16 años'. Después, tras meditarlo, añade: 'Bueno, si mi padre me lo ordena, lo tendré que llevar'.
Farzana trabaja en el hospital del Panchir. Es ayudante de enfermería y se mueve en la sala de las mujeres. Tiene 18 años, es menuda y algo tímida. 'Me casaré con quien mande mi padre', afirma. Farzana viste una bata de color verdoso, pero en cuanto sale del hospital se coloca encima la burka, una prenda que le agrada.
Todas sus respuestas concluyen en una misma justificación, 'lo manda mi padre', una figura que en la tradición afgana interpreta el rol del patriarca incontestable.
Karima, de 21 años, es celadora en el mismo hospital que Farzana, el único de la zona que cuenta con dos quirófanos, oxígeno y cirujanos italianos de la ONG Emergency. 'No llevo la burka en la calle. La detesto porque pesa demasiado; con ella no podría caminar', dice. Karima, como muchas mujeres afganas, es una mutilada. Hace diez años, cuando era una niña como Maree, una mina antipersona le destrozó ambas piernas. Hoy camina con dos prótesis, se siente útil, ayuda a su madre, refugiada en el Panchir como ella, y no quiere casarse.
Los matrimonios en Afganistán son de conveniencia y se arreglan entre las familias. El padre del chico visita al de la chica y mercadea la boda. No se trata de negociar una dote en dinero, pero sí en especias o animales. Son muy raros los casos en los que la hija se opone a la decisión del padre y los que éste acepta su opinión. 'Se trata de una sociedad cerrada y machista, en la que el hombre resulta la figura central.

La mujer apenas tiene derechos', sostiene Sherine Zaghow. 'El problema es inmenso; no existe inversión en educación y las tradiciones se mantienen inamovibles desde hace siglos... Pero este mundo también perjudica al hombre. Algunos de los que trabajan en nuestra organización no han visto el rostro de una mujer fuera de sus familias desde hace años, por eso se ponen como locos cuando hay que ir a Tayikistán para recoger un cargamento. Al menos allí pueden ver mujeres sin la burka', añade Zaghow.
En la escuela de Avegealalh, un muro y una verja de hierro separan la calle del colegio. Se trata de dos mundos. En el de fuera, las mujeres caminan tapadas, los niños persiguen al extranjero preguntándole en inglés How do you do? y los burros se mueven perezosos portando cargas excesivas de maderas o piedras. En el mundo de dentro, mujeres como Zarmina, Mariam y Royal cuelgan sus burkas en una taquilla de metal y se mueven por aulas y pasillos cubiertas con un chador. 'Me gusta la burka', afirma Zarmina, la profesora de Ciencias. 'Es una tradición nuestra y lo manda el islam', añade.
Mariam habla de los matrimonios de conveniencia y reconoce que, a veces, la chica puede ver a hurtadillas al chico antes del matrimonio. Royal, una profesora de inglés incomprensible, está de acuerdo con el sistema de boda arreglada por los padres. Las tres critican la política de los talibanes y su radicalismo. 'Cuando ocuparon Charikar nos prohibieron dar clase; el colegio tuvo que ser cerrado', dice Zarmina, pero ninguna de ellas discute unas costumbres que apenas dejan entrever diferencias entre un fanatismo por decreto y otro heredado.
La incipiente sociedad civil de las ciudades como Kabul, en la que la mujer comenzó a disfrutar de un papel social relevante, quedó borrada de un plumazo por los talibanes. El salto atrás fue colosal, del siglo XIX a la Edad Media.
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