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GANDHI, AHORA

GANDHI, AHORA Salman Rushdie Gandhi, ahora , EL PAÍS 21 abril 1998

Un indio delgado sin mucho pelo y mala dentadura está sentado solo en un suelo desnudo, con un taparrabos y unas gafas baratas como única indumentaria, estudiando el puñado de apuntes manuscritos que tiene en la mano. La fotografía en blanco y negro ocupa una página entera de un periódico británico. En la esquina superior izquierda de la página, a todo color, hay una pequeña manzana con las franjas del arco iris. Debajo de ella aparece el imperativo coloquial americano: «Piensa de otra manera». Así de grande es hoy el poder de las grandes empresas internacionales. Hasta los más grandes de entre los muertos pueden ser reclutados sumariamente para sus campañas de imagen. En su día, hace medio siglo, este hombre huesudo dio forma a la lucha de una nación por la libertad. Pero eso, como ellos dicen, es historia. Ahora, Gandhi hace de modelo para Apple. En esta nueva encarnación, sus pensamientos no cuentan. Lo que cuenta es que se le considera «un mensaje» en sintonía con la filosofía empresarial del Mac.

El anuncio es lo suficientemente curioso como para que merezca la pena desmenuzarlo. Evidentemente, es rico en comicidad no deliberada. M. K. Gandhi, como demuestra la fotografía, era un apasionado adversario de la modernidad y de la tecnología que prefería el lápiz a la máquina de escribir, el taparrabos al traje de ejecutivo, el campo arado a la fabricación en serie. Si el procesador de textos se hubiera inventado cuando él vivía, casi con seguridad le habría parecido abominable. Es poco probable que el término mismo «procesador de textos», con su tono excesivamente tecnológico, hubiera gozado de su favor.

«Piensa de otra manera». Es verdad que Gandhi, que en su juventud fue un abogado moderno y occidentalizado, tuvo un cambio en su forma de pensar más radical que el de la mayoría de la gente. Ghanshyam Das Birla, uno de los príncipes comerciantes que le apoyaban, dijo en una ocasión: «Gandhi era más moderno que yo, pero tomó la decisión consciente de regresar a la Edad Media». No parece presumible que ésta sea la nueva dirección revolucionaria del pensamiento que los buenos chicos de Apple pretenden fomentar.

No me cabe duda de que quienes han hecho el anuncio no se inmutarían ante esta mordacidad. Lo que ellos vieron fue un «icono», un hombre tan famoso que medio siglo después de su asesinato seguía siendo reconocible al instante. Haga doble click en este icono y habrá abierto un conjunto de «valores» con los que a Apple le gustaría asociarse con la esperanza de bruñirse: «moralidad», «liderazgo», «santidad», «éxito», etcétera. Vieron en Mahatma Gandhi la «gran alma», una personificación de la virtud para colocar, ¡oh!, al lado de la madre Teresa, el Dalai Lama y el Papa.

Puede que también descubriesen que se identificaban con un tipo menudo que derrotó a un gran imperio. Es cierto que el propio Gandhi consideraba el movimiento de la independencia como una especie de David indio que luchaba contra los filisteos del imperio_en_el_que_nunca_se_ pone_el_sol, y que lo calificó como «una batalla del Derecho contra la Fuerza». Puede que la luchadora empresa Apple, que se enfrenta a las cohortes del todopoderoso Bill Gates, quisiera consolarse con la idea de que si un «caballero medio desnudo» _como llamó una vez lord Wellington, un virrey británico, a Gandhi_ podía vencer a los británicos, quizá, sólo quizá, una manzana lanzada con tino podría todavía derribar al Goliat Microsoft. En otras palabras, Gandhi está hoy al alcance de la mano. Se ha vuelto abstracto, ahistórico y posmoderno, ya no es un hombre en su tiempo y de su tiempo, sino un concepto de libre circulación, una parte de la reserva de símbolos culturales, una imagen que se puede tomar prestada, que puede ser utilizada, distorsionada, reinventada, para que sea adaptada a muchos objetivos diferentes y al infierno con la historia o la verdad.

La película Gandhi, de Richard Attenborough, ganadora de tantos oscars, me impresionó cuando se estrenó como ejemplo de este tipo de santificación occidental no histórica. Ahí estaba Gandhi_como_ guru, suministrando ese producto de moda, la sabiduría oriental. Y Gandhi_como_ Cristo, muriendo (y, antes de eso, frecuentemente en huelga de hambre) para que otros puedan vivir. Su filosofía de la no violencia parecía funcionar porque avergonzaba tanto a los británicos que se marchaban; la película parecía insinuar que se podía ganar la libertad siendo más ético que el opresor, cuyo propio código moral le obligaría a retirarse.

Y la eficacia de este Gandhi simbólico es tal que la película, pese a todas sus simplificaciones y hollywoodizaciones, tuvo un efecto poderoso y positivo en muchas luchas por la libertad. Luchadores contra el apartheid en Suráfrica y portavoces democráticos de toda Suramérica me han hablado entusiasmados de los efectos electrizantes de la película. Este póstumo y ensalzado «Gandhi internacional» se ha convertido evidentemente en un tótem de fuerza real e inspiradora.

El problema del Gandhi idealizado es que es rematadamente soso, poco más que un dispensador de homilías y panaceas («el ojo por ojo hará que el mundo entero acabe ciego»), con esporádicos alardes de ingenio (cuando se le preguntó qué opinaba de la civilización occidental pronunció la famosa respuesta: «Creo que sería una buena idea»). El hombre real, si es posible utilizar ese término después de generaciones de hagiografía y reinvención, era infinitamente más interesante; era una de las personalidades más complejas y contradictorias del siglo. Su nombre completo, Mohandas Karamchand Gandhi, fue memorable y literalmente traducido al inglés por el novelista G. V. Desani como « Action_ Slave Fascination_Moon Grocer » (Esclavo de la Acción, Tendero de la Fascinación por la Luna), y era un personaje tan rico y astuto como sugiere ese glorioso nombre.

Aunque no sentía el menor temor ante los británicos, le daba miedo la oscuridad y siempre dormía con una luz encendida junto a la cama.

Creía apasionadamente en la unidad de todos los pueblos de la India, pero su fracaso a la hora de mantener dentro del Congreso al líder musulmán Jinnah llevó a la división del país. (Su oposición negó a Jinnah la presidencia del Congreso, lo que podría haber evitado que asumiese el liderazgo de la Liga Musulmana separatista; el que retirara, bajo la presión de Nehru y Patel, la oferta desesperada a Jinnah del cargo de primer ministro puso fin a la última y frágil oportunidad de evitar la división. Y, a pesar de su cacareado desinterés y modestia, no hizo ningún ademán para evitar que Jinnah fuera atacado durante una sesión del Congreso por llamarle «señor Gandhi», en lugar de utilizar el más honorable apelativo de Mahatma).

Estaba decidido a llevar la vida de un asceta, pero, como dijo bromeando el poeta Sarojini Naidu, a la nación le costó una fortuna mantener a Gandhi viviendo en la pobreza. Toda su filosofía se decantaba por la vida rural frente a la urbana. Sin embargo, siempre dependió económicamente del respaldo de industriales multimillonarios como Birla. Sus huelgas de hambre podían contener disturbios y masacres, pero también hizo una vez huelga de hambre para obligar a los empleados de su patrón capitalista a poner fin a la huelga que llevaban a cabo contra sus duras condiciones de trabajo.

Quería mejorar las condiciones de los intocables de la India. Sin embargo, en la India actual, esa gente, que ahora se llama a sí misma dalits y forma una agrupación política bien organizada y eficaz, se ha unido en torno a la memoria de su propio líder, el doctor Ambedkar, un viejo rival de Gandhi. A medida que la estrella de Ambedkar ha ido ascendiendo entre los dalits, la importancia de Gandhi ha ido disminuyendo.

El creador de la filosofía política de la resistencia pasiva y de la no violencia constructiva pasó buena parte de su vida lejos de la arena política refinando sus más excéntricas teorías acerca del vegetarianismo, los movimientos intestinales y las benéficas propiedades de los excrementos humanos.

Marcado por el hecho de que cuando era un joven de 16 años se encontraba haciendo el amor con su mujer, Kasturba, en el momento de la muerte de su padre, Gandhi renunció a las relaciones sexuales, pero siguió practicando hasta la vejez lo que denominaba «experimentos brahmacharya», durante los cuales pedía a jóvenes desnudas, a menudo esposas de amigos y compañeros, que yaciesen junto a él durante toda la noche para probar que tenía dominados sus apetitos físicos. (Creía que la conservación de sus «fluidos vitales» haría más profundo su conocimiento espiritual).

Él y sólo él fue el responsable de la transformación de la demanda de independencia en un movimiento de masas nacional que movilizó a todas las clases sociales contra los imperialistas. Sin embargo, la India libre que nació, dividida y comprometida con un programa de modernización e industrialización, no era la India de sus sueños. Jawaharlal Nehru, en su día discípulo suyo, fue el máximo defensor de la modernización y fue su visión, y no la de Gandhi, la que finalmente, y quizá inevitablemente, se prefirió.

Gandhi empezó creyendo que la política de la resistencia pasiva y la no violencia podría ser eficaz en cualquier situación, en cualquier momento, incluso contra una fuerza tan maligna como la Alemania nazi. Después se vio obligado a revisar su opinión y llegó a la conclusión de que, aunque los británicos habían respondido a esas técnicas debido a su naturaleza, otros opresores podían no hacerlo. Esta postura no difiere mucho de la que plantea la película de Attenborough y es, por supuesto, equivocada.

Es una idea extendida que la no violencia de Gandhi fue el método por el cual la India ganó la independencia. (Este punto de vista se defiende con asiduidad dentro y fuera de la India). Pero, en realidad, la revolución india se volvió violenta y esta violencia decepcionó tanto a Gandhi que, como protesta, se mantuvo al margen de los festejos por la independencia. Además, el devastador impacto económico de la II Guerra Mundial en el Reino Unido y _como dice el escritor británico Patrick French en un libro reciente_ el progresivo colapso del control burocrático del Raj en la India desde mediados de los años treinta contribuyeron tanto al establecimiento de la libertad como cualquier acción de Gandhi o del movimiento nacionalista en su conjunto. Es probable incluso que las técnicas de Gandhi no fuesen los determinantes clave de la llegada de la India a la libertad. Dieron a la independencia su carácter externo y fueron su causa aparente, pero hubo fuerzas históricas más oscuras y profundas que produjeron el efecto deseado.

En la actualidad, poca gente se para a pensar en el complejo carácter de la personalidad de Gandhi, en la ambigua naturaleza de sus logros y de su legado; ni siquiera en las verdaderas causas de la independencia de la India. Es ésta una época de prisas y eslóganes y no tenemos tiempo o, lo que es peor, ganas de asimilar verdades multifacéticas. La verdad más dura es que Gandhi es cada vez más irrelevante en el país del que fue el «pequeño padre», Bapu. Como indica el especialista Sunil Khilnani, la India nació como Estado secularizado, pero la visión de Gandhi era esencialmente religiosa. Sin embargo, «rechazaba» el nacionalismo hindú. Su solución era forjar una identidad india a partir del conjunto común de narraciones antiguas. «Recurría a leyendas e historias de las tradiciones religiosas populares de la India y prefería sus lecciones a las supuestas lecciones de la historia».

No funcionó. El último gandhiano eficaz en la política india fue J. P. Narayan, que dirigió el movimiento que derrocó a Indira Gandhi al final de su periodo de Gobierno de excepción (1974_1977). En la India actual, el nacionalismo hindú es desenfrenado, encarnado en el Partido Bharatiya Janata (BJP) y su violento adlátere el Shiv Sena. En las recientes elecciones, apenas se ha hecho mención de Gandhi y sus ideas. La mayoría de quienes no han sido seducidos por la política sectaria son esclavos de una fuerza igualmente potente y antigandhiana: el dinero. Y el crimen organizado ha llegado también a la esfera pública. En el querido corazón rural de Gandhi han salido elegidos auténticos gánsteres.

Hace 21 años, el escritor Ved Mehta habló a uno de los principales socios políticos de Gandhi, un ex gobernador general de la India independiente llamado C. Rajagopalachari. Su veredicto sobre el legado de Gandhi era desencantado, pero, en la India actual, en la vía rápida hacia el capitalismo de libre mercado, sigue pareciendo cierto: «El atractivo de la tecnología moderna, del dinero y del poder es tan seductor que nadie -y digo nadie- puede resistirse a él. El puñado de gandhianos que siguen creyendo en su filosofía de una vida sencilla en una sociedad sencilla son, en su mayoría, excéntricos».

Entonces, ¿cuál es la grandeza? ¿Dónde reside? Cuando el proyecto de un hombre fracasa, o sólo sobrevive de forma irremediablemente apagada, ¿puede la fuerza de su ejemplo seguir mereciendo el mayor de los honores? Para Jawaharlal Nehru, la imagen que definía a Gandhi era «cuando le vi caminando, bastón en mano, hacia Dandi en la Marcha de la Sal, en 1930. Allí estaba el peregrino en su búsqueda de la verdad, tranquilo, pacífico, decidido y sin miedo, que continuaría esa búsqueda y esa peregrinación, sin importarle las consecuencias». La hija de Nehru, Indira Gandhi, dijo después: «Más que sus palabras, su vida fue su mensaje». Pero se presta más atención a ese mensaje fuera de la India. Albert Einstein fue uno de los muchos que elogió el logro de Gandhi. Martin Luther King, el Dalai Lama y todos los movimientos mundiales por la paz han seguido sus pasos. Gandhi, que renunció al cosmopolitismo para ganar un país, se ha convertido, en su extraña vida después de la muerte, en un ciudadano del mundo. Puede que todavía su espíritu resulte ser lo suficientemente fuerte, inteligente, duro, astuto y , sí, ético como para evitar ser asimilado por la McCultura global (y también por la cultura Mac). Frente a este nuevo imperio, la inteligencia gandhiana es mejor arma que la piedad gandhiana. ¿Y la resistencia pasiva? Ya veremos.
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