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UN LUGAR PARA APRENDER FILOSOFÍA

EL LUGAR DE LAS VICTIMAS

EL LUGAR DE LAS VICTIMAS REYES MATE

EL PAÍS - Opinión - 11-03-2005
Han pasado de invisibles a iconos. Las víctimas a las que hasta hace poco sólo veíamos en el día del funeral han sido revestidas de autoridad moral en la vida política. Los desacuerdos de la comisión parlamentaria del 11-M han preocupado a unos partidos y otros por lo que pudieran pensar o cómo lo pudieran interpretar las propias víctimas o sus allegados. Al hacerse tan visibles las víctimas, se han convertido en material político e informativo. Nada de particular entonces que la política y la información traten tan delicado asunto desde sus propios intereses y con sus propias lógicas. Ahora bien, con ser importante que saquen de sus interlocutores políticos y mediáticos lo mejor de sí, lo verdaderamente decisivo es lo que ellas puedan decir. Para eso tienen que conquistar su propio espacio.
Conocemos el alcance de la mirada del político y del periodista con sus luces y sus sombras. Lo que puede revolucionar el significado de la vida pública es saber cómo ven las cosas cotidianas los ojos de las víctimas, cómo valoran las prioridades de los demás, qué es lo importante y secundario, qué esperan de nosotros o, dicho en términos más sonoros, cómo se sitúan frente a la lógica de la historia. Que no piensen que va a ser fácil, porque esa mirada puede ser tan incómoda que ya hay quien se ha encargado de hablar por ellas. En torno al dolor de las víctimas se da una batalla hermenéutica tan vieja como el dolor mismo. En ese lance todo el mundo ha echado su cuarto a espadas porque lo que está en juego es el modo y manera de vivir de los vivos: las religiones hablan de consuelo; las filosofías, de que el progreso tiene sus riesgos y sus costos; la política, que no hay que dejarse condicionar por la violencia terrorista... A las víctimas las acompañamos en el sentimiento y, una vez acabado el duelo, esperamos de ellas que acepten las cosas tal y como se las explican los demás.
Tan cierta como la unanimidad sobre la inhumanidad del crimen es el despiadado enfrentamiento sobre su significación. Menos el criminal, todo ser humano invoca el "no matarás" ante un hombre o una mujer asesinados, pero a la hora de decidir qué significa ese crimen para los que quedan, las valoraciones son dispares. Lo estamos viendo en el País Vasco todos los días. Los partidos democráticos condenan el crimen sin reserva alguna, pero unos añaden a continuación que eso no debe condicionar la agenda política, mientras que para otros la lucha contra el crimen es el primer punto de la susodicha agenda porque la amenaza de muerte -que afecta a unos y no a otros- rompe la igualdad de los contendientes políticos en la defensa de sus propias posiciones. No hay igualdad en la contienda cuando la mitad está amenazada, de ahí que se interprete el crimen o la amenaza de muerte como el problema que condiciona el ser o no ser de la política democrática, de suerte que mientras no se restablezca la igualdad en la seguridad de la vida, todo plan soberanista está fuera de lugar. Todos condenan el hecho del crimen, pero unos jibarizan su significación política mientras que otros la elevan a centro de la estrategia.
Esa disparidad en la interpretación del sufrimiento de las víctimas divide a la humanidad en dos. Walter Benjamin lo explicó plásticamente comentando el cuadro del pintor expresionista Paul Klee titulado Angelus Novus. Representa a un ángel que vuela hacia adelante, aunque con la particularidad de tener el rostro vuelto hacia atrás. La cara está desencajada porque a sus horrorizados ojos no escapa el hecho de que el vuelo se hace sobre ruinas y cadáveres que se amontonan sin cesar a su paso. Como buen ángel quisiera detenerse, levantar a los caídos y recomponer las ruinas. Pero no hay manera: el mismo viento huracanado que le empuja hacia adelante le impide detenerse. Lo sorprendente del relato es el contraste entre esta mirada horrorizada del ángel y la nuestra, tan plácida: vemos lo mismo, pero lo que para el ángel de la historia es una catástrofe, son para nosotros, los hombres de nuestro tiempo, acontecimientos inevitables del progreso. Dos interpretaciones dispares de la misma historia.
La mirada lúcida del ángel es la de las víctimas y la otra es la nuestra, la propia de los espectadores supuestamente desapasionados y objetivos, aunque en realidad, indiferentes. Dos lecturas de la misma historia con la diferencia de que la mirada nuestra ha producido un sinfín de argumentos, teorías de la historia y consejas de la abuela, para desdramatizar la tensión y rebajar la importancia del sufrimiento que acarrea la marcha triunfal de la historia. Un día viene alguien y dice: "Para vivir hay que olvidar". Y nos lo creemos. Otro día es un pensador de campanillas que sentencia: "Es inevitable que el Espíritu del Mundo pise algunas florecillas situadas al borde del camino". Y lo elevamos a teoría filosófica. Y pasado mañana alguien vendrá y dirá a unos pistoleros: "Si dejáis de matar y nos dejáis vivir en paz, olvidaremos vuestros crímenes". Y lo votaremos en el Parlamento. La humanidad ha empleado demasiadas energías en frivolizar el sufrimiento como para aceptar fácilmente que ahora se le coloque en el centro de la escena. Demasiado bien sabían esos filósofos, teólogos, políticos y hombres de letras que la historia estaba empedrada de cadáveres, pero tenían que frivolizar su significado porque de lo contrario su concepto de verdad, de justicia o de bondad quedarían reducidos a su verdad, su justicia o su bondad.
Lo que esperamos de las víctimas es una mirada reparadora que, como la del niño en El traje nuevo del emperador, diga que el rey estaba desnudo. Naturalmente que las víctimas tienen derecho a indemnizaciones, ayudas materiales y psicológicas, respeto a su dolor, consideración social. Pero además tienen la llave hermenéutica con la que desmontar siglos de indiferencia y toneladas de ideologías justificadoras del sufrimiento. Nadie se lo puede exigir, pero lo pueden hacer. Pueden hacernos ver que las ruinas sobre las que cabalga el ángel de la historia o del progreso no son naturaleza muerta, sino historia de unos seres humanos que claman justicia. El día que la generación presente reconozca que lo que tiene se lo debe a unos antepasados que hacían historia con la lógica que denuncia el ángel, ese día pondremos en la bandera un crespón y haremos política reconociendo que estamos obligados al duelo por los aplastados sobre los que ha crecido nuestro bienestar.
Al exponer públicamente su dolor, obligan a la política a definirse como duelo. Las víctimas hacen público su duelo al decirnos que los daños que causa el terror son injustos. La justicia de las víctimas no tiene nada que ver con su moralidad individual, sino con la monstruosa explicación del crimen que da el terrorista. Nadie merece que, en una democracia como la nuestra, alguien recurra al crimen en Bilbao o en Madrid para conseguir un objetivo político. Lo injustificado de la violencia es lo que hace a las víctimas del terror inocentes. La inhumanidad de la violencia es la que coloca del cuello del asesinado el cartelón ecce homo, como antaño, y la que pone en las manos del moribundo un libro con el título Si esto es un hombre, como hogaño.
Estos días los belgas se están enterando, gracias a la exposición Memoria del Congo, que la imagen idílica de monjas en hospitales y misas nativas con Fabiola y Balduino era un montaje destinado a encubrir la dura realidad de una explotación de caucho que no se andaba con contemplaciones. Recientes investigaciones sobre el pasado colonial en el siglo XIX nos revelan que los Estados coloniales tenían dos varas de medir: Estado de derecho en la metrópoli y suspensión del derecho en las colonias. Todo el mundo trataba a esos Estados con el noble título de "de derecho", y al mal trato que daban a los nativos, de "excepcionalidad". Sólo las víctimas sabían, sin embargo, que la excepcionalidad, es decir, la suspensión del derecho para ellos era un estado permanente. Las víctimas tienen todo el derecho a esperar de los demás solidaridad, aunque quizá sea la solidaridad entre ellas lo que haga caer la venda que cubre nuestros ojos, hasta el punto de que podamos ver, como el ángel de Benjamin, que la historia se hace sobre cadáveres y escombros.
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