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UN LUGAR PARA APRENDER FILOSOFÍA

PÁRRAFO 9.- COMPENDIO DE UN LIBRO PUBLICADO RECIENTEMENTE TITULADO UN TRATADO DE LA NATURALEZA HUMANA

PÁRRAFO 9.- EJEMPLO DE LAS BOLAS BILLAR
TEXTO
He aquí una bola de billar quieta sobre la mesa, y otra bola que se mueve hacia ella con rapidez. Las dos chocan; y la bola que anteriormente estaba en reposo adquiere ahora un movimiento. Ésta es una tan perfecta instancia de la relación de causa y efecto como cualquier otra que conozcamos, sea por sensación o por reflexión. Examinémosla por tanto. Es evidente que las dos bolas entraron en contacto antes de que fuese comunicado el movimiento, y que no hubo intervalo alguno entre el choque y el movimiento. La contigüidad en tiempo y lugar es, por lo tanto, una circunstancia requerida para la operación de todas las causas. Es evidente similarmente, que el movimiento que fue la causa es anterior al movimiento que fue el efecto. La prioridad en tiempo es, por lo tanto, otra circunstancia requerida en toda causa. Pero esto no es todo. Probemos con otras bolas del mismo género en una situación similar y siempre hallaremos que el impulso de la una produce movimiento en la otra. Hay aquí, por lo tanto, una tercera circunstancia, a saber, la de una conjunción constante entre la causa y el efecto. Todo objeto similar a la causa, produce siempre algún objeto similar al efecto. Más allá de estas tres circunstancia de contigüidad, prioridad y conjunción constante, nada puedo descubrir en esta causa. La primera bola está en movimiento; toca a la segunda; inmediatamente la segunda se pone en movimiento; y cuando pruebo el experimento con las mismas o semejantes bolas, en las mismas o semejantes circunstancias, encuentro que al movimiento y contacto de una de las bolas, sigue siempre el movimiento de la otra. Por más giros que le dé a este asunto, y por más que lo examine, no puedo hallar nada más en él.
TEXTO ORIGINAL
Here is a billiard ball lying on the table, and another ball moving towards it with rapidity. They strike; and the ball which was formerly at rest now acquires a motion. This is as perfect an instance of the relation of cause and effect as any which we know, either by sensation or reflection. Let us therefore examine it. It is evident that the two balls touched one another before the motion was communicated, and that there was no interval betwixt the shock and the motion. Contiguity in time and place is therefore a requisite circumstance to the operation of all causes. It is evident, likewise, that the motion which was the cause is prior to the motion which was the effect. Priority in time is therefore another requisite circumstance in every cause. But this is not all. Let us try any other balls of the same kind in a like situation, and we shall always find that the impulse of the one produces motion in the other. Here, therefore, is a third circumstance, viz. that of a constant conjunction betwixt the cause and effect. Every object like the cause produces always some object like the effect. Beyond these three circumstances of contiguity, priority, and constant conjunction, I can discover nothing in this cause. The first ball is in motion; touches the second; immediately the second is in motion: and when I try the experiment with the same or like balls, in the same or like circumstances, I find that upon the motion and touch of the one ball, motion always follows in the other. In whatever shape I turn this matter, and however I examine it, I can find nothing farther.
COMENTARIOS PÁRRAFO 9
Este ejemplo no aparece en el Tratado. Sin embargo, es un buen ejemplo de cualquier relación causa-efecto. Si analizamos lo que ocurre, sólo observamos lo siguiente:
a) Contigüidad (proximidad): el movimiento de la primera bola, el choque y el movimiento comunicado a la segunda bola ocurren en los mismos tiempos y en los mismos espacios.
b) Prioridad temporal: el movimiento de la primera bola (que actúa de causa) siempre antecede al movimiento de la segunda bola (que actúa de efecto).
c) Conjunción constante: si cambiamos las bolas de billar por otras cosas iguales o parecidas se dan las mismas circunstancias de contigüidad y prioridad de la causa. Todo objeto similar a la causa produce un efecto similar
Y no hay nada más allá de esas tres circunstancias.
EJERCICIO SELECTIVIDAD JUNIO 1994 y SEPTIEMBRE 1997
TEXTO: Párrafo 9
CUESTIONES:
1) Explica el concepto de “conjunción constante”
2) Explica el argumento por el que Hume concluye las características de la relación causa-efecto
REDACCIÓN: Ciencia, ilustración y causalidad

ACLARACIÓN: LA CRÍTICA DE LA IDEA DE «CAUSALIDAD» COMO RELACIÓN NECESARIA ENTRE LA CAUSA Y EL EFECTO

Ya hemos visto, por tanto, de qué forma el criterio empirista de significado surgido de la distinción primaria entre impresiones e ideas y del subsiguiente principio de prioridad de aquéllas sobre estas, sirve para resolver -desde la perspectiva humeana- la cuestión del supuesto concepto de sustancia. Lo mismo ocurre con la idea del Yo o sustancia espiritual individual. Finalmente, lo mismo ocurrirá como consecuencia de la aplicación del criterio empirista de significado y de la división entre cuestiones de hecho y relaciones entre ideas al problema de la causalidad. Aunque éste ha sido considerado el principal y casi el único asunto de interés del Resumen y a veces también del Tratado, ahora vemos que forma parte del proyecto global humeano de crítica de la metafísica y la ética racionalista.
Al referirnos más arriba a la crítica de Hume al concepto de sustancia, ya señalábamos que desde el punto de vista del criterio empirista de significado, no existen propiamente ideas abstractas, sino tan sólo términos lingüísticos particulares usados con un sentido general.
Es decir, el argumento de Hume viene a señalar que, si toda idea simple o compleja, de la memoria o de la imaginación, remite a una impresión, y si el significado de dicha idea consiste en su referencia a dicha impresión, como toda impresión lo es de algo particular, y además tiene en sí misma una naturaleza particular, entonces propiamente no hay ideas abstractas o universales sino tan sólo ideas particulares pero que, debido a la costumbre de ser usadas para nombrar a una clase de individuos y no a individuos concretos (Recuerda a Nietzsche), acaban asociándo¬se a un término cuya significación es general y no particular; dice Hume sobre este punto lo siguiente:
«Es un principio universalmente admitido en filosofía que toda cosa de la naturaleza es individual (...) Las ideas abstractas, por consiguiente, son de suyo individuales, aunque puedan hacerse generales en la representación. La imagen de la mente es sólo la de un objeto particular, aunque su aplicación en nuestro razonamiento sea la misma que si fuera universal.»

Así pues, y como ya dijimos antes:

«Una idea particular se convierte en general al ser unida a un término general; esto es, a un término que por una conjunción debida a la costumbre guarda relación con muchas otras ideas particulares y las hace fácilmente presentes a la imaginación.»

Esto exactamente es lo que ocurre con la idea de la relación causa-efecto, con la causalidad.
Hume había dividido el conocimiento en demostrativo y empírico o probable; el primero es un conocimiento de relaciones invariables de ideas y el segundo de relaciones variables o cuestiones de hecho.
La experiencia nos muestra que podemos equivocarnos al inferir un efecto de una causa o una causa de un efecto. Esto demuestra que la relación causa-efecto es variable y cons¬tituye una cuestión de hecho. Por tanto, Hume considerará evidente que sólo podemos conocer la relación causa-efecto por la experiencia o el razonamiento empírico, pero nunca por deducción o demostración.
Pero, entonces, como las uniones experienciales o fácticas son siempre sólo probables y nunca necesarias o invariables, la experiencia sólo nos podrá mostrar la conjunción constante de ciertos acontecimientos pero nunca su conexión necesaria:
«En la consideración del movimiento comunicado de una bola [de billar] a otra, no podríamos descubrir más que continuidad, prioridad de la causa y conjunción constante. Pero, junto a estas circunstancias, se supone comúnmente que existe una conexión necesaria entre la causa y el efecto y que la causa posee algo, a lo que llamamos poder, o fuerza, o energía. El problema reside en qué idea llevan aparejada estos términos. Si todas nuestras ideas o pensamientos se derivan de nuestras impresiones, este poder debe o descubrirse por sí mis¬mo a nuestros sentidos o a nuestro sentido interno. Pero, es tan escaso el poder que se descubre por sí mismo a los sentidos en las operaciones de la materia, que los Cartesianos no han tenido el menor reparo en afirmar que la materia está desprovista por completo de energía y que todas sus operaciones se realizan simplemente con la energía del Ser supremo. Pero la cuestión se plantea de nuevo: ¿Qué idea tenemos de energía o poder inclu¬so tratándose del Ser supremo? Toda idea que tengamos de la Deidad (de acuerdo con los que niegan la existencia de ideas innatas) no es más una composición de esas ideas que adquirimos a partir de la reflexión sobre las operaciones de nuestras propias mentes. Ahora bien, nuestras propias mentes no nos proporcionan noción alguna de energía más de lo que lo hace la materia. Cuando consideramos nuestra voluntad o volición a priori, abstrayéndola de la experiencia, no somos capaces de inferir ningún efecto de ella. Cuando tenemos la ayuda de la experiencia, ésta sólo nos muestra objetos contiguos, sucesivos y unidos de forma constante. En general, por tanto, o no tenemos ninguna idea en absoluto de fuerza y energía, y estas palabras son ambas carentes de significado, o pueden significar tan sólo la determinación del pensamiento, adquirida por el hábito, de pasar desde la causa a su efecto corriente.»

Desde el punto de vista del ya mencionado criterio empirista de significado esto quiere decir que el término «causa», con el sentido de «conexión necesaria entre dos eventos» carece de significado, puesto que no hay ninguna impresión de una conexión necesaria sino tan sólo de conexiones más o menos probables, como cualquier otra relación fáctica. Pero, entonces, ¿cuál es el origen de la utilización metafísica del término «causalidad» como conexión necesaria?.
Lo que en opinión de David Hume ocurre es que, cuando nos acostumbramos a ver que dos acontecimientos se siguen, hablamos de que uno de ellos es causa del otro, en vez de decir que «uno está constantemente relacionado con el otro». Por consiguiente, Hume piensa que es el hábito o la costumbre (custom) de ver sucederse dos fenómenos lo que nos lleva a creer que uno es causa del otro y que su relación es de conexion necesaria.
De este modo, la causalidad y en general cualquier tipo de inferencia empírica basado en ella quedan reducidos a meras formas de asociación de ideas basadas en el hábito y en la creencia injustificada e injustificable de que esa misma asociación de ideas volverá a repetirse. Con esto Hume hace desembocar la cuestión de la causalidad en la de la imposibilidad de justificar lógicamente la inducción: cualquier tipo de inducción o inferencia empírica se basa en el supuesto de la uniformidad de la naturaleza (de que volverán a repetirse las mismas asociaciones de ideas), pero ese supuesto es también una inferencia empírica del pasado al presente, con lo que la justifica¬ción de la inducción es circular e imposible.
Esta reducción de una de las principales bases del conocimiento humano al ámbito del dinamismo de la mente huma¬na ha hecho que tradicionalmente se le haya atribuido una posición epistemológica de carácter escéptico. El propio Hume en un cierto sentido bromea y atiza el fuego de las críticas de escepticismo que posteriormente se le dirigirían cuando en el Resumen señala:

«...el lector percibirá fácilmente que la filosofía que se contiene en este libro es muy escéptica y pretende proporcionarnos una visión de las imperfecciones y estrechos límites del entendimiento humano. Se reduce allí casi todo el razonamiento a la experiencia, y la creencia, que va unida a la experiencia, se explica que no es más que un sentimiento peculiar o una concepción vívida producida por el hábito. No es esto todo. Cuando creemos en una cuestión de existencia externa, o suponemos que un objeto existe un momento después de dejar de ser percibido, esta creencia no es más que un sentimiento de la misma clase. Nuestro autor insiste en otros varios tópicos escépticos y, en resumen, concluye que asentimos con nuestras facultades y empleamos nuestra razón sólo porque no podemos evitarlo. La Filosofía nos volvería completamente pirrónicos si la naturaleza no fuera demasiado fuerte para ello.»"
El supuesto escepticismo de Hume sin embargo y como hemos visto no le ha impedido reconocer, aun limitándola, la importancia de todo el ámbito del conocimiento probable. Así pues, la causalidad, desprovista de su carácter metafísico necesario no sólo es la base de gran parte del conocimiento humano, sino que constituye el sustento fundamental del conocimiento sobre el propio hombre. Por consiguiente, la crítica humeana de la metafísica acaba siendo una defensa del conocimiento probable, de la inferencia, para lo cual Hume tendrá que demostrar que el comportamiento y la acción humanos, sin dejar de ser libres, son susceptibles de regularidad, como Hume dice, de necesidad.
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