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UN LUGAR PARA APRENDER FILOSOFÍA

RECORDANDO EL PROCESO DE KAFKA

MANUEL VICENT

EL PAÍS - Última - 22-05-2005
En el verano de 1946, bajo un calor tórrido que asaba a los pájaros en el aire, una mujer caminaba por el borde de una carretera descarnada de Castilla con un hatillo en la mano. Se sucedían barbechos, desmontes quebrados, terraplenes, campos de trigo segado, envueltos en una pasta de luz quemada, como los cuadros del pintor Juan Manuel Caneja, que se exponen ahora en el Museo Reina Sofía. Conocí a este artista en los últimos años de su vida cuando ya no hablaba nada, pero fue él quien me contó esta historia terrible. Aquella mujer tenía a su hombre en la cárcel, condenado a muerte. Después de andar varias jornadas llegó a la prisión de Ocaña y allí el funcionario le dijo que el reo había sido trasladado al penal de Chinchilla. El paisaje abrasado por un sol de justicia que pintó Caneja se perdía en el horizonte y hacia ese confín de la Tierra caminó aquella mujer con el ceño concentrado. Al llegar al penal de Chinchilla tuvo que esperar en la puerta tres días hasta conseguir un permiso de visita, pero antes de entrar en el locutorio otro funcionario le hizo saber que su hombre no figuraba en la lista de los presos. Después de repasar varios expedientes mugrosos le dijo que para comunicar con su hombre tenía que ir a la prisión de Cartagena. Dormía de noche en la cuneta y le servía de cabezal el hatillo que llevaba atado con varias vueltas de soga. He visitado la exposición antológica de Caneja. En sus cuadros aparece el paisaje de aquella Castilla calcinada, con volúmenes ligeramente cubistas, reiterados, obsesivos, con alguna veta rosa o azul, que los hace vibrar de forma mística bajo la crueldad amarilla del sol de agosto. La historia que me contó el pintor Caneja continúa. Al llegar a Cartagena, la mujer del preso tuvo que esperar otros tres días en la puerta de la cárcel y cuando le franquearon la entrada, el subdirector la recibió de pie en un pasillo desconchado para leerle un oficio donde ponía que el hombre que ella buscaba había sido ejecutado esa misma madrugada. La mujer no lloró. A pleno sol, junto a un leguario del camino, deshizo el hatillo, que se componía de un traje negro, de unas medias de algodón negras y de un pañuelo negro para la cabeza; se quitó el vestido de lunares rojos que llevaba, se vistió de luto y con la soga en la mano atravesó el mismo horizonte fulminado para volver a casa. Estos paisajes de Caneja hoy están sembrados de chalés adosados y de algún campo de golf, pero el dolor de una mujer aún perdura en ellos como un latido que emite el fondo de la Tierra.
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