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El amor

El amor

EL PAIS 2-12-2003

ROSA MONTERO

 

Leyendo La fabulosa historia de los Pelayos, en Plaza y Janés, un libro muy curioso pero bastante desperdi­ciado (el asunto daba para más) so­bre las aventuras auténticas de una familia española que desarrolló un sistema para ganar en la ruleta y consiguió saltar la banca de los casi­nos más importantes del mundo, caí en un detalle minúsculo pero revela­dor. Resulta que los Pelayos, una ex­tensa tribu de padres, hijos, primos y amigos que se instalaban en los casi­nos horas y horas, terminaron to­dos, o casi todos, enrollándose amo­rosamente o incluso casándose con crupieres. He aquí la prueba más evi­dente de lo que es el amor, me dije. Porque el amor es algo que llevamos todos dentro, es una necesidad esen­cial del ser humano, como el hambre o la sed. Y esa necesidad la saciamos con lo que nos cae más cerca, con lo que podemos. Es decir, a lo mejor lo que de verdad nos gusta comer es merluza a la vasca, pero si arrecia el apetito nos conformamos con un grasiento bocadillo de calamares. Y así, los médicos suelen enrollarse con compañeros del hospital; los ofi­cinistas, con otros oficinistas, y los Pelayos, claro, con crupieres. No te­nían tiempo para hablar ni tratar con nadie más en sus largas horas de duro trabajo ruletero.
Hasta aquí, todo perfecto. Inclu­so resulta de lo más consolador: esa capacidad para adaptarnos a lo que hay es uno de los grandes recursos de nuestra especie. Ahora bien, lo inquietante es el dolor que ese empa­rejamiento puramente casual puede llegar a provocarnos. El amor es un espejismo, una construcción imagi­naria, y los primeros que nos menti­mos somos nosotros. Queremos creer que hemos elegido libremente a la persona amada, y no admitimos la verdad, a saber, que hemos coinci­dido con ella por chiripa en el maldi­to casino en el que nos ha tocado jugar. Y, sin embargo, si ese amado nos desdeña, si el amor no va bien, ¡cómo lloramos! Sufrimos como pe­rros porque creemos que estamos perdiendo al hombre o a la mujer de nuestra vida, al amor predestinado, único, perfecto. Pero no hay indivi­duos únicos, sino simplemente gente que pasaba por ahí, que estaba a mano. Cada vez que se te hunda el mundo por la ruptura con un gran amor, piensa que en realidad no era más que un crupier de los Pelayos.

 

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