
Esta intolerancia hacia la crítica es algo ancestral. Hasta hace un siglo se dirimía a tiros o a sablazos en iracundos duelos. Como el del célebre actor Julián Romea, que en 1839 retó al crítico de teatro Ignacio Escobar por una mala reseña. Los dos eran pésimos tiradores y fallaron sus disparos; pero la bala perdida de Romea mató a uno de los padrinos. Una tragedia verdaderamente imbécil. Y es que hay algo muy tonto y muy niño en la incapacidad para aceptar que hablen mal de nosotros. Un defecto que padecemos todos, porque los críticos tampoco soportan ser criticados. Tomemos por ejemplo el guirigay Almodóvar-Boyero y sus airadas secuelas: blog del cineasta, comunicado de redacción. Como dijo la Defensora del Lector, yo creo que todo el mundo tiene el mismo derecho a criticar, al margen de que te gusten o no sus modos (tanto Boyero como Almodóvar tienen admiradores y detractores apasionados). Y, en cualquier caso, con la que está cayendo, ¿no es una bobería enfurruñarse tanto por algo tan pequeño?
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