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REFLEXIÓN: MI HIJO NO ATIENDE EN CLASE

Eduardo Punset: “Por qué somos como somos”  Págs. 83-84

 

MI HIJO NO ATIENDE EN CLASE

En ocasiones los problemas derivados de un aprendizaje deficiente en los primeros meses y años de vida se presentan pronto y, afortunadamente, sin la gravedad de cuestiones como la depresión o el suicidio. Una preocupación de muchos padres es el trastorno por déficit de atención e hiperactividad de sus hijos, un problema que afecta a cinco de cada cien niños en edad escolar. Niños inquietos, impulsivos, que no se centran en objetivos concretos, su atención pasa de una cosa a otra y parece que no oyen ni hacen caso de lo que se les dice. Aunque las causas de este trastorno no son suficientemente conocidas, se sabe que está precedido de sutiles alteraciones neurológicas que afectan a los neurotransmisores y que tienen un importante componente genético. Afecta tres veces más a los niños que a las niñas, aunque quizá éstas no son diagnosticadas porque suelen padecer déficit de atención pero sin hiperactividad.

El fracaso escolar es una de las primeras consecuencias de esta disfunción cerebral. El problema muchas veces no radica en su capacidad intelectual, sino en su rendimiento; obtener los mismos resultados que los demás les cuesta el doble de esfuerzo porque no pueden centrar la atención y retener en su memoria los conceptos. Todo ello a veces se complica con un escaso control de los impulsos. Estos niños pueden mostrar también comportamientos antisociales y problemas de adaptación. Sin embargo, ellos no pueden darse cuenta de que su conducta molesta a los demás. Un diagnóstico adecuado y precoz es muy importante para que los padres puedan entender a sus hijos, comprendan lo que ocurre en su cerebro y aprendan a manejarlos. El colegio y concretamente el apoyo de los profesores es básico para la recuperación de estos niños que necesitan tiempo extra y ayudas adicionales. Algunas veces incluso deberán escolarizarse en colegios especializados, si no quieren ser regañados o castigados constantemente.

En Redes tuvimos ocasión de pedir a la especialista Glòria Gibert —profesora de la escuela Lexia, un centro dedicado a estos niños— algunos consejos sobre cómo enfrentarnos al problema. Para ella las claves son la paciencia, un clima de trabajo tranquilo y relajado en grupos reducidos, y un fomento continuo de la autoestima, reforzando los aspectos positivos. «Muchos de los niños que llegan aquí han vivido experiencias muy negativas: se les ha reñido, se les ha castigado, no se les ha comprendido y ellos lo acusan de maneras muy diferentes. Muchos niños llegan frustrados, otros son muy agresivos. Ves que en realidad no es su manera de ser, sino que cuando están aquí ellos ven que están aprendiendo, que pueden seguir una clase de lo que sea, que son capaces de hacer algo. Entonces toda esta frustración les va desapareciendo y al salir de la escuela pueden integrarse al mundo porque saben que son capaces de hacer algo».

La terapia psicológica ayuda a los niños hiperactivos a controlar la impulsividad y los despistes, mientras que la terapia farmacológica puede corregir las disfunciones de los neurotransmisores. A menudo pienso en el error infinito cometido por la clase culta cuando los neurólogos no compartían sus conocimientos sobre procesos neuronales con los de conducta de los psicólogos o los farmacológicos de los químicos. Afortunadamente, los tiempos están cambiando y hace poco tiempo el neurólogo y premio Nobel de Fisiología o Medicina Eric Kandel me decía, en la Universidad de Columbia, que este siglo sería el del cerebro gracias a la multidisciplinariedad ahora aceptada como imprescindible. Por fin los psiquiatras se hablaban con los médicos, éstos con los neurólogos y estos mismos con los biólogos moleculares y psicoanalistas.

 

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