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UN LUGAR PARA APRENDER FILOSOFÍA

VER PARA CREER

FUENTE- EL HABITAT DEL UNICORNIO

Estamos en Chillington, una pequeña aldea al Oeste de Bretaña.  Corre el año de gracia de 1662.  Es Julio, el día es caluroso y el cielo está despejado.  De repente, alguien que lleva un rato mirando hacia el cielo, empieza a entrever formas extrañas en las nubes…
Poco a poco, más habitantes del pueblo se van uniendo a esta primera persona.  Las formaciones nubosas les resultan cada vez más inquietantes… 
Alguien cree atisbar en ellas un caballo, otro dice ver una espada. 
Al final, asombrados, los habitantes de Chillington llegan a un acuerdo sobre sus visiones: el cielo se está llenando de figuras de jinetes enormes, descomunales, que libran en el cielo una titánica batalla.
El  suceso, del que se habló durante muchos años, es uno de los más clásicos fenómenos de delirio colectivo que ha sucedido en la historia.  Decenas de personas creyeron contemplar aquella impresionante batalla. 

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Desde hoy, desde nuestro siglo XXI, el acontecimiento puede resultar chocante. Pero es bueno recordar que nuestra percepción también está guiada por lo que nos dicta la cultura en la que vivimos. Desde niños se nos dice qué debemos ver y qué no. Y además, se nos guía para que veamos lo ambiguo de una determinada manera.
La influencia de los demás en lo que percibimos es decisiva.  Esto se demostró en un famoso experimento repetido en innumerables ocasiones en el que se mostraba a un individuo dos líneas de diferente tamaño y se le preguntaba si eran iguales.  Cuando la persona respondía individualmente a la pregunta no tenía ningún problema en responder que una era claramente más grande que la otra.  Pero todo era diferente si la persona se encontraba en una fila y aquellos que iban delante de él (aliados con el experimentador) respondían que las líneas eran iguales. 
Un cómplice ve las líneas y contesta: “son iguales��?.  Otro, que va detrás, responde lo mismo.  Y otro, y otro…  Hasta que llegamos a nuestro pobre sujeto.  Éste, compungido y asustado, responde: “las líneas son iguales��?.
Esto ocurrió con la mayoría de los sujetos experimentales.  Algunos de ellos dijeron que habían respondido que las líneas eran iguales por vergüenza, pero sabían que eran diferentes.  Otros cayeron en el error por simple desidia: no querían complicarse la vida.  Pero curiosamente, también hubo un grupo de sujetos que, después de ver a otras personas responder que las líneas tenían la misma longitud, creyeron verlas iguales.   La influencia social fue tanta que al final su visión se distorsionó.

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En Chillington, hace cuatrocientos años, las personas inventaron caballos, espadas y sangre donde no había más que nubes.
Hoy vemos ovnis, armas químicas de destrucción masiva  o individuos peligrosos por el hecho de pertenecer a determinado grupo porque hay otras personas que nos dicen que están ahí.
A veces, cuando creemos ver con nuestros ojos, son los demás los que miran a través de ellos.

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