Blogia
UN LUGAR PARA APRENDER FILOSOFÍA

¿ PERDONAR ?

De Simon Wiesenthal


EL DALAI LAMA Creo que se debería perdonar a la persona o personas que hayan cometido atrocidades contra uno mismo o contra la humanidad. Pero esto no significa necesariamente que esos crímenes se tengan que olvidar. De hecho, uno siempre debe ser consciente y recordar esas experiencias para que en el futuro se puedan tomar las medidas oportunas con el fin de controlar la repetición de esos crímenes. Creo que esa actitud es especialmente práctica a la hora de afrontar el problema del gobierno chino respecto a la lucha emprendida por el pueblo tibetano para recuperar su libertad. Desde la invasión de China al Tíbet en 1949 y 1950, más de 1,2 millón de tibetanos, un quinto de su población, han perdido la vida víctimas de la masacre, las ejecuciones, el hambre y los suicidios. Sin embargo, durante más de cuatro décadas hemos luchado para mantener viva nuestra causa y conservar nuestra cultura budista de la no violencia y la piedad.Sería fácil enojarse ante estos trágicos acontecimientos y ante tantas atrocidades. Si etiquetásemos al pueblo chino como nuestro enemigo, podríamos condenarlo hipócritamente por su brutalidad y tildarlo de indigno de mayor consideración. Pero ésa no es la manera de comportarse de un budista.En este punto me gustaría relatar un incidente de gran interés. Hace tiempo, un monje tibetano que había estado durante dieciocho años en una prisión china en el Tíbet vino a verme después de huir a la India. Yo lo conocía cuando vivía en el Tíbet y recuerdo que la ultima vez que lo vi fue en 1959. Durante el curso de nuestro encuentro le pregunté cuál fue el momento en el que sintió más cerca el peligro mientras estuvo en la prisión. Su respuesta me sorprendió. Fue extraordinaria e incitante. Yo esperaba que contestara alguna otra cosa; en su lugar, declaró que lo que más temía era perder su compasión por los chinos.ALBERT SPEERAfligido por un inexplicable sufrimiento, horrorizado por los tormentos de millones de seres humanos, reconocí mi responsabilidad por todos mis crímenes en los Juicios de Nüremberg. Con el veredicto de culpabilidad, el tribunal sólo condenó mi culpa legal. Más allá de ella se encuentra el compromiso moral. Después de veinte años de cárcel en Spandau, nunca podré perdonarme por apoyar de manera imprudente y poco escrupulosa a un régimen que llevó a cabo el asesinato sistemático de judíos y de otros pueblos. Mi delito moral no está sujeto al estatuto de las prescripciones legales, y ya no podrá borrarse durante el resto de mi vida. ¿Deberías perdonar tú, Simon Wiesenthal, aunque yo no pueda perdonarme a mí mismo? Manés Sperber opina que si ese soldado de las SS hubiera logrado sobrevivir y conservara la convicción de su arrepentimiento no lo condenarías: pues bien, el 20 de mayo de 1975, nos sentamos uno frente a otro durante más de tres horas en tu Centro de Documentación de Viena, un encuentro precedido de un semestre de correspondencia. De hecho, fue Los límites del perdón lo que me condujo hasta ti: Hiciste bien, te respondí entonces, nadie está autorizado para perdonar. Pero mostraste empatía al emprender aquel penoso viaje hasta Stuttgart en 1946. Demostraste sentir compasión cuando no contaste a la madre los crímenes de su hijo. Esta bondad humanitaria también se refleja en la carta que me diriges y te estoy muy agradecido por ello. También demostraste clemencia, humanidad y bondad cuando nos sentamos uno frente a otro en ese 20 de mayo. No hurgaste en mis heridas sino que con sumo cuidado, trataste de ayudarme. No me reprochaste nada o te enfrentaste a mí preso de la ira. Te miré a los ojos, unos ojos donde se reflejaban todos las víctimas que murieron asesinadas, ojos que han sido testigos de miserias, degradación, fatalismo y agonía de nuestros compañeros seres humanos. Y, sin embargo, tus ojos no reflejaban odio. Seguían siendo cálidos, tolerantes y llenos de compasión por el sufrimiento de los demás. Cuando partimos, escribiste una dedicatoria en mi copia de tu libro manifestando que yo no traté de negar aquellos dramáticos sucesos, sino que había reconocido mi responsabilidad en su auténtica dimensión. Mi conciencia me llevó hasta ti. Tú me prestaste mucha ayuda, igual que hiciste con el soldado de las SS cuando no retiraste tu mano o cuando no le reprochaste sus crímenes. Todo ser humano tiene que soportar una carga. Nadie puede cedérsela a otro. Pero, para mí, desde aquél día, se ha hecho mucho más ligera. La gracia de Dios me ha tocado a través de ti. PRIMO LEVILos acontecimientos que evocas sucedieron en un mundo que se agitaba en sus cimientos y en un ambiente completamente impregnado por el crimen. Bajo esas condiciones no siempre es fácil, de hecho quizás es imposible, asignar un valor absoluto a lo que está bien y a lo que está mal: en la naturaleza del crimen se encuentra la capacidad de crear situaciones o conflictos morales, callejones sin salida en los que la negociación o el compromiso son las únicas condiciones que nos permiten salir de ellos, condiciones éstas que, sin embargo, infligen otra herida más en la justicia y en uno mismo. Los actos de violencia o de ofensa son irreparables: es muy probable que la opinión pública pida una sanción, un castigo, un precio por el dolor. También es posible que el precio a pagar sirva de algo, puesto que repara o desanima una nueva ofensa, pero la ofensa inicial no desaparece y el precio siempre (aunque sea justo) es una nueva ofensa y un nuevo motivo de dolor. Una vez dicho esto, creo que puedo afirmar que hiciste lo correcto, en esa situación, al negarte a perdonar al moribundo. Hiciste lo correcto porque eso fue el mal menor: sólo podías haberle perdonado con una mentira o provocando en tu interior una terrible violencia moral. Pero, por supuesto, la negación no es la respuesta a todo y resulta sencillo comprobar por qué te marchaste con muchas dudas: en un caso como el que nos ocupa es imposible decidirse de forma categórica entre el sí y el no. Siempre queda algo que decir por un lado u otro.En tu caso, puesto que eras un HÑftling, es decir, una víctima predestinada y puesto que en ese momento te veías como un representante de todos los judíos, habrías cometido una falta al perdonar a tu hombre y, quizás, todavía hoy sentirías un remordimiento más profundo del que sentiste al no perdonarle. ¿Qué hubiera significado ese perdón para el nazi y qué hubiera significado para ti? Probablemente mucho para el primero, una especie de consagración, una purificación que habría liberado su tardía conciencia religiosa del terror al castigo eterno. Pero creo que para ti no tendría ningún significado: en efecto, no habría significado no eres culpable de ningún crimen, ni tampoco has cometido un crimen contra tu voluntad o sin saber lo que hacías. Por tu parte, habría sido una expresión carente de sentido y, en consecuencia, una mentira. Me gustaría añadir lo siguiente: la figura del soldado de las SS tal y como la presentas en tu libro no parece rehabilitada desde el punto de vista moral. Todo esto nos llevaría a creer que si no fuera por el temor de una muerte segura, se habría comportado de una forma distinta: no se habría arrepentido hasta mucho más tarde, con la caída de Alemania, o nunca. El hecho de llevarle a un judío me parece infantil e insolente a la vez.Me parece infantil porque se parece mucho a los niños indefensos que suplican ayuda: es muy posible que, influido por la propaganda pensara que los judíos son seres anormales (mitad diablos, mitad hechiceros, capaces de realizar hechos sobrenaturales). ¿Acaso no creía Himmler algo así cuando ordenó la suspensión de las masacres en los campos con la esperanza de que la Internacional Judía ayudara a Alemania a cerrar la paz con Occidente? Y me parece insolente porque, una vez más, el nazi utiliza a los judíos como herramientas, sin darse cuenta del peligro y de la conmoción que podría haber supuesto su petición para el prisionero: su comportamiento, analizado en profundidad, está teñido de egoísmo, ya que se detecta en él un intento de descargar en los demás su propia angustia.TZVETAN TODOROV¿Qué debería haber hecho Simon? ¿Qué hubiera hecho yo si me hubiera encontrado en su lugar? Me gustaría responder primero a la primera cuestión. El único que puede perdonar es el que ha sufrido el daño. Por analogía, la extensión del individuo al grupo me parece ilegítima: no se puede perdonar por poder, de igual modo que no se puede ser una víctima por asociación o defender la existencia de una culpa colectiva. Por tanto, el asesinato, por definición, no puede perdonarse: la parte ofendida ya no se encuentra entre nosotros para hacerlo.Debería añadir que, como no soy cristiano creyente, nunca he considerado la absolución como un elemento esencial de la vida. La justicia y la moralidad son más importantes para mí. Por tanto, intentaré ir un poco más allá y formular la cuestión en mis propios términos: ¿Cómo debemos juzgar al hombre descrito por Wiesenthal y qué debemos pensar de él? Su culpa es incuestionable. El problema que se nos presenta es si deberíamos tener en cuenta su arrepentimiento.La experiencia demuestra que la gran mayoría de los criminales nazis no se arrepintieron de sus acciones. En Nüremberg, Speer fue el único que se declaró (parcialmente) culpable. En el juicio de Auschwitz de 1963, sólo las antiguas víctimas se sintieron afligidas; los antiguos verdugos no parecieron sentirse atormentados por los remordimientos. Lo mismo ocurrió con los responsables de otras atrocidades, en otros países que padecían el totalitarismo, o incluso en la actualidad en la antigua Yugoslavia: los guardias de los campos de concentración, al igual que sus superiores, se declararon no culpables. En este respecto, el soldado de Wiesenthal es diferente y, sólo por resaltar la excepción, se merece un tratamiento distinto: no la absolución, desde luego, sino el reconocimiento de haberse embarcado en una actividad específicamente humana que consiste en cambiar para bien.Tampoco podemos ignorar el hecho de que estamos planteándonos estas cuestiones hoy, más de cincuenta años después de los acontecimientos. No estamos viendo una acción que sucede en el presente, sino el lugar que ocupa en nuestra memoria una acción pasada. ¿Qué podemos hacer con las atrocidades que se cometieron en el pasado? ¿Cómo podemos ponerlas al servicio de nuestra educación moral?Los crímenes nazis son de una naturaleza que hacen imposible confundir los valores: esos crímenes realmente existieron y no son, de ninguna manera, relativos. Sólo por esa razón, debemos preservar su recuerdo. El segundo paso en esta instrucción consistiría, pues, en abandonar la tendencia a identificar el puro y simple mal con el Otro, y el bien con nosotros, así como reconocer, como dijo Romain Gary, que la inhumanidad es parte del ser humano. La interacción complementaria de estos dos aspectos del juicio moral es la única que nos permite hacer un uso juicioso del pasado en el presente con el fin de luchar no sólo contra los males de ayer, sino también contra los males de hoy.

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres
¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres

0 comentarios

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres