GUINEA ECUATORIAL: DEMONIOS EN EL PARAISO
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AUTOR: Fernando Savater
FECHA: EL PAIS 17-6-2008
El otro día un periodista foráneo me preguntó: “¿qué cree usted que necesita hoy Europa?”. Sin vacilar y supongo que cometiendo el pecado que más detesto, la pedantería, repuse: Erasmo. Fui un poco grotesco, pero sincero. De vez en cuando, pongamos que cada cincuenta años, es inevitable volver a sentir nostalgia del gran humanista. Uno de quienes le añoraron especialmente en un momento atroz de la atroz historia europea, Stefan Zweig, establece en el inolvidable ensayo biográfico que le dedicó (publicado en castellano por Paidós): “en efecto, de todos los escritores y autores occidentales, fue el primer europeo consciente, el primer combatiente pacifista, el defensor más elocuente del ideal humanitario, social y espiritual”.
Uno de los primeros escritos de Erasmo se titula Antibárbaros y ese rótulo podría encabezar sus obras completas: lo malo es que en nuestra época menesterosa de éxitos multitudinarios quizá ofenda a demasiados lectores potenciales…
Tradicionalmente el único libro de Erasmo que conocía el lector no erudito era su Elogio de la locura, del que existen numerosas ediciones. Equivale en su extensa obra a Cándido en la de Voltaire, para entendernos. Pero hoy tenemos en castellano versiones recientes y sin duda excelentes de otros escritos. Por ejemplo destacado, los Adagios del poder y de la guerra que, junto a la Teoría del adagio (esa anticipación lúcida y sabrosa de lo que luego fue “ensayo” con Montaigne) ha traducido con puntual elegancia Ramón Puig de la Bellacasa (Alianza Editorial). Y como importante refuerzo, los Escritos de crítica religiosa y política que ha traducido y anotado para la editorial Tecnos Miguel Ángel Granada, sin duda el más destacado especialista español del pensamiento renacentista, donde se incluye la despiadada sátira Julio II excluido del reino de los cielos, crítica magistral de un papado arrogante, enriquecido y envilecido (pese a sus notables mecenazgos artísticos) que pedía ya a gritos la reforma protestante.
Menciono, para completar este repaso, la preciosa edición facsímil de otros dos escritos erasmianos notables —la Lengua y Sobre la mala vergüenza—que ha preparado con mimo la editora de la Junta Regional de Extremadura.
Claro y preciso en cuanto escribió, Erasmo tuvo compasión de los hombres —que le admiraron enormemente en toda Europa— pero su verdadera amistad fueron los libros. Se negó tenazmente a alinearse con los sectarios, fuesen los del papado o los de Lutero, y a veces su cautela excesiva impacienta un poco al lector de su biografía: es indudable que nunca derrochó coraje físico, probablemente porque no le apetecía terminar sus días como su amigo Tomás Moro. Indudablemente creyente, nunca subyuga sin embargo la razón a la fe sino más bien lo contrario: “cuando encuentres una verdad, dala por cristiana”. Y su adagio contra la guerra —dulce bellum inexpertis— sigue siendo hoy de una elocuencia y una lucidez admirables. Oigámosle otra vez: “ya no está permitido a los cristianos combatir, excepto ese hermosísimo combate con los abominables enemigos de la Iglesia: el afán de dinero, la iracundia, la ambición, el miedo a la muerte”. A esto sí que puede llamarse humanismo cristiano, no a privatizar hospitales o escuelas ni a bombardear a los infieles. Por encima de todo, abogó por el sueño de una Europa unida en su cultura y en su misión civilizadora, de la que fueran extirpados esos nombres nacionales —inglés, alemán, francés, español…— que “estúpidamente” nos enfrentan. Incluso va más allá y dice en su Querela pacis que “el mundo entero es la patria de todos nosotros”. ¿Qué pensaría hoy de la Europa cada vez más clausurada en sus excluyentes privilegios, que estruja a los inmigrantes mientras le son útiles y después les niega todo derecho, le encierra sin juicio o les expulsa a las tinieblas exteriores? ¿La que acepta horarios neoesclavistas por presión de los lobbies patronales? Regresan los bárbaros y echamos de menos a Erasmo.
Fíjate en la cantidad de alimentos y bebidas, en la barbaridad de envases que utilizamos en los países más desarrollados y en cómo la comida de los menos desarrollados pertenece al comercio local, por lo que se reduce el proceso de manipulación y de transporte. No estaría mal añadir, al coste alimentario de cada grupo familiar, la cifra de emisiones de CO2 que corresponden a la obtención de los productos.
PÁGINA WEB CON ARTÍCULOS REFLEXIÓN RELACIONADOS CON LA POBREZA
Alfredo Abián (La Vanguardía 12-6-2008)
La Unión Europea se dispone a ampliar la semana laboral. Su máximo está fijado en 48 horas y los ministros de Empleo ya han dado un primer paso para elevarlo a 65. Un 35 por ciento más. Ríanse ustedes de los aumentos de la inflación y de las hipotecas. Sólo el Gobierno español, escoltado por grandes potencias como Grecia, Chipre o Hungría, se opone a esta potencial regresión, que en acertadas palabras del ministro Corbacho acerca al Viejo Continente más al siglo XIX que al actual XXI. Los mártires de Chicago de 1886 deben de estar revolviéndose en sus tumbas al comprobar que, 122 años después, su reivindicación de una jornada laboral de 8 horas forma parte de la gran liquidación de fin de temporada del Estado de bienestar. Como ha escrito el gran poeta argentino Juan Gelman, los fantasmas suicidados de la gran depresión del 29 vuelven a pasear por Wall Street. Y, lo que es peor, sus sombras espectrales atenazan a Europa. El fundamentalismo del mercado desempolva viejos dogmas para propugnar un nuevo contrato social que, en el fondo, es muy viejo: aumentar las horas de trabajo sin subir los salarios para así reducir costes. Ser competitivos para evitar la deslocalización.
Ahora que nos habíamos acostumbrado a hablar de conciliar la vida laboral con la familiar; de racionalizar los horarios; ahora que nos empezábamos a reclinar sobre el mullido cojín del ocio, viene la vieja Europa a decirnos que nuestro despertador laboral volverá a ser el gallo cantando al alba. Qué horror para quienes habíamos creído que la apuesta de futuro era que el tiempo no era un valor esencial en la producción, sino que el único valor añadido que cotizaba en bolsa era la calidad y el conocimiento.
http://blog.pucp.edu.pe/blog/353
La ética de tercera generación pretende responder alguna de las interrogantes del presente título (como, por ejemplo, ¿es sostenible la igualdad de oportunidades para todos?).
Sin duda la ética de tercera generación constituye un enfoque de tremenda actualidad y vigencia que habrá de hacernos reflexionar sobre lo correcto e incorrecto en nuestra sociedad. En lo esencial plantea el conflicto entre el interés personal y el colectivo, optando porque lo moralmente correcto es optar por la sostenibilidad del mundo, lo que implica la renuncia de los intereses personales por los colectivos. Este enfoque esta en franca contradicción con la ética protestante y que es la que hoy mueve al mundo desarrollado, en especial, economía Norteamericana.
Anticipamos conflictos profundos sobre lo etico, entre países que justificaran moralmente la existencia de los países menos desarrollado, que permita la sostenibilidad del actual sistema. Surgiendo la interrogante si ello es correcto o no lo es?.
La ética de tercera generación responde que que Si es correcto, la ética de primera y segunda generación responden que no. Cuál es el enfoque correcto? Habremos que madurar el tema para tener una posición más concluyente, pero qué opinas tú?
Te dejó ahora con el extracto de un artículo publicado en el Blog sobre Etica RSU.
“No sirve ser solamente “buena gente” en forma personal y luchar por la igualdad de condición entre todos los miembros de la sociedad humana, si no se respeta las condiciones de habitabilidad del planeta, si no se considera la sostenibilidad global de las condiciones de vida que se promueve como buenas y justas. Por ejemplo, desde nuestra perspectiva, no puede ser ético promover que todos los habitantes del planeta tengan acceso a un automóvil personal. La ideología clásica del “Desarrollo” que incentiva que los pobres tengan acceso a las mismas facilidades de vida que los actuales ricos, sustentándose en la “equidad de oportunidad” como dogma pretendidamente indiscutible moralmente (desde el punto de vista de la ética de 2da generación), esa ideología es en realidad inmoral, porque quiere globalizar un modo de vida insostenible. Por eso, desde el punto de vista de la ética de 3ra generación, la confusión de la noción de “progreso” con aquella de bonanza económica para el mayor número de personas, dentro de las condiciones actuales modernas de residencia, es justamente la culpable de la insostenibilidad global de nuestra vida planetaria. El modo de vida en las actuales naciones desarrolladas es inmoral, porque insostenible, y el camino es de buscar un nuevo tipo de residencia planetaria que permita facilitar (a) la bondad de los individuos (sostenibilidad emocional), (b) la justicia de las relaciones equitativas (sostenibilidad económica y juridicopolítica), y (c) la sostenibilidad global de los efectos colaterales generados por la presencia de homo sapiens en la Tierra. Si faltara uno de estos componentes, temo que nuestro modelo de vida no nos permita esperar un siglo XXII.” Si quieres saber más sobre esta nota haz click acá y visita el blog de Etica RSU.
Publicado por pablohm el 11 Octubre 2007
La empresa Blackwater es paradigmática de una nueva forma de capitalismo. Recuerde: se trata de la empresa de seguridad a la que Estados Unidos subcontrata la protección de su embajada y altos funcionarios en Iraq. Son más de mil profesionales, en su mayoría procedentes de las fuerzas especiales y servicios de inteligencia. Y han sido causantes de numerosas muertes injustificadas de civiles iraquíes. Recientemente, mientras escoltaban un convoy diplomático y sin causa aparente, abrieron fuego indiscriminado y mataron e hirieron a decenas de civiles y destruyeron 14 vehículos.
Esa es la versión del Gobierno iraquí, grabada en vídeo, y también de los testigos presenciales. Versión que no acepta la embajada estadounidense, aunque ha abierto una investigación. Pero también el Congreso de Estados Unidos ha abierto una investigación cuyas primeras audiencias condenan las prácticas de Blackwater porque no es la primera vez que matan por matar. De hecho, tienen inmunidad asegurada mediante una orden especial firmada por Bremmer, el jefe de la ocupación estadounidense, el día antes de transferir la soberanía a Iraq, y la utilizan haciendo lo que quieren, sin control, y saliendo del país cuando surgen problemas. En las mismas condiciones están otros 20.000 agentes de seguridad privada de otras empresas que trabajan en Iraq. ¿Por qué Estados Unidos los defiende con tanto ahínco y, sobre todo, por qué los emplea? Se trata de la última frontera de la privatización: privatizar el ejército y la policía, lo que en la historia reciente era el dominio reservado del Estado. Y no es porque salga más barato.
Los agentes de Blackwater cobran 1.200 dólares al día, es decir 9 veces más de lo que cobra un sargento de las fuerzas especiales estadounidenses donde ellos trabajaban anteriormente. Indagando en las razones de este despilfarro entramos en un terreno tan escabroso como poco conocido. Por un lado, las agencias de seguridad privadas (y esto vale también para los guardas de muchas urbanizaciones en nuestro país) tienen muchos menos controles internos que las fuerzas públicas de seguridad. Son más flexibles y se prestan a misiones y actividades que el ejército no acepta, tanto por su profesionalidad como porque hay un sistema de justicia militar que actúa cuando hace falta. Por tanto, el propio Gobierno prefiere gastar más para escapar a los mecanismos de fiscalización legal. De hecho la contabilidad de los contratos con los subcontratistas privados en Iraq, desde la seguridad a la construcción y desde el mantenimiento de las infraestructuras hasta el catering para las tropas, es un área oscura de la que han surgido múltiples escándalos de corrupción en los últimos meses.
Y aquí aparece la segunda y más importante razón de la defensa de los subcontratistas de cualquier tipo: las enormes ganancias que estas empresas obtienen de la guerra. Y son empresas con vínculos directos con oficiales militares (algunos ya a juicio por corrupción) y con influyentes políticos, como es el caso del vicepresidenteCheney y la empresa Halliburton.
De modo que mientras la atención de todo el mundo estaba concentrada en el negocio del petróleo como factor explicativo de la guerra de Iraq, el mayor negocio es en realidad la guerra misma, aunque sea a costa de la ruina del contribuyente estadounidense (el costo de la guerra se acerca ya al billón - 12 ceros- de dólares, o sea aproximadamente un 10% del producto bruto de Estados Unidos).
Pero el paradigma al que me refiero tiene mayor calado. Noemi Klein acaba de publicar un libro polémico que ya ha recibido elogios de destacados analistas, incluyendo Joseph Stiglitz, premio Nobel de Economía y antiguo director económico del Banco Mundial. El libro, El ascenso del capitalismo del desastre, plantea una tesis inquietante a partir de una abundante documentación que incluye, entre otros casos, la guerra de Iraq y la destrucción de Nueva Orleans por el huracán Katrina.
Una forma de expansión del capitalismo, que necesita constantemente abrir nuevas oportunidades de negocio, es superar los límites impuestos por regulaciones estrictas heredadas de la historia e impuestas por la sociedad y la política: controles legales, derechos sociales, legislación medioambiental, planes de usos del suelo, normas de seguridad de las infraestructuras básicas y demás mecanismos de supeditación de la lógica del mercado a los valores de la sociedad. Por eso las situaciones de desastre, como guerras, catástrofes naturales o colapso político-institucional, abren nuevos campos de posibilidades, empezando desde cero, con nuevas reglas y con nuevas oportunidades de negocio para quienes se sitúan en estas nuevas fronteras libres de control institucional, mientras dura esa fase de transición. Y no se trata de anécdotas, sino de negocios gigantescos que representan una base de acumulaci�n que se prolonga en la creación de nuevos imperios financieros.
Aunque no está en el libro de Klein tal fue, por ejemplo, mi observación de la formación de la nueva oligarquía capitalista rusa aprovechando la privatización masiva (de hecho, la expoliación sin control) de lo que era la riqueza pública (o sea toda) de Rusia durante la transición democrática. La reconstrucción de regiones devastadas en el mundo está plagada de apropiación de la ayuda internacional por burocracias corruptas. Tratar los problemas urbanos creados por la concentración de población en las áreas metropolitanas del mundo es un gran negocio para consultores y empresas de ingeniería y de obras públicas que pueden imponer sus condiciones más fácilmente cuando hay un terremoto, una epidemia o una explosión que obligan a los gobiernos a tomar medidas urgentes.
Las situaciones de emergencia autorizan gastos públicos de emergencia que crean mercados. O permiten la privatización de programas de salud, educación, infraestructuras o seguridad en una escala que no sería pensable en una situación normal. La idea no es que el capitalismo provoque catástrofes para medrar sino que, simplemente, medra con las catástrofes. Y, a veces, condiciona, encarece y perjudica, en aras de un beneficio privado inmediato, los procesos de reconstrucción que intentan paliar los dramas de nuestro tiempo.
Manuel Castells es el sociólogo español más conocido y reconocido internacionalmente.
La Vanguardia, 6 octubre2007
Sociólogo británico. Prenio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales de 2002. Destacan sus estudios acerca de la renovación del pensamiento socialdemócrata que han dado lugar a la teoría de la "Tercera Vía", una propuesta ideológica que aúna elementos teóricos del capitalismo liberal junto con propuestas socialistas.
Artículo periódico EL PAIS (20 de julio de 2003)
La conferencia y Cumbre sobre Gobierno Progresista celebrada en Londres en julio de 2003 anunció la entrada de la "Tercera Vía" en su segunda fase, según el ex primer ministro británico Tony Blair. Los objetivos que se marcaron fueron los siguientes:
«Los peligros de la indiferencia.»
Elie Wiesel. Séptimo Encuentro del Milenio en la Casa Blanca, Washington, 12 de abril de 1999
Hace cincuenta y cuatro años, un chico judío de una pequeña localidad de los Cárpatos se despertó, no muy lejos de la amada Weimar de Goethe, en un lugar de eterna infamia llamado Buchenwald. Por fin estaba libre, pero su corazón no rebosaba alegría. Creyó que nunca volvería a ser feliz. Liberado un día antes por los soldados americanos, recuerda su rabia ante lo que encontraron allí. Y mientras viva, ese joven siempre les agradecerá su rabia y también su compasión. Aunque no entendía su idioma, sus ojos le informaron de lo que necesitaba saber: que ellos también recordarían y darían fe de lo que acababan de ver.
Nos encontramos en el umbral de un nuevo siglo, de un nuevo milenio. ¿Cuál será el legado de este siglo que ahora se agota? ¿Cómo será recordado en el nuevo milenio? Indudablemente, será juzgado, y juzgado severamente, en términos morales y metafísicos. Estos fracasos pueden proyectar una oscura sombra sobre la humanidad: dos guerras mundiales, incontables guerras civiles y una cadena interminable de asesinatos (Gandhi, los Kennedy, Martin Luther King, Sadat, Rabin), baños de sangre en Camboya y Nigeria, India y Paquistán, Irlanda y Ruanda, Eritrea y Etiopía, Sarajevo y Kosovo; la inmundicia del Gulag y la tragedia de Hiroshima. Y, por supuesto, a otro nivel, Auschwitz y Treblinka.
Demasiada violencia; demasiada indiferencia. ¿Qué es la indiferencia? Etimológicamente, la palabra significa «falta de diferencia». Un estado extraño y poco natural en el cual no se distingue entre la luz y la oscuridad, el amanecer y el atardecer, el crimen y el castigo, la crueldad y la compasión, el bien y el mal. ¿Cuáles son sus caminos y sus consecuencias ineludibles? ¿Se trata de una filosofía? ¿Puede concebirse una filosofía de la indiferencia? ¿Es posible considerar la indiferencia como una virtud? ¿Es necesario, en ocasiones, practicarla para mantener la cordura, vivir con normalidad, disfrutar de una buena comida y una copa de vino, mientras el mundo que nos rodea sufre unas experiencias desgarradoras?.
Evidentemente, la indiferencia puede resultar tentadora. En ocasiones, incluso seductora. Resulta mucho más fácil apartar la mirada de las víctimas. Es mucho más fácil evitar estas abruptas interrupciones a nuestro trabajo, nuestros sueños y nuestras esperanzas. A fin de cuentas, es extraño y pesado implicarse en el dolor y la desesperación de los demás. Para una persona indiferente, sus vecinos carecen de importancia. Por tanto, sus vidas carecen de sentido para él. Su dolor oculto o incluso visible no le interesa. La indiferencia reduce al otro a una abstracción.
En ese lugar, detrás de los negros portales de Auschwitz, los prisioneros que llevaban una vida más trágica eran los Muselmdnner. Tapados con sus sábanas raídas, se sentaban en el suelo mirando al vacío, puesto que no recordaban quiénes eran ni dónde estaban. Eran extranjeros en su propia tierra. Ya no sentían dolor, hambre ni sed. No tenían miedo de nada. No sentían nada. Estaban muertos y no lo sabían.
Arraigados en nuestra tradición, algunos creíamos que ser abandonados por la humanidad no era la peor de las desgracias. Creíamos que ser abandonados por Dios era peor que ser castigados por él. Era mejor pensar en un Dios injusto que en un Dios indiferente. Para nosotros, ser ignorados por Dios era un castigo más severo que ser una víctima de su ira. El hombre puede vivir alejado de Dios, pero no al margen de Dios. Dios se encuentra allí donde vamos. ¿Incluso en el sufrimiento? Incluso en el sufrimiento.
En cierto sentido, ser indiferente a ese sufrimiento es lo que deshumaniza al ser humano. A fin de cuentas, la indiferencia es más peligrosa que la ira o el odio. A veces, la ira puede ser creativa. Uno escribe un hermoso poema, una magnífica sinfonía. Uno crea algo especial por el bien de la humanidad, porque está enfadado con la injusticia de la que es testigo. Pero la indiferencia nunca es creativa. Incluso el odio, en ocasiones, puede suscitar una respuesta. Lo combates. Lo denuncias. Lo desarmas.
La indiferencia no suscita ninguna respuesta. La indiferencia no es una respuesta. La indiferencia no es un comienzo; es un final. Por tanto, la indiferencia es siempre amiga del enemigo, puesto que beneficia al agresor, nunca a su víctima, cuyo dolor se intensifica cuando la persona se siente olvidada. El prisionero político en su celda, los niños hambrientos, los refugiados sin hogar... No responder a su dolor ni aliviar su soledad ofreciéndoles una chispa de esperanza es exiliarlos de la memoria humana. Y al negar su humanidad, traicionamos a nuestra.
Por tanto, la indiferencia no sólo es un pecado, sino también un castigo.
Y ésta es una de las lecciones más importantes que debemos extraer de los múltiples experimentos con el bien y el mal que han tenido lugar en este siglo.
En mi lugar de origen la sociedad estaba compuesta por tres sencillas categorías: los asesinos, las víctimas y los que no hacían nada. Durante la época más oscura, dentro de los guetos y de los campos de la muerte -me alegro de que la señora Clinton mencionara que ahora estamos conmemorando ese evento, ese período, que ahora nos encontramos en una etapa para recordar-, nos sentíamos abanconados y olvidados. Todos nos sentíamos así.
Nuestro único y miserable consuelo era creer que Auschwitz y Treblinka eran secretos muy bien guardados; que los líderes del mundo libre no sabían lo que estaba pasando detrás de esos portales negros y ese alambre de púas; que no tenían conocimiento de la guerra contra los judíos que los ejércitos de Hitler y sus cómplices libraban como parte de la guerra contra los Aliados. Si lo supieran, pensábamos, los líderes habrían removido cielo y tierra para tomar cartas en el asunto. Se habrían pronunciado con gran valor y convicción. Habrían bcmbardeado las vías de tren que conducían a Birkenau; sólo las vías de tren, sólo una vez.
Y entonces descubrimos que el Pentágono lc sabía, que el Departamento de Estado lo sabía...
[...] La deprimente historia del Saint Louis cs un ejemplo de ello. Hace sesenta años, su carga humana -casi un millar de judíos- fue devuelta a la Alemana nazi. Y eso ocurrió después de la Kristallnacht, después del primer pogromo organizado por el Estado, en el que se destruyeron centenares de comercios judíos, se quemaron sinagogas y miles de personas fueron encerradas en campos de concentración. Ese barco, que llegó a las costas de Estados Unidos, fue enviado de vuelta a su destino. No lo entiendo. Roosevelt era un buen hombre, tenía corazón. Entendía a quienes necesitaban ayuda. ¿Por qué no permitió el desembarco de esos refugiados? Mil personas, en Estados Unidos, el gran país, la mayor democracia del mundo, la más generosa de todas las nuevas naciones de la historia moderna. ¿Qué ocurrió? No lo entiendo. ¿Por qué esa indiferencia, al máximo nivel, hacia el sufrimiento de las víctimas?.
Pero también existían seres humanos sensibles a nuestra tragedia. Esas personas no judías, esos cristianos, los que nosotros llamamos «los gentiles justos» y esos actos desinteresados de heroísmo salvaron el honor de su fe. ¿Por qué fueron tan pocos? ¿Por qué se dedicó un mayor esfuerzo a salvar a los asesinos de las SS después de la guerra que a salvar a sus víctimas durante la contienda? ¿Por qué algunas de las empresas más importantes de Estados Unidos siguieron haciendo negocios con la Alemania de Hitler hasta 1942? Se ha llegado a afirmar, gracias a la abundante documentación, que la Wehrmacht no habría emprendido su invasión de Francia sin el petróleo de origen americano. ¿Cómo se puede explicar su indiferencia?
Aun así, amigos míos, también han ocurrido hechos positivos en este traumático siglo: la derrota del nazismo, la caída del comunismo, el renacimiento de Israel en su tierra ancestral, la desaparición del apartheid, el tratado de paz de Israel con Egipto, el acuerdo de paz en Irlanda. Recordemos el encuentro, lleno de dramatismo y emoción entre Rabin, Arafat y usted, señor presidente, celebrado en este mismo lugar. Yo estaba aquí y nunca lo olvidaré. Y luego, por supuesto, la decisión conjunta de Estados Unidos y la OTAN para intervenir en Kosovo y salvar a esas víctimas, a esos refugiados, a esos desplazados por un hombre. Creo que ese hombre debería ser acusado de «crímenes contra la humanidad».
Pero esta vez, el mundo no calló. Esta vez respondimos. Esta vez intervenimos.
¿Significa esto que hemos aprendido del pasado? ¿Significa que la sociedad ha cambiado? ¿Acaso el ser humano se ha vuelto menos indiferente y más humano? ¿Realmente hemos aprendido de nuestras experiencias? ¿Somos menos insensibles al dolor de las víctimas de la limpieza étnica y de otras formas de injusticia en lugares cercanos y lejanos? ¿Es la intervención justificada de hoy en Kosovo, dirigida por usted, señor presidente, una advertencia duradera de que jamás se volverá a permitir la deportación, la tortura de los niños y de sus padres, en ninguna parte del mundo? ¿Esta acción servirá para desalentar a otros dictadores?.
¿Qué hay de los niños? Los vemos por televisión, leemos acerca de ellos en los periódicos y se nos parte el corazón. Inevitablemente, su destino siempre es el más trágico. Cuando los adultos libran una guerra, los niños perecen. Vemos sus rostros, sus ojos. ¿Escuchamos sus súplicas? ¿Sentimos su dolor, su agonía? Por cada minuto que pasa muere un niño debido a la enfermedad, la violencia o el hambre.
Algunos de ellos, muchos, podrían, salvarse.
Una vez más, pienso en el chico judío dé los Cárpatos. Ha acompañado al hombre anciano en el que me he convertido a lo largo de estos años de lucha y búsqueda. Juntos caminamos hacia el nuevo milenio, impulsados por un profundo temor y una extraordinaria esperanza.
ENLACES:
Discurso en inglés: http://www.historyplace.com/speeches/wiesel.htm
En wikipedia: http://es.wikipedia.org/wiki/Elie_Wiesel
http://en.wikipedia.org/wiki/Elie_Wiesel
Fundación: http://www.eliewieselfoundation.org/
http://www.miheroe.org/hero.asp?hero=Elie_Wiesel
http://www.epdlp.com/escritor.php?id=2591