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UN LUGAR PARA APRENDER FILOSOFÍA

Dejarse de filosofías

AURELIO ARTETA

EL PAÍS - 27-06-2005
Está muy bien ocuparse de la filosofía en la medida en que sirve para la educación; pero, si cuando uno es ya hombre de edad aún filosofa, el hecho resulta ridículo...". Así le espetaba a Sócrates el sofista Calicles, convencido de que la madurez se demuestra en el abandono de las ensoñaciones para entregarse al negocio, pero también de que la filosofía tenía al menos cabida en el bachillerato ateniense. Cien años más tarde, la recomendación de Epicuro va más a fondo: "Nadie por ser joven dude en filosofar ni por ser viejo de filosofar se hastíe. Pues nadie es joven o viejo para la salud de su alma". La salud del alma, ¿se fijan?: eran otros tiempos. En estos actuales, y en nuestro país, los nuevos sofistas y epicúreos de andar por casa se inclinan a creer que el estudio de la filosofía está de más incluso en el periodo juvenil. No se nos vayan a estropear los chicos de tanto pensar.

Lo digo (y poco me importa ser tachado de juez y parte en este pleito) por el severo recorte con que se amenaza a la Filosofía en la enésima ley educativa que se nos echa encima. Allá el resabiado lector si no alcanza a ver en mi alegato sino una mera -otra más- reivindicación gremial, la defensa de unos puestos de trabajo o de migajas de poder académico. Es otro signo ambiental el que ya nadie examine las razones del prójimo por lo que puedan valer por sí mismas, sino desde la sospecha de qué nos querrá vender ese prójimo con ellas.

El caso es que aquí no se denuncia un hecho imprevisto; al contrario, estamos ante algo que los mejores pensadores de la modernidad ya pronosticaron hace siglo y medio. La universalización de las relaciones mercantiles, el ascenso del igualitarismo democrático, el predominio del espíritu técnico..., todos estos fenómenos principales habían de confluir en idéntico resultado: primacía del saber científico-técnico sobre el humanístico, de la razón instrumental sobre la razón crítica, de la instrucción sobre la educación; en suma, el ingreso en el reino satisfecho de la mediocridad rampante. Es un dictado de la época. No tenemos ya más cultura que la cultura de masas, esa que fija el nivel de sus contenidos según la talla del más torpe y hace de lo espectacular su formato adecuado. Y es triste que un gobierno tenido por "progresista" comulgue con tantos tontos tópicos y consienta en someterse a lo que está mandado sin amago de resistencia. Será que la moda del pensamiento débil ha dejado paso a la del pensamiento más bien flácido.

Así que nunca habíamos mentado tanto a la Filosofía, pues sabido es que no hay departamento de ventas o entrenador de fútbol que carezcan de una; pero se vuelve a plantear reducir su estudio en la enseñanza media. Todos se hacen cruces de la llamada crisis de valores, aunque a nadie parece importarle que la Ética desaparezca de los "diseños curriculares" (y hacer hueco, por fas o por nefas, a la Religión). Cada nueva encuesta sobre actitudes pone de manifiesto la creciente apatía de la gente joven hacia el espacio público y cuanto allí ocurre, su carencia del mínimo bagaje democrático. Bueno, pero la prometedora Educación para la Ciudadanía -tan largo tiempo esperada- podría quedar a cargo de cualesquiera profesores que la requieran para completar su dedicación docente.

Al fin y al cabo, parece pensarse, si cada cual tiene sus propias convicciones, o sea, unos prejuicios que han de ser respetados, por Dios; y si hay que guardarse de emitir juicios de valor, porque se supone que todos ellos valen lo mismo; y si en estos saberes, a diferencia de los matemáticos, no podemos confiar en descubrir verdades sino tan sólo en alcanzar opiniones; y si ya no es preciso esforzarse en fundar esas opiniones, puesto que nadie tiene derecho a pedirnos tal fundamento y además nos basta con ejercer nuestra libertad de expresión; y si nada hay que argumentar, pues no existe intolerancia mayor que el propósito de persuadir con razones al vecino... Si así están las cosas, ¿para qué cursar asignaturas de Filosofía, Ética o Política, quieren decirme? Bastante se hace con dejarlas subsistir en los planes de estudio a modo de ornamento exótico o, para decirlo con el término sagrado, transversal.

Vivimos en democracia y muchos creen que, en democracia como en el comercio, el ciudadano-cliente siempre tiene razón. Al menos, cuando son la mayoría. Pues bien, el grueso de esos clientes repite hasta la saciedad que vamos a dejarnos de filosofías para dar a entender que en nuestros tratos sobran las monsergas y cualesquiera especulaciones, como no sean las referidas al lucro personal. Y, por si no está claro, añadirá que conviene desechar las abstracciones para ir a lo concreto, como si fuera posible aproximarse a eso que llaman concreto sin pasar por los conceptos; o como si la realidad se dejara captar tan ricamente, sin poner antes a prueba nuestros presupuestos o creencias. Son legión -licenciados universitarios incluidos- esos a los que elevarse un palmo por encima del suelo les da vértigo y para quienes lo abstracto es sinónimo de abstruso.

Y que levante la mano quien, en el clima antintelectualista que nos envuelve, no haya sentenciado cien veces por hora que una cosa es la teoría y otra la práctica. Con lo que suelen expresarse muchas barbaridades juntas o por separado. Verbigracia, que la conducta poco tiene que ver con el pensamiento, cuando es éste por lo común el que produce, guía o influye en aquélla, o como si las costumbres pudieran ser las mismas en caso de cambiar las ideas que las inducen o justifican. Pero también que, como la realidad -la naturaleza humana, el estado de cosas- no va a permitir la plasmación de ningún ideal, vale más renunciar de antemano a cualquier ilusión para quedarnos con lo que hay. Y en aquel lugar común se viene a decir asimismo que sobra todo deliberar acerca de la legitimidad de los fines, para concentrarse tan sólo en la eficacia o legalidad de sus medios. Resulta entonces que la actividad pública -por ejemplo- se reduce a simple trasiego de intereses, a un juego de astucia y amenazas, pero en todo caso a algo en lo que nada cuenta la discusión acerca de principios y en último término el sentido de la justicia.

De espaldas a semejante miseria, varios demagogos proclamaron ufanos que contábamos con la mejor generación juvenil de la historia de España. Vaya usted a saber, aun cuando el último informe PISA ya probó que tenemos una de las más torpes del presente en el mundo. A ello han contribuido lo suyo nuestras autoridades autonómicas, varias de las cuales ordenan educar en una lengua que la mayoría de los alumnos no emplea fuera de clase y consideran prioritario que los chicos conozcan el nombre del río que pasa por su pueblo. Hasta se oyen voces que claman por la Educación Vial como una enseñanza imprescindible... Pero si no hay garantía alguna de que la escuela acabe enseñando a leer y escribir, debemos agradecérselo en especial al despotismo tan poco ilustrado de los pedagogos. De la inmoderada invasión de esta disciplina en ministerios y consejerías, de sus infladas pretensiones académicas, de su pedante jerigonza tanto más espesa cuanto más vacía..., se ha callado durante demasiado tiempo. Lo seguro es que la obsesión acerca del cómo de la enseñanza está convirtiendo al enseñante en un técnico de la nada y al enseñado en un erial. Aprender ya no tiene que ser costoso, sino divertido; la tradición es cosa de viejos y lo que ahora mismo importa es que todos se enchufen en vena a Internet. No habrá de extrañar que una sola noche de rock duro pueda matar en nuestros mozos, al tiempo que un buen puñado de neuronas, los pocos conocimientos adquiridos durante la semana. ¡Ah!, ¿que eso es también una forma de cultura...? Algún día se pedirán responsabilidades del daño causado por tanta estupidez.

Será el mismo día (lejano, ay) en que a lo mejor se comprende que la filosofía resulta tanto más necesaria precisamente cuanto más inútil parezca. Que, donde ella falta, allí florece con seguridad la superstición en sus varios ropajes; o simplemente la banalidad más roma y tediosa, como resuena en la mayor parte de nuestras conversaciones. Y es que no hay educación digna de tal nombre sin acercarse a las preguntas esenciales formuladas por los humanos acerca del cómo vivir y cómo morir; sin esa visión última y radical a la que -desde una conciencia laica- sólo la filosofía aspira. Desprovista de ella, la educación no pasa de ser un aprendizaje de ciertas destrezas (las llaman, como en inglés, "habilidades"), una adquisición de saberes parciales y sin fundamento suficiente, un entrenamiento en los hábitos que el mercado exige para ganarse la vida. ¿Alguien piensa de veras que así se aprende a ser libre o, en nuestra medida, a eso que llamamos ser feliz?

Pero no es fácil mantenerse en pugna continua con el entorno y la época. Mientras la filosofía nos inculca llegar a ser excelentes, la consigna universal manda hacernos normales. Y sólo a un ser anormal como al pensador contemporáneo Adorno se le ocurre sentenciar que "la normalidad es la enfermedad de nuestro siglo". Cosas de la filosofía, ya ven.
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