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EDUCAR A LA CLASE DIRIGENTE

EDUCAR A LA CLASE DIRIGENTE Autor: David J. Melling Libro "Introducción a Platón" Págs. 130-145
Los ciudadanos del Estado ideal deberán distinguirse por sus capacidades y disposiciones naturales, y se especia¬lizarán en trabajos para los que están por naturaleza bien dotados. Los miembros de la clase de los guardianes necesitan un carácter dotado de especiales atributos si han de actuar eficientemente y han de mantener la estabilidad de la sociedad. Tanto los jefes como los ayudantes deben ser valientes y decididos, y desarrollar un compromiso de entrega total al bienestar de todos sus conciudadanos. Jefes y auxiliares por igual deben ser hombres y mujeres virtuosos. Para Platón, los hombres y las mujeres se hacen virtuosos sólo si tienen una visión correcta sobre qué es lo correcto y qué lo incorrecto, lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto, lo sabio y lo estúpido. Una conducta virtuosa existe sólo cuando se basa en un conocimiento verdadero o en una correcta opinión. La adquisición de unos puntos de vista honestos necesita un sistema educativo eficaz para inculcar y desarrollar esos puntos de vista.
El método educativo propuesto en la República se basa en la concepción que Platón tiene de la psicología humana y en su análisis de la estructura de la personalidad humana. El contenido del sistema educativo se deriva de su concepción teórica de la naturaleza última de la realidad y de la escala cognoscitiva por la que es posible ascender desde el mundo de la ilusión de las imágenes hasta la intuición del bien en sí mismo. El objetivo de la educación que prescriben los guardianes tiene dos caras: el desarrollo físico, moral e intelectual del individuo y la creación de una clase de jefes y auxiliares que posean las cualidades personales, las capacidades físicas y mentales, las actitudes y disposiciones las destrezas y el conocimiento que se requieren para ejecutar las órdenes de los guardianes. La educación de quienes han de gobernar y guardar el Estado es demasiado importante para dejarla, como en la Atenas de Platón, a la iniciativa privada y a una decisión personal; hay que establecer un sistema estatal. Un sistema estatal existía en Esparta y algunos detalles de dicho sistema encuentran eco en el sistema que se hace proponer a Sócrates: el sistema educativo en el Estado ideal mantiene, sin embargo, en su espíritu profundas diferencias con el sistema de Esparta.
Los niños de la clase de los guardianes siguen un curriculum de tres disciplinas, música, gimnasia y matemáticas. El éxito en el desarrollo del carácter del niño depende de que se mantenga el equilibrio entre estas tres disciplinas del currículo.

a) Mousiké: artes liberales

Platón pensaba que las artes literarias, visuales y musicales tienen un poder inmenso para configurar y formar el carácter. Tienen, en consecuencia, un importante papel que desempeñar en la educación. Los relatos, canciones, poemas, representaciones teatrales, la música instrumental, y las obras de arte visuales no son meros objetos de interés estético; están llenas de significación, expresan ideas, valores y emociones. Exponer a un niño a una colección de obras de arte literarias, musicales y visuales elegida al azar es una locura pedagógica; equivale a exponer la mente del niño a la influencia formativa de una serie desordenada de ideas, valores y emociones que resultan tanto más poderosos si tenemos en cuenta el atractivo y el encanto de las obras de arte. Un sistema educativo correcto implica seleccionar muy cuidadosa¬mente las obras de arte que habrán de exponerse a los niños.
Los relatos son de gran importancia para los niños. En época de Platón, los niños de Atenas habían de vérselas con un denso programa de mitos y leyendas, sobre todo de relatos basados en los poemas de Homero y de Hesíodo. El sistema educativo que se propone para los guardianes implica el rechazo de la práctica totalidad del corpus homérico y hesiódico: las mentiras sobre la divinidad no son aconsejables como material educativo.
Platón insiste en que los relatos sobre dioses y héroes deben ser verídicos: la divinidad es perfecta, inmutable, profundamente verídica. Los relatos sobre la inmoralidad de los dioses, sobre dioses que adoptan cambios de actitud y que son ladrones, mentirosos y adúlteros no tienen cabida en la educación. Al argumentar así, Platón está siguiendo los pasos de Jenófanes y Heráclito; ambos fueron sumamente críticos con los estúpidos relatos que se contaban sobre los dioses. Algunos intérpretes de mitos han intentado defenderse de estas críticas recurriendo a interpretarlos mediante elaboradas alegorías que les proporcionaban un significado aceptable. Platón rechaza aceptar que la existencia de tales interpretaciones justifique el empleo de los mitos y leyendas que él condena. El propio relato tiene el poder de influir sobre el niño, independientemente de la interpretación que se le dé.
Los relatos que se utilizan en la educación de los niños deben tener un apropiado contenido moral. No deben socavar el desarrollo moral del niño con representacio¬nes de dioses y héroes que dan rienda suelta a una conducta inmoral; no deben enseñar que el obrar mal sea una fuente de felicidad, ni que una conducta virtuosa conduzca a la desgracia. Deben alentar una conducta virtuosa. Los relatos en los que se estimula el fraude, la cobardía, la intemperancia o la injusticia deben ser eliminados junto con aquellos relatos que estimulan una excesiva frivolidad.
En el caso de las representaciones dramáticas se precisa la mayor cautela; malo es que al representar un papel se le pida a uno ser, por así decirlo, dos personas a la vez; pero si además el papel implica representar acciones moralmente indignas, con ello se pone en peligro la salud moral del actor. Es permisible representar el papel de un personaje moralmente superior y dramatizar sus buenas acciones; en caso contrario las representaciones no tienen valor educativo, y la narra¬ción deberá sustituir a la representación dramática en todos los demás casos.
La poesía, la canción y la música tienen también importancia en el desarrollo del carácter. La endecha y la elegía, sin embargo, carecen de valor educativo, ni tampoco lo tiene ninguna forma de música que conduz¬ca a la autocomplacencia, laxitud, holgazanería, o al ebrio abandono del autocontrol. Estamos educando a guerreros y gobernantes, no a gente sensual y voluptuosa. Debemos preferir los tonos más recatados y sobrios de la lira a las más salvajes emociones de la flauta. El vigor marcial del modo musical dorio y la austera belleza del frigio nos proporcionarán el conjun¬to total de melodías que necesitamos; son indeseables para el sistema educativo estos cuatro modos: las cualidades melancólicas del mixolidio e hiperlidio y la febril sensualidad del jonio y del lidio.
Durante su desarrollo el niño deberá estar rodeado de objetos que encarnen y expresen el orden, la armonía y la belleza. De esta manera, los propios sentidos se transforman en un medio de educación moral e intelectual. El joven aprendiz de guardián adquiere así un gusto por el orden, la armonía y la proporción. Una apreciación de la belleza suficientemente desarrollada es en sí misma moralmente bastante educativa. La bondad y la belleza son, en última instancia, una misma cosa.
Una educación basada en la verdad, el orden y la armonía no sólo contribuye al desarrollo de una conducta virtuosa, una apreciación estética y un pensamiento racional: también proporciona al futuro guardián la capacidad de discernir aquellas cualidades de la belleza física, moral e intelectual que hacen que otra persona le considere como un amigo valioso. La amistad es tanto una parte de la educación como uno de sus objetivos: «el amor superior es el amor por el orden y la belleza de una manera autocontrolada y civilizada» (403 a). La belleza de carácter nos atrae, incluso si va unida a defectos físicos. El amor que se basa en el discernimiento de las buenas cualidades de otras personas puede expresarse por sí, mismo mediante el afecto físico, pero no se le debe consentir que degenere en libertinaje sexual. El desenfreno sexual conduce a los excesos del sensualismo a un hedonismo desenfrenado absolutamente impropio de la formación del carácter de los jóvenes guerreros y gobernantes. La base de la auténtica amistad no es otra que aquel amor de la belleza que es el contenido y fin de una educación liberal.

b) Gymnastiké: entrenamiento físico

El carácter equilibrado que precisa un miembro de la clase de los guardianes no puede lograrse solamente con una educación literaria, musical y artística; también se necesita una educación física que actúe como contrapeso y equilibrio. Los jóvenes guardianes deben entrenarse para alcanzar un alto nivel de destreza atlética, y de modo específico deberán someterse a un entrenamiento que los prepare para la guerra.
El entrenamiento físico que se administre a los jóvenes guardianes deberá ser simple y directo, destinado a proporcionar un buen estado de salud física. No es necesaria una dieta refinada, ni suculentos alimentos, ni elegantes reposterías. Los jóvenes deben estar preparados para las privaciones que soportarán en el campo, y no habituarse al desenfreno y al escuchimizamiento.
Se hace a Sócrates defender que la función del doctor y del jurista debe ser promover y mantener la salud donde ya existe, no la de intentar crearla donde no hay.
La práctica médica y el sistema de justicia que debes establecer como leyes en los Estados procurarán tratamiento a quienes estén bien formados en cuerpo y alma; en cuanto al resto, a aquellos que tienen cuerpos que no están sanos se les dejará morir, y a aquellos cuyas almas no están sanas y sin posibilidad de cura se les condenará a morir (409e¬410).

La medicina y la justicia deberán promover la buena salud y prevenir la enfermedad. Al menos en lo que concierne a la clase de los guardianes ello debería ser posible, ya que el régimen educativo a que se someten se ha diseñado para evitar la enfermedad a la que con tanta facilidad conduce un tipo de vida de lujo. Su educación es catártica: los purga de la influencia que pudiera dejar sobre su carácter la visión de riquezas materiales.
Además de un régimen sencillo y un entrenamiento físico recio como medio de preparar a los jóvenes guardianes para la ejecución de sus cometidos, Sócrates añade un nuevo detalle: incluso mientras son niños deben habituarse a contemplar enfrentamientos militares cuando los hay y aprender mediante observación la realidad de su puesto en la sociedad.

c) Matemáticas

El estudio de las matemáticas proporciona a los guardianes las bases de su educación superior. Las matemáticas proporcionan un excelente entrenamiento al pensamiento racional; explora el modelo de las relaciones numérica y cuantitativamente inteligibles. Son la puerta de acceso para el mundo de las formas y del verdadero conocimiento.
Las ciencias matemáticas que los guardianes estudiarán son la aritmética, las geometrías plana y sólida, la astronomía y la armonía. La inclusión de las dos últimas no debe inducirnos a confusión: Platón se interesa por los aspectos abstractos y matemáticos de la astronomía y de la armonía, no por los de las ciencias experimentales.
Los primeros pasos de la educación matemática deben empezar en la niñez, no como obligación, sino por medio de juegos educativos. Cuando los jóvenes guardianes se dedican de lleno a un exigente programa de entrenamiento físico a los diecisiete o dieciocho años, los estudios matemáticos quedarán a un lado. A los veinte años los jóvenes guardianes pasarán unas pruebas para ver si poseen aptitudes para los niveles superiores de educación.
Los estudios de matemáticas del curriculum proporcionan al estudiante un conocimiento de las realidades eternas, de los modelos inalterables de las relaciones. Los estudios matemáticos que cursan los jóvenes guardianes pretenden conducirles mediante el uso de diagramas visibles a razonamientos puramente abstractos sobre los números, figuras, movimiento y proporción. Las matemáticas ponen en relación el mundo de los sentidos con el mundo de las formas: comenzamos estudiando diagramas y terminamos infiriendo la naturaleza de las relaciones matemáticas que nos proporcionan un conocimiento de las formas matemáticas. Tal conocimiento es válido por sí mismo, y el estudio de las matemáticas es un eficaz mecanismo educativo. Sócrates también subraya que las matemáticas son un estudio de importancia para el personal militar.
El modelo de educación que se hace a Sócrates prescribir para los jóvenes guardianes está diseñado específicamente para asegurarles que no van a sufrir la laxitud moral y la debilidad física endémica de un estado de lujo. Un rígido control de los relatos, de la poesía, de la música y de los aparatos que ejercen influencia sobre los jóvenes guardianes es totalmente esencial, en tanto que el estilo de vida de la tercera clase va a presentar serias tentaciones a cualquier guardián cuyo desarrollo moral se haya contaminado al exponerse a las corruptoras influencias de canciones melancólicas, leyendas estú¬pidas y mitos sobre la inmoralidad divina o la voluptuosa música de las flautas. Durante su niñez y su juventud los guardianes necesitan un programa educativo de los que propone Sócrates con vistas a protegerlos de los peligros inherentes al grado de lujo autorizado en el Estado ideal. El sistema educativo es un sistema estatal: lo han organizado y lo mantienen los gobernantes para servir a las necesidades políticas del Estado; es una parte del sistema de reproducción de clases de los guardianes. Cualquier interferencia con el sistema educativo sería de consecuencias desastrosas para la estabilidad constitucional del Estado.
La descripción de la educación general de la clase de los guardianes desarrolla la metáfora terapéutica descrita en el Gorgias. Platón se debate entre la visión del Estado ideal como una comunidad terapéutica que posee en su sistema legal y educativo los medios para inculcar la salud física y moral y el hecho que todos los estados existentes se veían envueltos por una deprimente diversidad de enfermedades morales y políticas. Tal y como existe, el Estado es una calamidad, pero debería y podría ser un campo de entrenamiento para la virtud; sus leyes, un sistema de educación moral, y su constitución, la expresión de la justicia en términos de orden social.
En los libros VIII y IX de la República, Platón presenta los modelos de degeneración que conducen a las formas degradadas de la constitución política: la timarquía, la oligocracia, la democracia y la tiranía. Resulta significativo que la descripción que nos proporciona de los orígenes de la timarquía, el primero y más benigno grado de degeneración política, se basa en un defecto de educación de la clase dirigente. Si la educación de los gobernantes concede excesiva importancia al entrenamiento físico e inculca en ellos una actitud demasiado belicista, entonces la clase dirigente se dividirá entre sí y el poder político irá a caer a manos de los grupos agresivos, amantes del honor. A medida que envejezcan, los gobernantes de un estado timocrático desarrollarán un gusto cada vez mayor por la riqueza y el lujo. Cuando las riquezas se convierten en el objeto del interés político, la timocracia viene a ser sustituida por una oligarquía de plutócratas. En la oligarquía ya se han esfumado los últimos vestigios del Estado real: la oligarquía no es un Estado sino dos: una ciudad de los ricos dominando a la ciudad de los pobres. Cuando una codicia desmesurada desestabiliza el estado oligárquico, surge la guerra entre las clases del Estado; cuando el pobre desbanca al rico, aparece la democracia. En una democracia cada ciudadano es su propio gobernante; el estado democrático no posee una política consistente, ni un sistema eficaz de leyes. Cuando surge un hombre capaz de persuadir a la masa del pueblo para que le elijan a él como líder contra las clases más adineradas que continuamente buscan el restablecimiento de la oligarquía y la clase de zánganos que emplean todo su tiempo jugando a la política, aparece la tiranía, que es la peor de todas las formas de gobierno que ahora afectan al Estado.
La descripción que hace Platón de la degeneración del Estado se basa en el daño psicológico que le infligen los defectos del sistema educativo. El sistema educativo es una parte esencial de la estructura constitucional del Estado ideal. Resulta esencial por razones psicológicas: una vez que se ha autorizado la presencia del lujo en el Estado, se hace esencial que un cuidadosísimo programa educativo asegure que la clase de los guardianes adquiera una estabilidad psicológica, una firmeza y un equilibrio de carácter y la correcta proporción entre los elementos de la personalidad.
El filósofo gobernante es un hombre o una mujer cuya personalidad se halla bajo el gobierno del intelecto (nous): el tirano, en cambio, se halla dominado no sólo por el apetito (epithymía), sino por el más abyecto y más ingobernable aspecto del apetito, el eros.
Los primeros niveles de educación pueden ser suficientes por sí mismos para proporcionar al Estado los guerreros en los que confiar, pero no serán adecuados para la educación de los gobernantes. El primer nivel educativo proporcionará una educación liberal básica, un sano entrenamiento físico y una educación matemática básica, y desarrollará el carácter de los jóvenes guardianes de manera que puedan desempeñar sus funciones. Los gobernantes necesitan ir más allá de la opinión acertada suficiente para practicar la virtud, hasta llegar al genuino conocimiento de la naturaleza de los valores: en el caso de los más altos gobernantes, al conocimiento del bien mismo, si es que se pretende mantener el orden social y la vigencia de unas leyes correctas. La educación básica matemática debe ampliarse y desarrollarse a fin de hacer capaces a los gobernantes de comprender algo de los últimos modelos de la realidad.
Quienes a los veinte años dan muestras de aptitud para continuar, emprenden estudios superiores. Tienen que estudiar la interconexión de las materias que estudiaron cuando eran niños. Han adquirido una visión amplia a partir de las informaciones de sus estudios literarios, culturales y matemáticos; el conjunto de elementos de información que poseen debe ahora ser sintetizado y puesto en orden, de suerte que puedan alcanzar una visión de conjunto del corpus de información con que cuentan. Sus estudios se extenderán más allá de las interrelaciones meramente horizontales de los diversos cuerpos de información que han adquirido para explorar la relación existente entre lo que ellos han aprendido y la realidad. El éxito o el fracaso de los estudiantes en estos estudios supondrán la comprobación de sus capacidades para el estudio de la dialéctica.
Platón no ofrece ninguna información de exactamente qué es lo que se incluye en este grado inicial de estudios superiores: será suficiente con ocupar a los jóvenes futuros gobernantes en un sólido curriculum de diez años. Tal vez tengamos que ver a los estudiantes aprendiendo con unos tutores que han progresado enormemente en el estudio de la dialéctica, que puedan explicarles sobre la estructura del mundo inteligible todo cuanto pueda ser asimilado por unos alumnos que aún no han adquirido las destrezas del razonamiento dialéctico que habrán de elevarlos al conocimiento de la idea del bien. Tal vez también desarrollen sus estudios de ciencias matemáticas hasta alcanzar un nivel cada vez superior. Presumiblemente, los niveles más elevados en ciencias matemáticas conducen a la contemplación de teoremas de carácter extremadamente general que capacitan a los estudiantes para abarcar amplios campos de conocimiento matemático. Sin duda, en este estadio inicial de educación superior los estudiantes serán «inducidos» a practicar formas de razonamiento totalmente desconocidas en los niveles inferiores de estudio.
Hemos de suponer que los estudiantes de provecho se ocuparán de asuntos prácticos al mismo tiempo que del estudio. A los treinta años tendrá lugar un posterior proceso de selección: quienes hayan sido más asiduos en el cumplimiento de sus obligaciones y se hayan dedicado con mayor afán a cursar sus estudios, quienes hayan llevado a cabo las mejores demostraciones en los enfrentamientos, serán elegidos para estudiar dialéctica.
Qué entiende Platón en la República por dialéctica es algo difícil de precisar. En los diálogos de primera época está claro que la dialéctica es idéntica formalmente a la erística. El empleo de preguntas continuas de modo sistemático para reducir al ponente de una tesis a caer en sus propias contradicciones se llama erística; los tediosos acróbatas de la palabra Eutidemo y Dionisiodoro proporcionan en el Eutidemo una penosa exhibición de erística en su especie más necia y vacua. El empleo de preguntas continuas de modo sistemático para someter una aseveración a una prueba de consistencia se llama dialéctica. El Sócrates de los diálogos de primera época muestra cuánta efectividad puede proporcionar este test de preguntas dialécticas, y qué amplitud de puntos de vista pueden generar estas preguntas dialécticas. Formalmente no se pueden distinguir los modelos de preguntas usados por Eutidemo y Dionisiodoro y por Sócrates.
El Menón, a ojos de Platón, ha demostrado que el método de preguntas sistemáticas puede conducir desde la más salvaje ignorancia a la correcta opinión, y finalmente al conocimiento. Sea cual sea la naturaleza de la dialéctica que estudian los gobernantes, no puede identificarse totalmente con la dialéctica de los diálogos de primera época ni con el método de preguntas del Menón. En la República, la dialéctica conduce al conocimiento de las formas, y en última instancia al conocimiento de la forma del bien, y de ahí a las conclusiones que pueden extraerse a la luz del conocimiento del bien que los gobernantes han adquirido. La dialéctica en los diálogos de primera época y el método de preguntas sistemáticas del Menón no desempeñan esa función.
No es probable, sin embargo, que la dialéctica que estudian los gobernantes carezca por completo de relación con la dialéctica de los diálogos de primera época. El comentario que Sócrates hace sobre los efectos no deseables que el estudio de la dialéctica puede ejercer sobre los jóvenes carece de objetivo si la dialéctica a la que se refiere no resulta familiar para los lectores de Platón.
El método de la dialéctica -viene a decir Sócrates ¬es cambiar las hipótesis o postulados. Emplea únicamente la razón, sin ayuda de los sentidos, y es la vía para alcanzar el conocimiento del bien mismo. Y como el bien mismo es el principio de la inteligibilidad en virtud de la cual se hacen cognoscibles las formas, el practicante del método dialéctico que alcanza éxito y logra el conocimiento del bien llega a ser tan sólo capaz de alcanzar una visión sinóptica del conjunto del reino de lo inteligible.
La dialéctica comienza donde acaban las matemáticas: comienza con unas tesis teóricas derivadas como conclu¬siones de un proceso de una deducción hipotética; las somete, pues, a preguntas de carácter sistemático en busca de los principios que las subrayan y que son su fundamento. Repetirá sistemáticamente estas preguntas de carácter intelectual, tratando los principios así descubiertos como hipótesis, y buscará el mayor número de principios básicos en los que a su vez aquellos se fundamentan. Continuará así hasta que el practicante del método dialéctico descubra los primeros principios que son la base de toda verdad, la idea del bien. Una vez que haya alcanzado intuir la naturaleza del bien mismo él o ella podrán inferir la naturaleza exacta de las demás formas y la estructura de las relaciones entre las formas.
La dialéctica culmina con la comprensión. Intuir la naturaleza del bien es la suprema experiencia cognosciti¬va a que puede aspirar el ser humano, y ello no reduce al practicante del método dialéctico a una ciencia ilumina¬da; antes bien, le da a él o a ella una comprensión teórica que puede ser expresada mediante palabras y compro¬bada:
Si una persona es incapaz de definir la idea del bien de tal manera que gracias al relato que proporciona lo distinga de todos los demás, y luego se abra camino entre todas las «refutaciones» --como si fuera en medio de un campo de batalla, refutándolas con decisión, basándose no en la opinión sino en la realidad, apoyando firmemente su relato a medida que avanza-, seguramente no podrías afirmar que tal persona conozca el bien tal y como realmente es (¡ni ningún otro bien, si a eso vamos!) (534 b-d).
Quien practica la dialéctica y ha alcanzado el conocimiento del bien debe ser capaz de mostrar qué es el bien, y de defender su exposición frente a todo intento de refutación. Probablemente esto es lo que nos da una descripción de la vitalidad intelectual de la clase dominante que concibe Platón: el resultado de quien aspira a dominar la dialéctica deberá ser contrastado con las preguntas de carácter sistemático con las que estamos familiarizados desde los diálogos de primera época. No sólo tienen que conocer el bien los filósofos-gobernantes, sino que tienen también que ser capaces de demos¬trar sus conocimientos ante sus iguales.
Una vez que el que practica la dialéctica ha alcanzado a comprender la naturaleza del bien, él o ella pueden estudiar la naturaleza de la formación global de las ideas que dependen del bien para su existencia y su inteligibilidad. Esta clase de estudio será una ciencia a priori de la naturaleza última de la realidad, una pura metafisica deductiva.
El poema de Parménides, El sendero de la verdad, pudo haber proporcionado perfectamente a Platón el modelo de la futura dialéctica. A partir del sencillo principio esti («es/existe»), Parménides deduce su descripción del ser: razona dialécticamente hasta concluir que la realidad es una esfera del ser simple, eterna e incambiable. Platón miraba a Parménides con una reverencia especial y conocía muy bien su poema; lo cita en varias ocasiones. Platón no acepta todas las conclusiones de Parménides, pero sí cree que Parménides ha hecho una gran contribu¬ción a la filosofa. Su método dialéctico de razonar parece lo suficientemente similar al proceso de razonar descrito por Platón para que se le pueda considerar cuando menos como su prototipo.
Quien practica la dialéctica, pues, es capaz de explorar la estructura última de la realidad, y de comprender los principios básicos de todos los campos del conocimiento. Ha adquirido un conocimiento a partir del cual puede, en principio, derivarse la solución para los problemas de la sociedad.
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