POWERPOINTS: HISTORIA DE LA FILOSOFÍA
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ENTREVISTAS DE FILOSOFÍA:
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ENTREVISTAS DE FILOSOFÍA:
1. Intente ilustrar a través del film el concepto de pauperismo y señale el contexto de su aparición.
Pauperismo.—Se emplea esta palabra para designar la extensión de la miseria a grandes masas de individuos, a clases enteras de la sociedad. Pobre es el que tiene poco; indigente el que no posee nada, y el pauperismo es la existencia de colectividades muy numerosas, que carecen de los bienes económicos y aun de la posibilidad de adquirirlos, o se hallan a cada paso expuestas á caer en esa situación.
No es muy habitual que los filósofos reflexionen sobre el ejercicio de la política a partir de cómo son verdaderamente los seres humanos. Maquiavelo así lo hace y de ello extrae una serie de consecuencias prácticas con las que aspira poder aconsejar a los gobernantes.
TEXTO A COMENTAR
Nos queda ahora por ver cuál debe ser el comportamiento y el gobierno de un príncipe con respecto a subditos y amigos. Y porque sé que muchos han escrito de esto, temo —al escribir ahora yo— ser considerado presuntuoso, tanto más cuanto que me aparto — sobre todo en el tratamiento del tema que ahora nos ocupa— de los métodos seguidos por los demás. Pero, siendo mi propósito escribir algo útil para quien lo lea, me ha parecido más conveniente ir directamente a la verdad real de la cosa que a la representación imaginaria de la misma. Muchos se han imaginado repúblicas y principados que nadie ha visto jamás ni se ha sabido que existieran realmente; porque hay tanta distancia de cómo se vive a cómo se debería vivir, que quien deja a un lado lo que se hace por lo que se debería hacer aprende antes su ruina que su preservación: porque un hombre que quiera hacer en todos los puntos profesión de bueno, entre tantos que no lo son, labrará necesariamente su ruina. Por todo ello es necesario a un príncipe, si se quiere mantener. que aprenda a poder no ser bueno y a usar de esta capacidad en función de la necesidad.
No es, por tanto, necesario que un príncipe posea todas las cualidades anteriormente mencionadas; pero es muy necesario que parezca tenerlas. E incluso me atreveré a decir que si las tiene y las observa siempre son perjudiciales, pero si aparenta tenerlas son útiles; por ejemplo: parecer clemente, leal, humano, íntegro, devoto, y serlo, pero tener el ánimo predispuesto de tal manera que si es necesario no serlo, puedas y sepas adoptar la cualidad contraria. Y se ha de tener en cuenta que un príncipe —y especialmente un príncipe nuevo— no puede observar todas aquellas cosas por las cuales los hombres son tenidos por buenos, pues a menudo se ve obligado, para conservar su Estado, a actuar contra la fe, contra la caridad, contra la humanidad, contra la religión. Por eso necesita tener un ánimo dispuesto a moverse según le exigen los vientos y las variaciones de la fortuna y, como ya dije anteriormente, a no alejarse del bien, si puede, pero a saber entrar en el mal si se ve obligado.
Debe, por tanto, un príncipe tener gran cuidado de que no le salga jamás de la boca cosa alguna que no esté llena de las cinco cualidades que acabamos de señalar y ha de parecer, al que lo mira y escucha, todo clemencia, todo fe, todo integridad, todo religión. Y no hay cosa más necesaria de aparentar que se tiene que esta última cualidad, pues los hombres en general juzgan más por los ojos que por las manos ya que a todos es dado ver, pero sentir a pocos: cada uno ve lo que pareces, pero pocos sienten lo que eres y estos pocos no se atreven a enfrentarse a la opinión de muchos, que tienen además la autoridad del Estado para defenderlos. Además en las acciones de todos los hombres y especialmente de los príncipes, donde no hay tribunal al que recurrir, se atiende al fin. Trate, pues, un príncipe de vencer y conservar su Estado, y los medios siempre serán juzgados honrosos y ensalzados por todos, pues el vulgo se deja seducir por las apariencias y por el resultado final de las cosas, y en el mundo no hay más que vulgo. Los pocos no tienen sitio cuando la mayoría tiene donde apoyarse.
El príncipe, XV-XVIII
Actividades –Realizar 3 cuestiones-
1.- ¿Qué es para Maquiavelo un buen gobernante?
2.- ¿Cuál es el tema, la tesis y el problema de este texto?
3.- El diccionario de la Real Academia Española propone la siguiente acepción del adjetivo "maquiavélico": "Que actúa con astucia y doblez". El sustantivo "maquiavelismo" también tiene una sentido parecido: "Modo de proceder con astucia, doblez y perfidia". Según las ideas que has leído en este texto, ¿están justificadas estas acepciones?
4.- Al final del texto (líneas subrayadas), Maquiavelo sostiene que en las acciones de los hombres se atiende al fin, pues si éste se alcanza, todos juzgan honrosos los medios utilizados. ¿Todas las acciones políticas se dirigen a alcanzar un fin que puede ser constatable?
PARÁBOLA DEL BARCO –PLATÓN-
En este texto intentará Sócrates explicar a Adimanto comparando al patrón del barco con el filósofo y a los marineros con la muchedumbre, con el pueblo. Cómo los marineros piensan que la navegación no es un arte que requiera conocimientos ni teóricos ni prácticos, ni conocer las estrellas, los vientos etc., y la muchedumbre tampoco creerá que el gobernar sea un arte. Por eso el adjetivo de “inútiles” a los filósofos es puesto por los políticos actuales que piensan y actúan igual que los marineros del cuento.
TEXTO
En este punto intervino Adimanto.
-Nadie, oh Sócrates -dijo-, podría contradecirte. Pero a los que escuchan en cada ocasión lo que dices les pasan cosas como ésta: estiman que es por mi inexperiencia en interrogar y responder por lo que son desviados un poco por obra del argumento en cada pregunta, y, al acumularse al final de la discusión estos pequeños desvíos, el error llega a ser grande y aparece contradiciendo lo primero que se dijo. Y así como en el juego de fichas los expertos terminan por bloquear a los inexpertos, que no tienen dónde moverse, así también ellos acaban por quedar bloqueados, sin tener que decir, por obra de este otro juego de fichas que no se juega con guijarros sino con palabras, aunque la verdad no gane más de ese modo. Digo esto mirando al caso presente; pues ahora podría decirse que de palabra no se puede contradecirte en cada cosa que preguntas, pero que en los hechos se ve que cuantos se abocan a la filosofía, no adhiriéndose simplemente a ella con miras a estar educados completamente y abandonándola siendo aún jóvenes, sino prosiguiendo en su ejercicio largo tiempo, en su mayoría se convierten en individuos extraños, por no decir depravados, y los que parecen más tolerables, no obstante, por obra de esa ocupación que tú elogias, se vuelven inútiles para los listados.
Y una vez que lo escuché, dije:
-¿Y piensas que los que hablan así mienten ?
-No sé, pero con gusto oiría tu opinión.
-Oirías, pues, que me parece que dicen la verdad.
-¿Cómo, entonces, ha de estar bien dicho que no cesarán los males para los listados antes de que en ellos gobiernen los filósofos, cuando venimos a reconocer que les son inútiles?
-Para contestar la pregunta que haces necesito de una comparación.
-¿Y claro, tú no acostumbras, creo, a hablar con imágenes?
-Bueno, te burlas tras haberme arrojado en un asunto difícil de demostrar. Escucha ahora la imagen, para que puedas ver cuánto me cuesta hacer una comparación. Tan cruel es el trato que los Estados infligen a los hombres más razonables, que no hay ningún otro individuo que padezca algo semejante. Por eso, para poder compararlos y defenderlos, deben reunirse muchas cosas, a la manera en que los pintores ^mezclan para retratar ciervos-cabríos y otros de esa índole. Imagínale que respecto de muchas naves o bien de una sola sucede esto: hay un patrón, más alto y más fuerte que todos los que están en ella, pero algo sordo, del misino modo corto de vista y otro tanto de conocimientos náuticos, mientras los marineros están en disputa sobre el gobierno de la nave, cada uno pensando que debe pilotar él, aunque jamás haya aprendido el arte del timonel y no pueda mostrar cual fue su maestro ni el tiempo en que lo aprendió; declarando, además, que no es un arte que pueda enseñarse, e incluso están dispuestos a descuartizar al que diga que se puede enseñar; se amontonan siempre en derredor del patrón de la nave, rogándole y haciendo todo lo posible para que les ceda el timón. Y en ocasiones, si no lo persuaden ellos y otros sí, matan a éstos y los arrojan por la horda, en cuanto al noble patrón, lo encadenan por medio de la mandrágora, de la embriaguez o cualquier otra cosa y se ponen a gobernar la nave, echando mano a todo lo que hay en ella y, tras beber y celebrar, navegan del modo que es probable hagan semejantes individuos; y además de eso alaban y denominan «navegador», «piloto» y «entendido en náutica» al que sea hábil para ayudarlos a gobernar la nave, persuadiendo u obligando al patrón en tanto que al que no sea hábil para eso lo censuran como inútil. No perciben que el verdadero piloto necesariamente presta atención al momento del año, a las estaciones, al cielo, a los astros, a los vientos y a cuantas cosas conciernen a su arte, si es que realmente ha de ser soberano de su nave; y, respecto de cómo pilotar con el consentimiento de otros o sin él, piensan que no es posible adquirir el arte del timonel ni en cuanto a conocimientos técnicos ni en cuanto a la práctica. Si suceden tales cosas en la nave, ¿no estimas que el verdadero piloto será llamado «observador de las cosas que están en lo alto», «charlatán» e «inútil» por los tripulantes de una nave en tal estado.
- Ciertamente -respondió Adimanto.
- Y no pienso que debas escrutar mucho la comparación para ver que tal parece ser la disposición de los Estados hacia los verdaderos filósofos, ya que entiendes lo que digo.
- Así es
- Por lo tanto, has de enseñar la imagen a aquel que se asombraba de que los filósofos no sean honrados en los Estados, e intenta convencerlo de que mucho más asombroso sería que los honrasen.
- Se la enseñaré.
- Y también convéncelo de que dice la verdad al afirmar que los filósofos más razonables son inútiles a la muchedumbre, pero exhórtalo a que eche la culpa de eso no a los hombres razonables sino a quienes no recurren a ellos. Porque no es acorde a la naturaleza que el piloto ruegue a los marineros que se dejen gobernar por él, ni los sabios acudan a las puertas de los ricos. Miente aquel que idee tal ingeniosidad. Lo que verdaderamente corresponde por naturaleza al enfermo -sea rico o pobre- es que vaya a las puertas de los médicos, y a lodo el que tiene necesidad de ser gobernado ir a las puertas del que es capaz de gobernar: no que el que gobierna a los gobernados para poder gobernar, si su gobierno es verdaderamente provechoso. Pero si comparas a los políticos que actualmente gobiernan con los de que acabamos de hablar, y a los que aquéllos decían «inútiles» y charlatanes de las cosas que están en lo alto» con los verdaderos pilotos, no te equivocarás.
- Correcto.