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ARTÍCULO: PERMITIDME TUTEAROS, IMBÉCILES

Autor: Arturo Pérez-Reverte

Fecha 23-12-2007 en el Semanal

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ARTÍCULO "EL PAIS"

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ARTÍCULO DE "EL PAIS"

¿QUÉ ES PENSAR?

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UN MUNDO DESIGUAL

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ARTÍCULO EL PAIS

PENSANDO EN EL INFORME PISA

La idea más hermosa

Guardado en: Artículos 2008, Artículos en La Opinión — 12 Enero 2008 @ 6:00

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La Editorial Lumen ha puesto en circulación una historia que me ha llamado la atención por su contenido didáctico. Quiero compartirla con el lector porque aviva la reflexión sobre la relación educativa que con los hijos y alumnos tenemos los padres y los profesores.
Cierto día una maestra pidió a sus alumnos que pusieran los nombres de sus compañeros de clase en una hoja de papel, dejando un espacio entre nombre y nombre. Después les pidió que pensaran en la cosa más hermosa que pudieran decir de cada uno de sus compañeros y que lo escribieran debajo de su nombre. A medida que los alumnos dejaban el aula, entregaban a la maestra la hoja de papel.
Durante el fin de semana la maestra escribió el nombre de cada uno de sus alumnos en hojas separadas de papel y copió en ellas todas las cosas hermosas que cada uno de los compañeros había escrito acerca de él.
El lunes entregó a cada alumno su lista. Casi inmediatamente todos los alumnos de la clase estaban sonriendo.”¿Es verdad?” escuchó ella a alguien como en un susurro. “Yo no supe nunca que podía significar algo para alguien “, “yo no sabía que mis compañeros me querían tanto”, eran los comentarios más frecuentes.

Nadie volvió a mencionar aquellos papeles en clase La maestra nunca supo si ellos comentaron su contenido con algunos compañeros o con sus padres, pero eso no era lo importante. El ejercicio había cumplido su propósito. Aquel grupo de alumnos siguió adelante y progresó en sus estudios. Varios años más tarde, uno de los estudiantes fue muerto en la guerra de Vietnam y la maestra asistió a su funeral. No había visto nunca antes a un soldado en su ataúd militar. La iglesia estaba llena de familiares y amigos. Uno a uno de aquellos que tanto lo apreciaban caminaron silenciosamente para darle el último adiós. La maestra fue la última en acercarse al ataúd.
Mientras estaba allí, uno de los soldados que actuaba como guardia de honor se acercó a ella y le preguntó.
- ¿Era usted la profesora de matemáticas de Marcos?
Ella balbuceó que sí.
Entonces él dijo:
- Marcos hablaba mucho de usted.
Después del funeral la mayoría de los compañeros de Marcos fueron a una merienda. Allí estaban también los padres de Marcos, obviamente deseando hablar con su profesora.
- Queríamos mostrarle algo, dijo el padre sacando de su bolsillo una billetera. Lo encontraron en la ropa de Marcos cuando lo mataron. Pensamos que tal vez usted lo reconocería.
Abriendo la billetera, sacó cuidadosamente unos pedazos de papel gastados que él había pegado con cinta y que se veía que habían sido abiertos y cerrados muchas veces. La maestra se dio cuenta aún sin mirar mucho que era la hoja en la que ella había registrado todas las cosas hermosas que los compañeros de Marcos habían escrito acerca de él.
- Gracias por haber hecho lo que hizo, dijo la madre de Marcos. Como usted ve, Marcos lo guardaba como un tesoro.
Aleccionadora historia. Prodigamos quejas, reproches, descalificaciones, correcciones, consejos, advertencias… Pero somos más parcos cuando se trata de hacer comentarios positivos.
Parece que nos cuesta reconocer aciertos y cualidades, manifestar la admiración y el afecto. Existe una cierta racanería a la hora de decirle a los otros qué es lo que nos gusta o emociona de ellos. Somos más dados a descalificar que a felicitar.
En un ejercicio de dinámica de grupos que se suele denominar “en el centro de la plaza”, realizado con un grupo de adolescentes, una chica ocupó el lugar central. Los demás compañeros tenían que acercarse y decirle al oído alguna cosa positiva de su personalidad, de su físico, de su indumentaria, de su forma de relacionarse… Podía ser grande o pequeña pero, en cualquier caso, debía se sincera.
La chica, después de oír algunas manifestaciones, se echó a llorar y abandonó la sala. Cuando la animadora del grupo le preguntó qué había pasado ella dijo:
- Nadie me había dicho nada agradable en mi vida.
Terrible manifestación, que desvela algunas carencias del sistema educativo. La relación personal se desvanece bajo el listado de objetivos del aprendizaje (hoy se habla de competencias, me da igual). ¿Cómo se puede alcanzar una buena identidad desde la desafección más absoluta? Tremenda experiencia la de esta chica. Nunca había oído nada hermoso, nada positivo de boca de sus familiares, profesores, amigos y compañeros. ¿Cómo es posible crecer en esas condiciones? ¿Cómo se puede ser feliz? ¿Cómo es posible ser buena persona? Decía Anne Freud.”Qué buenos se vuelven los niños cuando se les quiere”.
La escuela ha sido siempre el reino de lo cognitivo, no de lo afectivo. Como dice Filliozat en su libro “El corazón tiene sus razones”: “En el colegio se aprende historia, geografía, matemáticas, lengua, dibujo, gimnasia… Pero, ¿qué se aprende con respecto a la afectividad? Nada. Absolutamente nada sobre cómo intervenir cuando se desencadena un conflicto. Absolutamente nada sobre el duelo, el control del miedo o la expresión de la cólera”.
Alguien me dirá que lo importante es obtener buenos resultados en el Informe PISA, que lo demás son tonterías. No lo son. ¿Puede ser una tontería aquello que nos hace ser felices o desgraciados? El día que el Informe PISA se preocupe por valorar las actitudes y los valores, otro gallo nos cantará. Y además, para obtener buenos resultados en ese dichoso Informe o en cualquier otro, es necesario cultivar una disposición emocional favorable al aprendizaje. El verbo aprender, como el verbo amar, no se pueden conjugar en imperativo.

ARTÍCULO: CERO EN CONDUCTA

Cero en conducta

Fernando Savater

Viernes 29 de diciembre de 2002

En un colegio de Vitoria, unos cuantos alumnos de entre 13 y 15 años acaban de cometer una simpática travesura. Filmaron en vídeo a uno de sus compañeros fornicando con otra colegiala y después exhibieron alegremente la cinta ante el resto de la clase. El protagonista del film porno era cómplice, la chica en cambio no sabía nada de nada. Según algunos, parece que vendieron copias de la emocionante película a un precio bastante razonable, aunque este interesante extremo comercial no ha quedado suficientemente probado. Lo único claro es que se divirtieron mucho y que fue su algazara y la del resto de los espectadores la que terminó denunciándoles...

Soy de los que no se asustan por el sexo entre adolescentes (ni entre adultos, ni entre ancianos...) y, con las debidas precauciones higiénicas para evitar contagios o embarazos, estoy dispuesto a reconocer su ocasional delicia poética: después de todo, Romeo tenía 15 años y Julieta no más de 14. Una buena edad para confundir el canto de la alondra con el del ruiseñor en las horas tiernas del alba... Lo primero que se me viene a la cabeza cuando oigo la expresión «corrupción de menores» es un cura amenazando a los niños con el infierno si se tocan por la noche la cosita. O un negrero haciendo trabajar diez horas diarias a críos en edad escolar, pagándoles luego menos de un dólar diario. O un psicópata farsante convenciendo a unos adolescentes de que deben poner bombas a sus convecinos porque son «invasores» llegados del extranjero para arrebatarles sus derechos nacionales. Gozar o hacer gozar no me parece corruptor: intimidar o explotar, desde luego que sí.

Pero es evidente que algo muy serio falla en la educación de esos chavales alaveses. Y ese algo no tiene nada que ver con el sexo, sino con el respeto a la dignidad y la intimidad de los demás.

No se portan simplemente como mayores antes de tiempo, sino como los más impresentables y aprovechados de los adultos que les rodean: precisamente esos, ay, a los que ven todos los días en las pantallas de la televisión y los reportajes de las revistas. Los que retozan balbuceando groserías en ese puticlub en que se ha convertido Gran Hermano, por ejemplo, los que venden o roban las fotos supuestamente clandestinas de famosos infames cuyo renombre viene precisamente de la frecuencia con que aparecen sus fotografías «comprometidas» en las páginas y programas de cotilleo. Así han aprendido esos novatos que la celebridad es cuestión de rentabilizar la desvergüenza y que uno puede hacerse rico traicionando confidencias o manipulando comercialmente los momentos de mayor abandono en la compañía placentera de otros. De modo que practican lo que parece que todo el mundo busca, lo que todo el mundo ríe, lo que todo el mundo premia... aunque sea con un poquitín de asco.

¿Qué puede hacer la escuela o qué pueden hacer los padres ante este permanente bombardeo no ya de obscenidad sino de menosprecio de la dignidad ajena y subasta de la propia? Desde luego no creo que la solución consista en reinventar otra vez el puritanismo ni en agitar las llamas del Averno ante los hijos de Internet. Es preciso algo más difícil: hacer regresar con palabras y con ejemplos la ternura desterrada, recuperar la pasión como oficio de la libertad, no del abuso o del comercio. En efecto, en el amor sexual y en la aventura erótica hay mucho de curiosidad por nuestros semejantes: tenemos cuerpos de exploradores y cuando los sentidos se aguzan hacen retroceder las fronteras y se vislumbran nuevos continentes. Pero el verdadero asombro no consiste en buscar otras formas de someter a nuestros cómplices carnales sino en el júbilo placentero de entregarse a lo que nos ofrecen de inesperado, aunque sea mil veces repetido y ya lo cantasen los poetas de antaño. Lo que revela la caricia es que cada cual es un misterio de angustia pero también gozoso, que solo podemos ir desvelando juntos: mirando por el agujero de la cerradura entre risotadas, en cambio, nunca se aprende nada y terminamos ignorándonos a nosotros mismos. Lo que robamos para la publicidad lo perdemos para nuestro conocimiento.

¿Estamos aún a tiempo de enseñar a los más jóvenes a disfrutar sin remilgos pero con respeto? ¿Podemos prevenirles contra el espectáculo estéril que convierte la violación y el cotilleo en míseros sustitutos del enigma enriquecedor de la intimidad compartida?

Y sobre todo: ¿nos interesa de veras conseguirlo?

 

 

 

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