Blogia
UN LUGAR PARA APRENDER FILOSOFÍA

VISIONADO: EL PROCESO de Kafka

VISIONADO: EL PROCESO de Kafka Dirección Orson Welles
Guión Orson Welles y Pierre Cholot
Producción Alexander Salkind y Michael Salkind
Reparto:
Anthony Perkins (Joseph K) Jeanne Moreau (Señorita Burstner), Romy Schneider (Leni) Arnoldo Foà (Inspector A)

Franz Kafka nació el año 1883 en Praga. Su padre, Hermann Kafka, era un acomodado comerciante de origen judío perteneciente a la pequeña comunidad de ciudadanos de habla alemana, idioma que constituyó también la lengua habitual del hijo. El muchacho, afable y enfermizo, sentía un temor exacerbado frente a su progenitor, de carácter áspero y despótico; la incomprensión y el desprecio de que hacía gala el padre amargarían a Kafka durante toda su vida. Desde pequeño, el joven se habituó a vivir sometido, en un universo en el que el único gobierno y la única ley eran los que imponía el padre, quien, como todo autócrata, jamás esgrimía razones para justificar sus mandatos y castigos, surgidos del poder de una ley incomprensible para el hijo. Ante ese poder, Franz se sentía «absolutamente impotente y carente de valor». Sin embargo, muy pronto constituirían, primero la lectura y luego la escritura, el modo de disipar un tanto las ataduras impuestas en el mundo de la familia y de paliar las humillaciones a las que Franz se veía sometido en el ámbito dominado por el padre; era su protesta silenciosa contra lo que de ningún otro modo podía aspirar a derrumbar. La madre de Kafka, Julie Löwy, tenía un carácter distinto al de su marido, pero su papel en la vida del hijo fue irrelevante frente al del padre, a quien ella amaba y respetaba y al que no osaba contradecir, ni siquiera en defensa de los hijos. Tres hermanas más pequeñas contribuyeron a aislar aún más a Franz en su universo particular. Kafka comenzó a escribir a los quince años, hacia 1897-98. En 1902 conoció a Max Brod, otro joven con aspiraciones literarias que acabaría por convertirse en su amigo más incondicional. Él lo introdujo en círculos intelectuales y le animó a publicar en alguna de las revistas literarias que abundaban en Praga. Por esta época ya había leído a los clásicos alemanes: Goethe y Schiller, así como a Grillparzer, por quien sintió de inmediato una gran afinidad espiritual. Pronto entraría también en el mundo de Kleist, de Flaubert y de Dostoyevski, verdaderos modelos intelectuales para Kafka. Con su descubrimiento, el universo del joven escritor adquirió una esfera de íntima libertad y su capacidad de interpretar la realidad adoptó dimensiones hasta entonces desconocidas para él.
En 1906, Kafka se doctoró en Derecho. Negándose a ejercer la abogacía, terminó por ingresar como consultor en el departamento jurídico de una gran compañía de seguros laborales, donde permaneció hasta su jubilación anticipada, en el año 1922. Aunque ejerció su trabajo con honestidad y eficacia, jamás lo consideró esencial para el desarrollo de su personalidad, ni tampoco para su enriquecimiento interior; Kafka aseguraba, como Flaubert, que su ser no era otra cosa que literatura y que todo lo demás carecía de importancia. Sus primeras publicaciones vieron la luz en la revista Hyperion, en 1908; se trataba de tímidas composiciones de carácter lírico-onírico, que ya presagiaban la sensibilidad especial que caracterizaría su obra posterior, surgida de un extremado ensimismamiento.
Una velada del año 1912, hallándose de visita en casa de Max Brod y llevando consigo las pruebas de imprenta de su primer libro, Contemplación, Franz Kafka conoció a Felice Bauer. La joven berlinesa, judía también y de paso por unas horas en Praga, no le causó al principio una impresión especial. Junto con Brod, la acompañó esa tarde hasta su hotel y, a consecuencia de que ella había mostrado interés por la realización de un posible viaje a Palestina, Kafka acordó escribirle; así lo hizo. A través de la relación exclusivamente epistolar, surgió entre ambos una atracción amorosa, forzada indudablemente por el ansia de cariño de Kafka. Éste otorgó una personalidad irreal a Felice, la cual, ciertamente, era muy distinta de él; se trataba de una persona práctica, jovial, activa y enérgica. Durante el primer año de correspondencia, Kafka se sintió embriagado por la sensación de sentirse ¬o de creerse¬ enamorado; dicha sensación parecía fortalecerlo y alentar su trabajo literario, que nunca hasta entonces fue tan productivo. Felice le proporcionaba, a semejanza de las vidas de los autores que admiraba, otra esfera de escape del mundo dominado por el padre. El período comprendido entre los años 1912 y 1917 destaca por la fértil producción literaria de Kafka. Infinidad de cartas, copiosos cuadernos de diarios, decenas de esbozos, etcétera; la creatividad literaria se hallaba entonces en su apogeo y no declinaría ya nunca. De los dos primeros años del noviazgo datan narraciones tan excelentes como El fogonero, La condena y La metamorfosis.
Kafka pide la mano de Felice en 1913, pero cuando ella aceptó, el idilio comienza a mostrarle al escritor su verdadera faz. A partir del compromiso matrimonial con Felice, se inicia un período de mortal angustia para Kafka; súbitamente, se vio enfrentado con un nuevo poder al que consideraba imposible combatir, dada su extrema debilidad y su falta de confianza, herederas directa de la sumisión al padre. «Ridículamente enjaezado para el mundo», como él mismo escribió, advertía en su futuro matrimonio la amenaza de otras nuevas condenas, de nuevas imposiciones y humillaciones.
En su célebre Carta al padre, de 1919, Kafka escribiría una confesión sorprendente: «Casarse, fundar una familia, aceptar los hijos que vengan, conservarlos en este mundo tan inseguro y hasta guiarles un poco es lo máximo que, según mi convicción puede conseguir un hombre». Sin embargo, Kafka no se sentía capaz de lograr algo que ¬al menos en apariencia¬ parecía ser tan común y tan sencillo. Ante la ley del matrimonio tendría que dejar la literatura y elegir «la vida», mas él no se sentía dotado sino para la primera. En realidad, veía el matrimonio como un patíbulo; los muebles oscuros, sólidos y burgueses que pensaba comprar su novia a fin de instalar un hogar «digno de un doctor en Derecho» le daban la impresión de ser otros tantos ataúdes. Felice irrumpiría de pronto en su esfera íntima de libertad, imponiendo otras leyes: «Ella pondría mi reloj en la hora exacta», escribe Kafka en su diario; mientras que él solía retrasarlo o adelantarlo arbitrariamente, pues su tiempo interior no tenía por qué concordar con el tiempo exterior de sus congéneres. Sus temores convirtieron las cartas a Felice en un lamento, en un auténtico trabajo de zapa contra sí mismo: «Libérate de mí y vive», éste era su mensaje y su grito de auxilio. Tal actitud acabó por provocar una ruptura del compromiso matrimonial. Algunos meses más tarde, una nueva promesa y, finalmente, en 1917, otra ruptura definitiva del compromiso por parte de Kafka, dejaron en él una secuela irreparable: ese mismo año se le diagnosticó una infección pulmonar. La enfermedad recién descubierta fue el hierro candente al que se aferró para liberarse de Felice y del fantasma del matrimonio. La enfermedad, que aún no era demasiado grave, le indujo a alejarse de Praga y a retirarse al campo, a casa de Ottla, una de sus hermanas. En 1920, Kafka se compromete con July Whoryzek, en un nuevo intento de casarse, pero fracasa de nuevo; acaba por deshacer el compromiso. De esta época datan los magníficos relatos En la colonia penitenciaria y Un médico rural, además de su novela inconclusa El castillo.
Los cuatro últimos años de su vida parecen haber sido los más esperanzadores para el equilibrio psicológico de Kafka; la enfermedad ya definitivamente declarada le concedía la seguridad y la tranquilidad de lo irremediable; a cambio, las angustias cesaron, y poco a poco comenzó a liberarse también del hogar paterno y de la ley de su progenitor que le había condenado a permanecer detenido en la vida, a no vivir. Mientras la enfermedad avanzaba y Kafka se trasladaba de un sanatorio a otro, inició una intensa correspondencia con Milena Jesenská, la traductora de algunas de sus obras al checo, que acabó por enamorarse de él; en cartas plenas de lucidez, Kafka reconocía lo imposible y lo tardío de ese amor, que él también se inclinaba a corresponder; por otra parte, Milena era una mujer casada. En 1923, poco antes de morir, conoció a una joven polaca: Dora Diamant. Fue el año más dichoso de su vida; logró, por fin, abandonar Praga; se trasladó a Berlín y comenzó a convivir con la muchacha. Las penalidades derivadas de la inflación que padecía Alemania en aquella época hicieron la vida muy dura para ambos y contribuyeron a socavar más aún la salud de Kafka. En abril de 1924, la enfermedad había cobrado un cariz tan peligroso que obligó a Kafka a regresar a Praga; poco después ingresaría definitivamente en el hospital donde falleció. Fue el 3 de junio de 1924; Kafka contaba cuarenta y un años.
En su testamento, Kafka dio orden expresa a Max Brod de que destruyera todos los manuscritos cuya posesión le legaba: cartas, diarios, cuadernos de notas, relatos, las novelas inacabadas, etcétera. Tan sólo le permitía respetar las obras publicadas, aunque le desaconsejaba reeditarlas. También a Dora Diamant le había pedido días antes que rompiera todo el material literario que se hallara en sus manos. Ésta respetó su deseo, Max Brod no lo hizo. A la desobediencia de este último debemos la actual existencia de gran parte de los escritos de un autor sumamente enigmático, pero también de los más singulares y extraordinarios de todos los tiempos.
¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres
¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres

0 comentarios

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres