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POST: Apolo y Dionisos o nuestras dos realidades

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Fue Nietzsche quien más artísticamente habló sobre la naturaleza de estos dos dioses. Lo hizo cuando sólo contaba 27 años y se perfilaba como uno de los futuros talentos de la filología clásica. Cuando vio la luz su libro El nacimiento de la tragedia, todos quedaron perplejos, pues el joven Nietzsche no sólo acababa de declarar la guerra a toda la filología, sino también a sus maestros, y sobre todo a Wagner. Porque no había filología en su libro, había arte; ni siquiera había un filósofo, había sobre todo un escritor que supo entender la tragedia griega como nadie lo había hecho hasta entonces.

No es lugar este para ensayar un análisis del libro. Sólo diré que para Nietzsche la tragedia griega es el resultado de una pulsión entre dos divinidades: Apolo y Dionisos, entre dos fuerzas que el pueblo griego ha equilibrado de manera artística en un género inmortal. Esto es cierto, pero no es todo: El nacimiento de la tragedia es un libro que indaga en la naturaleza del hombre, pues preguntándose por la tragedia, Nietzsche ha buscado respuestas al problema del existir, y lo ha hecho reflexionando sobre estos paradigmas divinos:

 
Apolo es el representante del equilibrio, de la forma armoniosa y bella, del control, la serenidad y la mesura. Es el oráculo, el que ve más allá, la certeza, la verdad. Es el que crea los contornos y los define, el que construye, concentra y da unidad. Su luz –Apolo es el Sol- irradia el camino hacia el conocimiento de uno mismo, evita que el hombre se fragmente y lo llena de lucidez, de intelecto, de comprensión, de ciencia, de sobriedad. Apolo es el triunfo de la razón sobre los instintos, de la mente sobre la locura. Desde el punto de vista fisiológico, Apolo representa el sueño, pues sólo en ese mundo imaginario es posible encontrar la verdad bajo una bella apariencia.

Dionisos (o Dioniso) representa el caos, el ocaso de la forma en múltiples fragmentos, el descontrol, la desmesura. De niño fue despedazado en jirones y vuelto a armar, con que la disgregación de toda unidad forma parte de su naturaleza. Desde entonces, ha viajado por el mundo sembrando la locura y descuartizando cuerpos en ritos orgiásticos. En su reino sólo hay lugar para el instinto, la fuerza sexual, extática, natural e incomprensible. Ha sido niño y niña, también carnero, toro, león y pantera, porque Dionisos es el triunfo de la pluralidad en uno mismo, de la alienación. Fisiológicamente, Dionisos es la embriaguez, porque sólo en ese estado es genuina la fragmentación de la persona.

El Hombre, cada uno de nosotros, convive con la influencia de estas divinidades. Día a día Apolo y Dionisos nos hablan, nos incitan, nos invitan a sus mundos opuestos, nos seducen con sus placeres, invocan nuestra fidelidad. La sabiduría del pueblo griego consistió en armonizar esas dos influencias; ellos supieron que favorecer a un dios en detrimento del otro es imposible, porque ninguno sabría existir sin la inquietante proximidad del otro.

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