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UN LUGAR PARA APRENDER FILOSOFÍA

SOCIOLOGIA

REFLEXIÓN: ¿ESTÁ EN CRISIS NUESTRA SOCIEDAD?

REFLEXIÓN: ¿ESTÁ EN CRISIS NUESTRA SOCIEDAD? La palabra «crisis» significa, según el Diccionario, «aquel momento en que se produce un cambio muy mar­cado en algo, por ejemplo, en una enfermedad o en la na­turaleza de una persona». En el caso de la enfermedad, entra en crisis cuando se decanta hacia la recuperación o hacia la muerte; en el caso de los valores personales, entran en crisis cuando alguien empieza a poner en cuestión sus convicciones, a dudar de que sean verdaderas, y se produce una situación de inquietud o de angustia porque no sabe si se reafirmará en ellas o acabará abandonándolas. De este tipo son las crisis de valores o las crisis de fe en el caso de las personas.

El momento crítico es, pues, aquel en que se está pro­duciendo un cambio muy marcado, cuyo desenlace todavía no se sospecha, pero que en el caso de la enfermedad es o bien la curación o bien la muerte, mientras que en el de las personas es o bien la confirmación en las convicciones o bien el abandono de las mismas. En cualquiera de estas opciones personales ha podido producirse o un crecimien­to o un deterioro. Por eso las crisis personales pueden lle­varnos a crecer o a deteriorarnos.

CÓMO NOS INCITAN AL CONSUMO Y CÓMO EVITARLO

CÓMO NOS INCITAN AL CONSUMO Y CÓMO EVITARLO Las diez trampas de los hiper...
1.- Ofrecer carros de gran tamaño.
2.- Colocar los artículos de mayor venta en lugares distantes entre sí, para que haya que recorrer largos espacios.
3.- Tener pasillos kilométricos y rela­tivamente estrechos, para que sea difí­cil dar la vuelta con el carro y se reco­rra hasta el final.

4.- Colocar las ofertas en las cabece­ras, donde se retiene la marcha para salir de un pasillo y entrar en otro con el carro.

5.- Situar los artículos que se desean vender en los estantes intermedios, a la altura de los ojos.
6.- Colocar estos productos junto a otros más caros, para que parezcan rela­tivamente baratos.

7.- Utilizar atractivos carteles de ofer­tas para tentar a los consumidores, quienes realmente desconocen si se trata o no de una buena compra.

8.- Colocar al lado de las cajas artí­culos de capricho. Es más fácil que mientras se hace cola para pagar se compre por impulso.

9.- Emplear colores, luces y música ambiental para crear un ambiente agra­dable y retener al consumidor. Elimi­nar las referencias exteriores de espa­cio y tiempo (no hay ni relojes ni ventanas).

10.- Disponer de multitud de cajas de salida, pero sólo de un estrecho pasi­llo vigilado, para que los que no com­pran se sientan avergonzados.

... y diez trucos para sortearlas
1.- Antes de salir de compras, ela­bore una lista con lo que realmente necesita. Nunca recorra un estableci­miento para que las estanterías se lo recuerden.
2.- Cuando vea un artículo que no tenía previsto comprar y que parece interesarle, déjelo para una próxima ocasión.
3.- Evite comprar cuando cobre, tras haber pasado por dificultades econó­micas en los últimos días del mes. Tam­poco lo haga cuando se encuentre enfadado, deprimido o triste.
4.- Diversifique, tanto como le sea posible, los establecimientos de sus compras.
5.- No compre alimentos con el estó­mago vacío.
6.- Establezca un límite económico para los caprichos y aténgase a él.
7.- Apunte y sume lo que va com­prando.
8.- Antes de pasar por caja, com­pruebe todo lo que ha comprado y compárelo con lo que había presu­puestado. Si ha comprado de más, devuelva a los estantes los artículos menos necesarios.
9.- Tenga siempre envuelta su tar­jeta de crédito en un papel donde vaya apuntando cada gasto que realiza con ella.
10.- No tenga ningún reparo en salir de un establecimiento sin efectuar nin­guna compra.

ENLACES QUE VALEN LA PENA

ENLACES QUE VALEN LA PENA

Página WEB de  Ewa Marta Kulak
Recomiendo la música colombiana.

http://www.ewakulak.com/

ACTIVIDAD CLASE DE SOCIOLOGÍA

ACTIVIDAD CLASE DE SOCIOLOGÍA ACTIVIDAD SOCIOLOGÍA: Intenta señalar las conductas y actitudes “civilizadas” que a su manera describe el jefe samoano: ¿Crees que ha captado con agudeza el concepto que del tiempo tenemos los occidentales?
PUEDES LEER EL TEXTO COMPLETO EN LA SIGUIENTE DIRECCIÓN:http://www.sisabianovenia.com/Papalagis.htm

Los Papalagi adoran el metal redondo y el papel tosco, les da mucho placer poner los zumos del fruto muerto y la carne de los cerdos, bueyes, y otros animales horribles dentro de su estómagos. Pero también sienten pasión por algo que no podéis comprender pero que a pesar de esto existe, el tiempo. Lo toman muy en serio y cuentan toda clase de tonterías sobre él. Aunque nunca habrá más tiempo entre el amanecer y el ocaso, esto no es suficiente para ellos.
Los Papalagi nunca están satisfechos con su tiempo y culpan al Gran Espíritu por no darles más. Sí, difaman a Dios y a su gran sabiduría dividiendo cada nuevo día en un complejo patrón, cortándolo en piezas, del mismo modo que nosotros cortamos el interior de un coco con nuestro machete. Cada parte tiene su nombre. Todas ellas son llamadas segundos, minutos u horas. El segundo es más pequeño que la hora. Pero todos ellos ensartados juntos forman una hora. Para hacer una hora, necesitas sesenta minutos y muchos, muchos segundos.
Ésta es una historia increíblemente confusa, de la cual yo mismo no he entendido todavía los puntos más sutiles, puesto que es difícil para mí estudiar esta tontería más allá de lo necesario. Pero los Papalagi le atribuyen mucha importancia. Hombres y mujeres y hasta niños demasiado pequeños para andar, llevan una máquina pequeña, plana y redonda, dentro de sus taparrabos, atada a una cadena de metal pesado colgando alrededor de la garganta o alrededor de la muñeca; una máquina que les dice la hora. Leerlo no es fácil. Se les enseña a los niños arrimándolos a sus orejas, para despertar su curiosidad.
Estas máquinas son tan ligeras que puedes levantarlas con los dedos y llevan una maquinaria dentro de sus estómagos, como los grandes barcos que todos vosotros conocéis. Hay también grandes máquinas del tiempo que permanecen de pie en el interior de sus cabañas, o colgando de una gran casa para así ser más visibles. Ahora bien, cuando una parte del tiempo ha pasado, queda indicado por dos pequeños dedos sobre la cara de la máquina y al mismo tiempo grita y un espíritu hace chocar el hierro en sus interiores. Cuando en una ciudad europea, ha pasado una cierta parte del tiempo, estalla en un espantoso y clamoroso estrépito.
Cuando este ruido del tiempo suena, los Papalagi se lamentan: "¡Terrible, otra hora esfumada!". Y entonces, como una norma, ponen un rostro sombrío como alguien que tiene que vivir una gran tragedia. Asombroso, pues inmediatamente después empieza una nueva hora.
Nunca he sido capaz de comprender eso, pero creo que debe ser una enfermedad. Lamentos comunes a la gente blanca son: el tiempo se desvanece como el humo, o el tiempo corre, y, dame sólo un poco más de tiempo.
He dicho que es probablemente alguna clase de enfermedad; porque cuando el hombre blanco siente deseos de hacer algo, cuando por ejemplo su corazón desea ir caminando por el sol o navegar en un bote por el río, o hacer el amor a su amiga, usualmente se priva de su propia dicha al ser incapaz de encontrarlo. Mencionará miles de cosas que se llevan su tiempo. Malhumorado y farfullando soporta un trabajo que no siente ganas de realizar, que no le dan ningún placer, y al cual nadie le obliga más que él mismo. Y cuando repentinamente descubre que en verdad tiene tiempo o cuando otros le dan tiempo - los Papalagi se dan a menudo unos a otros tiempo y ningún regalo es más preciado que ése- entonces descubre que no sabe qué hacer durante ese tiempo en particular, o que está demasiado cansado de su trabajo sin alegría. Y siempre está determinado a hacer esas cosas mañana porque hoy no tiene tiempo.
Hay Papalagi que dicen que nunca tienen tiempo. Caminan aturdidos como si hubieran sido tomados por un aitu y dondequiera que se muestren provocan desastres, porque han perdido su tiempo. Estar poseído es una terrible enfermedad que la medicina del hombre no puede curar y que contagia a muchos otros, volviéndolos profundamente infelices.
Porque los Papalagi siempre están asustados de perder su tiempo, no sólo los hombres, sino también las mujeres, y hasta los niños pequeños; todos saben exactamente cuántas veces el sol y la luna se han levantado desde el día en que vieron la gran luz por primera vez. Sí; juega un papel tan importante en sus vidas, que lo celebran a intervalos regulares, con flores y fiestas. Muy a menudo he observado que la gente sentía que tenía que avergonzarse por mí porque me preguntaban mi edad y yo empezaba a reírme y no lo sabía. "Pero tú tienes que saber tu propia edad". Entonces guardaba silencio y pensaba: es mejor para mí no saber.
¿Cuántos años tienes?, significa cuántas lunas has vivido. Examinar y contar de ese modo está lleno de peligros, porque así se ha descubierto cuántas lunas la gente suele vivir. Entonces toda esa gente guarda eso en la mente, y cuando han pasado una gran cantidad de lunas dicen, "Ahora tengo que morir pronto". Entonces se vuelven silenciosos y tristes y en efecto mueren después de un corto período.
En Europa hay realmente poca gente que en verdad tenga tiempo. Puede que incluso ninguno. Esa es la razón por la que la gente corre por la vida como una piedra lanzada. Casi todos ellos mantienen sus ojos pegados al suelo cuando caminan y balancean sus brazos para llevar mejor el paso. Cuando alguien les para, le gritan malhumoradamente: "¿Por qué me has parado?" no tengo tiempo, ¡mejor haz buen uso de tu propio tiempo!" Parece que piensan que un hombre que camina rápido es más valiente que uno que camina despacio.
Una vez vi la cabeza de un hombre casi explotar, vi sus ojos girar sobre sí mismos y su gaznate hacerse ancho, abierto como el de un pez moribundo, y pegar con sus manos y pies, sólo porque su criado había llegado un poco más tarde de lo que había prometido que haría. Se suponía que ese respiro era un pérdida considerable que nunca podría recuperarse de nuevo. El criado tuvo que abandonar la choza, el Papalagi le perseguía y le llamaba nombres. "Esto es ya el límite, porque me has robado mucho tiempo! Un hombre que no respeta el tiempo es una pérdida de tiempo!
Otra vez vi a un Papalagi que tenía tiempo. Pero ese hombre era pobre, sucio y despreciado. La gente caminaba a su alrededor dejando un gran círculo y nadie le concedía ninguna atención. No entendí eso, porque su paso era lento y seguro y sus ojos eran tranquilos y amistosos. Cuando le pregunté como había sucedido eso, movió su cabeza y dijo tristemente: "Nunca he sido capaz de usar bien mi tiempo, por eso ahora soy pobre y un zoquete despreciado" . Ese hombre tenía tiempo, pero no era feliz.
Con toda su fuerza y todas sus ideas, los Papalagi intentan ensanchar el tiempo tanto como pueden. Usan agua y fuego, tormentas y relámpagos del firmamento para refrenar el tiempo. Ponen ruedas de hierro bajo sus pies y dan alas a sus palabras, sólo para ganar tiempo. Y ¿para qué sirve todo ese trabajo y esos problemas? ¿qué hacen los Papalagi con su tiempo? No he averiguado nunca lo bastante aunque a juzgar por sus palabras y ademanes uno pensaría que están invitados personalmente por el mismo Gran Espíritu a un gran foro.
Creo que el tiempo resbala de sus manos como una serpiente deslizándose de una mano húmeda, tan sólo porque siempre tratan de agarrarse a él. No dejará que el tiempo venga a él sino que correrá tras él con las manos extendidas. No se permitirá malgastar el tiempo tumbándose al sol. Siempre quieren mantenerlo en sus brazos, darle y dedicarle canciones e historias. Pero el tiempo es tranquilidad y paz amorosa, amar descansar y tenderse en una estera imperturbable. Los Papalagi no han entendido al tiempo y por consiguiente lo han maltratado con sus bárbaras prácticas.
¡Oh mis hermanos amados!, nosotros nunca nos hemos lamentado sobre el tiempo, lo hemos amado del modo en que era, nunca lo hemos perseguido o cortado en rebanadas. Nunca nos da preocupación o pesadumbre. Si hay alguno entre vosotros que no tiene tiempo; ¡Dejadle que hable! Nosotros tenemos tiempo en abundancia, siempre estamos satisfechos con el tiempo que tenemos, no pedimos más tiempo suficiente. Sabemos que alcanzaremos nuestras metas a tiempo y que el Gran Espíritu nos llamará cuando perciba que es nuestro plazo, incluso si no sabemos el número de lunas gastadas. Nosotros debemos liberar al engañado Papalagi de sus desilusiones y devolverle el tiempo. Cojamos sus pequeñas y redondas máquinas del tiempo, aplastémoslas y digámosles que hay más tiempo entre el amanecer y el ocaso del que un hombre ordinario puede gastar.

(Discursos de Tuiavii de Tiavea Jefe Samoano. Los Papalagi, págs 35-39)

VISIONADO PELÍCULA: CALLE MAYOR

VISIONADO PELÍCULA: CALLE MAYOR VER FICHA DE ESTA PELÍCULA EN SOCIOLOGIA-SESIONES-PELÍCULA EN LA SIGUIENTE DIRECCIÓN:
http://www.usuarios.lycos.es/diariodeclase
Los sucesos tienen lugar en una pequeña ciudad de provincias innominada de un país cualquiera que, algo más que por casualidad, ofrece todas las trazas de ser España. Juan es el protagonista masculino (José Suárez); Federico (Yves Massard) es su amigo, un intelectual afincado en Madrid, con el que Juan compartió estudios y ambiciones en la juventud, y que ahora está de paso por la capital de provincias en que su amigo Juan ha ido a caer como empleado de banca. Pasada la «alegre muchachada», en eso han acabado las aspiraciones con que estos dos amigos se deslumbraban a sí mismos y a los demás; aspiraciones que en su día ambos tuvieron en común, y que ahora solo Federico parece mantener en pie.
Aparte de por ver a su amigo, Federico está en la pequeña ciudad de provincias para obtener la firma, como colaborador en una revista cultural en la que él trabaja, de la lumbrera local: don Tomás, el presidente del Círculo Recreativo, Artístico y Cultural; sin mucho éxito, hay que decir. Precisamente el ilustrado don Tomás acaba de ser blanco de una broma de gusto dudoso (mejor dicho: nada dudoso), perpetrada por una camarilla de amigotes de mediana edad -en la que Juan se integró al poco de llegar al lugar-, que matan el mucho tiempo libre del que disponen jugando al billar en el casino y gastando burlas pesadas a la gente. Son «gente que se aburre», le dice don Tomás a Federico, en parte como explicación y en parte como disculpa.
Otro personaje central de Calle Mayor, de Juan Antonio Bardem, es Isabel Castro (Betsy Blair), hija del difunto don Blas (coronel de Caballería), la solterona sobre la que se va a abatir una de esas sangrientas cuchufletas de señoritos de provincias sumidos en el pegajoso légamo del tedio. El caso es que Juan, su futuro verdugo sentimental, se la encuentra en el paseo ritual que da con su amigo Federico por la Calle Mayor. Isabel va acompañada de la esposa del jefe de Juan (le recuerdo que Juan está empleado en un banco). Sí, pasear por la Calle Mayor es un ritual del que nadie escapa en una pequeña ciudad provinciana.
Federico le pregunta a Juan, que también ha sido forastero en la villa pero que ya se ha aclimatado a sus usos, si sale con mujeres. Juan le aclara enseguida la situación. Solo hay dos posibilidades: o salir a la vista de todos con una misma chica dos veces, con lo que pasas de inmediato a ser tenido por su novio formal; o «tener un plan», actuar de tapadillo. Pero en una pequeña ciudad de provincias esos secretos no duran mucho: el galán afortunado no podrá evitar alardear de su conquista ante sus amigos, que se encargarán de difundir la sabrosa nueva entre la población. En un sitio en el que todos padecen ésa dolencia anímica que es el aburrimiento, noticias de ese calibre se extienden como el fuego entre la hojarasca seca. En condiciones así, es difícil «tener un plan», y no necesariamente porque las chicas del lugar sean decentes, como le explica Juan a su amigo: «No es eso; si tienes plan con una, todos tus amigos lo van a saber y todo el mundo también. Por eso, ellas se andan con mucho cuidado, porque luego, como no pesquen a un forastero...». Las mujeres que no observan el debido recato abandonan el club de las novias posibles, decentes, y solo pueden aspirar a pescar como marido a un incauto que esté de paso.
Por descontado queda una tercera posibilidad: el Café de Pepita en el barrio viejo, es decir, el trato con prostitutas; esto no compromete a los varones rijosos del lugar porque las chicas de alterne han quedado ya descartadas como parejas sentimentales estables, y también porque las esposas de estos encalabrinados varones conocen y consienten la situación; digamos que se resignan a que sus maridos den estas rudimentarias muestras de «hombría». Allí, en el Café de Pepita, los hombres descontentos de su vida marital consumen un sucedáneo de baja calidad de la pasión amorosa: el contacto carnal hay que comprarlo y la diversión tiene que ser forzada, y facilitada a la vez, por el consumo de alcohol. Por cierto, ha de saber que en el Café de Pepita trabaja Tonia (Dora Doll), una muchacha de la que Juan anda algo encaprichado; y parece que la cosa es mutua.
El amigo forastero de Juan se siente casi de inmediato incómodo con esa compañía de juerguistas insustanciales que Juan se ha buscado; Federico no tarda en olfatear la vaciedad y la condición mediocre de sus vidas, los simulacros de diversión a los que se entregan; y le duele que su amigo Juan, al que ha visto en mejores momentos, se haya dejado enredar por semejante chusma provinciana. Federico y, en otro sentido, Tonia (la chica de alterne del Café de Pepita) se van a convertir en altavoces de la conciencia moral de Juan, le van a recordar que él puede ser mejor de lo que muestra en su comportamiento durante esa noche de ronda que, como tantas otras previas, acaba de esa forma triste y abyecta que nos recuerda la canción.
Para Federico está claro que el problema de Juan, la fuente de ese incipiente olor a podrido que ventea en él, procede de su integración en esa tropilla de simios con gabán, ese grupo de guasones que se aburren mortalmente y en medio de los cuales Juan ha de mantener su reputación: la de que él no se achica ante las gamberradas que de forma periódica, y por turnos, van perpetrando los de la cuadrilla para matar el tedio. El que la hace más gorda es el que ocupa momentáneamente la cúspide en la jerarquía informal de dominancia dentro del grupo. Y no es otra cosa que el tedio el que los empuja a esas bajezas morales, unas iniquidades que sus encallecidas conciencias prefieren al horrible marasmo mental del hastío provinciano.

Botero se rebela contra el olvido de Abu Ghraib

Botero se rebela contra el olvido de Abu Ghraib El artista expone en Roma su serie de "cuadros del horror" sobre las torturas en la cárcel iraquí

ENRIC GONZÁLEZ - Roma

EL PAÍS - Cultura - 17-06-2005
Fernando Botero (Medellín, 1932) suele mirar el mundo con una ironía tierna y apacible. En esta ocasión, sin embargo, sus paquidermos humanos carecen de ternura y son observados sin la menor ironía mientras padecen torturas en un ambiente oscuro, delimitado por rejas y fondos ocres. El pintor y escultor colombiano expone desde hoy en Roma, por primera vez, casi medio centenar de obras inspiradas en los horrores de Abu Ghraib, la cárcel de Bagdad donde soldados de Estados Unidos torturaron y humillaron a decenas de prisioneros iraquíes. La serie dedicada a Abu Ghraib forma parte de una colección mucho más amplia, de 170 piezas nuevas, que permanecerá expuesta hasta el 23 de septiembre en el Palacio Venecia de la capital italiana. El título genérico de la muestra es Botero, los últimos 15 años. Pero la atención se centra en los "cuadros del horror", lo que el propio artista llama "el corazón sangrante" del recorrido. "El arte tiene el poder de vencer el olvido", dijo ayer Botero en la presentación de la exposición, "y quiero que estas pinturas sean el testimonio permanente de un crimen colosal". Botero comparó sus cuadros sobre Abu Ghraib con el Guernica, de Pablo Picasso, que había hecho "eterna" la memoria de un bombardeo y unos horrores que, "sin esa obra maestra, apenas se recordarían".

"Muchas cosas me impresionan personalmente, pero lo de Abu Ghraib fue algo especial", explicó. "No me esperaba, como tampoco creo, la mayor parte de los americanos, una conducta de ese tipo por parte de un país tan civilizado. La tortura es una práctica medieval de una perversidad enorme que en los países más pobres se mantiene como fruto de la ignorancia. Resulta absolutamente inaceptable", agregó, "que practique la tortura una nación rica y desarrollada como Estados Unidos".

La colección sobre la cárcel iraquí expuesta en Roma consta de 45 piezas (en total hay más de 60, pero el pintor prefiere no mostrar por el momento una parte de ellas) y fue elaborada a lo largo de 2004. Botero descubrió los hechos leyendo un ejemplar de la revista The New Yorker, cuyo reportero Seymour Hersch fue el primero en revelar lo que ocurría en el interior de Abu Ghraib y en ofrecer al público las fotografías realizadas por los propios torturadores. El artista se encontraba a bordo de un avión y se sintió, dijo, "rabioso, enfurecido". Tomó papel y lápiz y empezó a trazar durante el vuelo los bocetos iniciales. "Tenía que sacar todo aquello de mi corazón; afortunadamente, el arte cuenta con una gran capacidad acusatoria y espero que, a largo plazo, estos cuadros sirvan para eso, para acusar y para avivar la memoria", dijo.

Impresiona contemplar las familiares figuras obesas de Botero retorcidas en el suelo, golpeadas y manchadas de sangre. Ojos vendados, hombres encadenados y vestidos con ropa interior femenina, perros con las fauces abiertas sobre presos desnudos y aterrorizados... La espantosa liturgia de Abu Ghraib, simbolizada por un hombre encapuchado y forzado a permanecer con los brazos en cruz, rechina bajo el pincel suave del artista colombiano y multiplica su impacto emocional.

Comparados con los óleos y dibujos sobre las torturas de Abu Ghraib, los demás elementos de la muestra resultan amables y hasta cierto punto, pese a reflejar 15 años de producción de un artista con el máximo reconocimiento internacional, casi irrelevantes. Los rasgos de ironía con que Fernando Botero plasma cardenales, dignatarios latinoamericanos, grupos de damas burguesas o personajes atónitos en un instante de intimidad pasan casi desapercibidos, una vez el ojo del observador ha recorrido los muros de la sala donde imperan el dolor y la vergüenza de los detenidos y el sadismo grosero de los guardias, y se ha habituado a las escenas de brutalidad.

Botero anunció que ninguno de los cuadros de la serie de Abu Ghraib estaba en venta. Su deseo consistía en que fueran expuestos de forma permanente en los principales museos del mundo. Cuando concluya la exposición romana, la serie sobre los horrores de la cárcel viajará a Alemania y a Grecia.

Los ocho desafíos de la humanidad

La ONU examina el estado del planeta a la luz de los compromisos de los líderes mundiales

SANDO POZZI - Nueva York

EL PAÍS - Sociedad - 13-06-2005
Las cifras abruman. Más de 1.000 millones de personas viven en la pobreza extrema, 11 millones de niños mueren al año por enfermedades que se pueden prevenir, medio millón de mujeres fallecen en el parto, casi 1.000 millones de personas ocupan chabolas, 115 millones de niños no tienen escuela

más de 10.000 especies animales sobreviven amenazadas... Ésta es la imagen del mundo que, pese a los compromisos de los líderes políticos, muestra un minucioso informe de Naciones Unidas que analiza, con datos, el grado de cumplimiento de las promesas recogidas en la Declaración del Milenio de 2000.

Son ocho objetivos simples y aceptados por países ricos y pobres, la sociedad civil y las principales instituciones dedicadas al desarrollo. Y una meta, el año 2015. Pero el amplio repertorio de la ONU, en el que se hace un profundo examen del estado del planeta, revela que para conseguirlos es necesario más esfuerzo. "Si se mantienen las tendencias actuales", señala su secretario general, Kofi Annan, "se corre el riesgo de que los países más pobres no puedan cumplirlos y será una oportunidad perdida".

La ONU espera que la cumbre del 14 de septiembre en Nueva York sea la mayor de las celebradas en los 60 años de historia del organismo, y contará con la presencia de 175 jefes de Gobierno. Será un evento clave para el futuro, en el que los líderes deberán decidir los pasos que deben darse en la lucha contra la extrema pobreza y el sida, o para el fomento de la educación y la igualdad de género. "La de hoy es la primera generación que cuenta con los recursos y la tecnología para hacer realidad para todos el derecho al desarrollo y poner a toda la especie humana al abrigo de la necesidad".

Pero el informe muestra más sombras que luces. Aunque la pobreza extrema se está reduciendo en todo el planeta, los pobres son cada vez más pobres. El 21,3% de la población de los países en desarrollo vivía en 2001 con menos de un dólar al día, frente al 27,9% de 1990. La espectacular mejora de Asia tiene su reverso en el África subsahariana, donde el 46,4% de la población sobrevive con un dólar al día. En Latinoamérica y el Caribe la situación mejora, pero no tan rápido como debiera.

El otro aspecto positivo es que se está reduciendo el hambre crónica, pero todavía hay 800 millones de personas cuya alimentación es insuficiente, y la malnutrición afecta a una cuarta parte de los niños en los países en desarrollo. Los progresos son escasos en la lucha contra el sida, que es imprescindible intensificar, o a la hora de mejorar la salud materno-infantil. Y se piden mayores avances para facilitar el acceso al agua potable y los servicios de salud básicos.

La conclusión de Annan, a partir de todo esto, es clara: "Si se deja pasar esta oportunidad, se perderán millones de vidas humanas que podrían haberse salvado, se negarán muchas libertades que podrían haberse conseguido y viviremos en un mundo más peligroso e inestable". "El reto está en movilizar los medios disponibles", remachó. La ONU reitera que el mundo no gozará nunca de la plena seguridad sin conseguir el desarrollo, y viceversa.

RECORDANDO EL PROCESO DE KAFKA

MANUEL VICENT

EL PAÍS - Última - 22-05-2005
En el verano de 1946, bajo un calor tórrido que asaba a los pájaros en el aire, una mujer caminaba por el borde de una carretera descarnada de Castilla con un hatillo en la mano. Se sucedían barbechos, desmontes quebrados, terraplenes, campos de trigo segado, envueltos en una pasta de luz quemada, como los cuadros del pintor Juan Manuel Caneja, que se exponen ahora en el Museo Reina Sofía. Conocí a este artista en los últimos años de su vida cuando ya no hablaba nada, pero fue él quien me contó esta historia terrible. Aquella mujer tenía a su hombre en la cárcel, condenado a muerte. Después de andar varias jornadas llegó a la prisión de Ocaña y allí el funcionario le dijo que el reo había sido trasladado al penal de Chinchilla. El paisaje abrasado por un sol de justicia que pintó Caneja se perdía en el horizonte y hacia ese confín de la Tierra caminó aquella mujer con el ceño concentrado. Al llegar al penal de Chinchilla tuvo que esperar en la puerta tres días hasta conseguir un permiso de visita, pero antes de entrar en el locutorio otro funcionario le hizo saber que su hombre no figuraba en la lista de los presos. Después de repasar varios expedientes mugrosos le dijo que para comunicar con su hombre tenía que ir a la prisión de Cartagena. Dormía de noche en la cuneta y le servía de cabezal el hatillo que llevaba atado con varias vueltas de soga. He visitado la exposición antológica de Caneja. En sus cuadros aparece el paisaje de aquella Castilla calcinada, con volúmenes ligeramente cubistas, reiterados, obsesivos, con alguna veta rosa o azul, que los hace vibrar de forma mística bajo la crueldad amarilla del sol de agosto. La historia que me contó el pintor Caneja continúa. Al llegar a Cartagena, la mujer del preso tuvo que esperar otros tres días en la puerta de la cárcel y cuando le franquearon la entrada, el subdirector la recibió de pie en un pasillo desconchado para leerle un oficio donde ponía que el hombre que ella buscaba había sido ejecutado esa misma madrugada. La mujer no lloró. A pleno sol, junto a un leguario del camino, deshizo el hatillo, que se componía de un traje negro, de unas medias de algodón negras y de un pañuelo negro para la cabeza; se quitó el vestido de lunares rojos que llevaba, se vistió de luto y con la soga en la mano atravesó el mismo horizonte fulminado para volver a casa. Estos paisajes de Caneja hoy están sembrados de chalés adosados y de algún campo de golf, pero el dolor de una mujer aún perdura en ellos como un latido que emite el fondo de la Tierra.

EL HORIZONTE ÉTICO DE LA UNIÓN EUROPEA

Resumen de un artículo escrito por ADELA CORTINA
Existen grandes proyectos que unen estados y pueblos, casi siempre con fines mayoritariamente económicos que creen necesarios (Ej. Unión Europea).
¿Es esto nuevo? El sueño de cosmopolitismo ya lo encontramos en Diógenes de Sínope, que hace veinticinco siglos decía que “ningún ser humano pertenece sólo a la patria en que nació”.
¿Sigue siendo hoy día deseable el ideal de europa en sentirse unidos política, jurídica y económicamente?, ¿Existe vocación cosmopolita en Europa? . Adela Cortina piensa que si y piensa que el Estado de bienestar ya dio cuerpo a un Estado social de justicia, con un contenido ético. Por todo ello, considera que Europa debe a comienzos del s. XXI responsabilizarse en la proyección de construir una ciudadanía social cosmopolita, que enmarque una cultura europea.

1. ¿ESTADO UNIVERSAL O UNIONES TRANSNACIONALES?
Para llevar el compromiso cosmopolita existen dos caminos:
1º (diseñado por Kant en “La Paz perpetua”).- Diseñar un Estado republicano universal dotado de Constitución universal que asegurase una paz duradera. Construir una República cosmopolita desde arriba hacia abajo).
2º (diseñado por Kant en “La metafísica de las costumbres).- Crear alianzas entre los estados y los pueblos, convenios y contratos. Se intentaría construir una República cosmopolita desde las comunidades políticas ya existentes (desde abajo hacia arriba), comunidades transnacionales.

Adela Cortina piensa que ambos caminos han sido emprendidos. Desde el primer camino se van creando organismos políticos como “Naciones Unidas”, “Fondo Monetario Internacional” o el “Banco Mundial”, organismo jurídicos como “Tribunal Pensal Internacional”. El segundo camino, también parece haberse emprendido al existir políticas transnacionales y regiones transestatales que refuerzan el apoyo mutuo.

2. LAS RAZONES MORALES DE LA UNIÓN EUROPEA
1ª Razón.- no debe haber guerra –paz duradera-, crear uniones estables entre distintas naciones e ir ampliando el número de los países que se incorporan a tales uniones es una exigencia moral –organismos de alcance mundial-.
El acercamiento entre algunos pueblos de Europa se sitúa tras la contienda de la guerra mundial, con el deseo de paz y del impulso comercial.
2ª Razón.- El intento de crear una Europa económicamente fuerte para contrarestar a Estados Unidos y Japón. Ahora bien, pronto descubrimos que la Europa económica requiere de la política y la social. El tiempo nos descubre la importancia de la Europa social.
El sector económico necesita del sector político, y estos dos del sustento del sector social. Es necesario construir instituciones políticas comunes, sellar pactos sociales –Carta Social Europea-, acuerdos sobre el empleo, convenios por desempleo, educación, proyectos culturales compartidos, propuestas ecológicas compartidas .... Todo esto llevará a propiciar la apertura de las mentes, disolviendo los separatismos.
El tener en cuenta a gentes de diversos países, fomentar unidades trnsnacionales va creando lazos que conforman la república universal, y el trato igual.
El ser Europa una región plurinlingüe, dificulta la comunicación y convierte los problemas en oportunidades de crecimiento, al participar en jornadas, congresos, encuentros que obligan de un esfuerzo de entenderse y comprender las dificultades de expresarse en una lengua que no es la propia. Facilita el acercamiento más maduro.
La redacción de una Carta Social o protocolos sobre política social debe dar paso a acuerdos firmes y vinculantes.
La EUROPA SOCIAL debe estar construida sobre cuatro pilares fundamentales: protección de la ciudadanía social en el seno de la Unión, asegurar la competitividad con otras regiones, integración de los inmigrantes y la extensión de la ciudadanía social al ámbito cosmopolita.

3. UN COSMOPOLITISMO ARRAIGADO
En el enfrentamiento entre cosmopolitismo y localismo, acusan los localistas que el cosmopolitismo abstracto, prescinde de las diferencias culturales y lingüísticas desatendiendo lo cercano. Esto podría ocurrir si entre los dos caminos kantianos solo eligiéramos el primero, pero si elegimos también y principalmente el segundo, el construir la República universal desde las alianzas y pactos entre las comunidades políticas existentes que permiten crear uniones transnacionales, no se anulan la diversidad de culturas y lenguas, construimos un cosmopolitismo arraigado en las comunidades locales y en la de todos los seres humanos sin exclusión.

Este es el proyecto ético de esta tarea de Europa abierta.

ANTE LA LEY - FRAGMENTO LIBRO EL PROCESO DE KAFKA-

Ante la ley hay un guardián. Un campesino se presenta frente a este guardián, y solicita que le permita entrar en la Ley. Pero el guardián contesta que por ahora no puede dejarlo entrar. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde lo dejarán entrar.
-Tal vez -dice el guardián- pero no por ahora.
La puerta que da a la Ley está abierta, como de costumbre; cuando el guardián se hace a un lado, el hombre se inclina para espiar. El guardián lo ve, se sonríe y le dice:
-Si tu deseo es tan grande haz la prueba de entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de los guardianes. Entre salón y salón también hay guardianes, cada uno más poderoso que el otro. Ya el tercer guardián es tan terrible que no puedo mirarlo siquiera.
El campesino no había previsto estas dificultades; la Ley debería ser siempre accesible para todos, piensa, pero al fijarse en el guardián, con su abrigo de pieles, su nariz grande y aguileña, su barba negra de tártaro, rala y negra, decide que le conviene más esperar. El guardián le da un banquito y le permite sentarse a un costado de la puerta. Allí espera días y años. Intenta infinitas veces entrar y fatiga al guardián con sus súplicas. Con frecuencia el guardián conversa brevemente con él, le hace preguntas sobre su país y sobre muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y, finalmente siempre le repite que no puede dejarlo entrar. El hombre, que se ha provisto de muchas cosas para el viaje, sacrifica todo, por valioso que sea, para sobornar al guardián. Este acepta todo, en efecto, pero le dice:
-Lo acepto para que no creas que has omitido algún esfuerzo.
Durante esos largos años, el hombre observa casi continuamente al guardián: se olvida de los otros y le parece que éste es el único obstáculo que lo separa de la Ley. Maldice su mala suerte, durante los primeros años audazmente y en voz alta; más tarde, a medida que envejece, sólo murmura para sí. Retorna a la infancia, y como en su cuidadosa y larga contemplación del guardián ha llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de piel, también suplica a las pulgas que lo ayuden y convenzan al guardián. Finalmente, su vista se debilita, y ya no sabe si realmente hay menos luz, o si sólo lo engañan sus ojos. Pero en medio de la oscuridad distingue un resplandor, que surge inextinguible de la puerta de la Ley. Ya le queda poco tiempo de vida. Antes de morir, todas las experiencias de esos largos años se confunden en su mente en una sola pregunta, que hasta ahora no ha formulado. Hace señas al guardián para que se acerque, ya que el rigor de la muerte comienza a endurecer su cuerpo. El guardián se ve obligado a agacharse mucho para hablar con él porque la disparidad de estaturas entre ambos ha aumentado bastante con el tiempo, para desmedro del campesino.
-¿Qué quieres saber ahora?-pregunta el guardián-. Eres insaciable.
-Todos se esfuerzan por llegar a la Ley -dice el hombre-; ¿cómo es posible entonces que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar?
El guardián comprende que el hombre está por morir, y para que sus desfallecientes sentidos perciban sus palabras, le dice junto al oído con voz atronadora:
-Nadie podía pretenderlo porque esta entrada era solamente para ti. Ahora voy a cerrarla.

NOTAS AL LIBRO EL PROCESO DE KAFKA

El proceso fue reconstruido a partir de los fragmentos dejados por Kafka. Algunos capítulos estaban acabados, pero otros estaban incom¬pletos y en desorden. Max Brod lo reconstruyó para su publicación en 1925.
Esta historia es probablemente, junto con La metamorfosis, la obra más conocida de Kafka. Define el término 'kafkiano' y es la novela que ha tenido más repercusión en nuestros días. Escrita entre 1914 y 1915, el argumento principal consiste en que su protagonista, Joseph K., .. sin que hubiese hecho nada punible ... fue arrestado una mañana' (F. Kafka, El proceso) Tras este golpe inicial, se desencadena una lucha:

“No -dijo el que estaba junto a la ventana, dejando su libro sobre una mesita e incorporándose-. No tiene derecho a salir. Se encuentra usted detenido. -Así parece -dijo K., y agregó en seguida-: ¿Por qué? -No hemos venido aquí para decírselo.”

A partir de ese momento, la acción se centra en la desesperada lucha de Joseph K. por encontrar un modo de lavar su buen nombre, y en el proceso de descifrar un sistema legal imposible, más que en descubrir qué crimen ha cometido su protagonista.

Joseph K. pasa toda la novela intentado averiguar cuál es su verdadera situación, y buscando y rechazando ayudas ante su difícil posición. Comienza con su casera y su vecino, quienes huyen despavoridos ante sus apuros. Entonces acude a su abogado, Huld, que le ha recomen¬dado su tío. Esto se demuestra infructuoso, ya que Huld parece ineficaz ante las coacciones de la ley y queda extenuado. Después, K. acude al pintor Titorelli, retratista oficial de la Corte, que parece ofrecer algún medio, pero que finalmente se prueba tan inútil como Huld: `Ni la opción de una vida convencional [seguir los consejos del abogado] ... ni la opción de una vida bohemia [seguir al pintor] condu¬cen a K. a una solución del enigma que afronta: cómo la culpa precede al delito e impide la redención'.
En su último encuentro significativo de K., con el sacerdote, éste le narra la parábola Ante la ley, una parábola que refleja la delicada situación de K. -no ser capaz de acceder a la ley-, o más exactamente, no percatarse de que puede hacerlo. La puerta ante la que el hombre ha llegado y el centinela que allí se encuentra `...estaba esperando al hombre, y se cerrará antes de que pueda traspasarla' .
Así, la tortura de K. se ve amplificada. El hombre que llega ante la puer¬ta en la parábola, representa la situación de K., incapaz de acceder a la ley, aunque la solución es aparentemente simple. Es libre de entrar, pero el sistema dificulta los medios para hacerlo hasta que es demasiado tarde. K. es obligado a permanecer a las puertas de la ley hasta que su lucha termina enredándolo en un intrincado proceso.
Joseph K. no puede defenderse de cargos que desconoce, sus acusadores son anónimos por lo que no puede interpelarlos, y la severidad de la sentencia es imposible de determinar: `La justicia, cualquiera que sea su definición, simplemente no se ve aplicada'.

En El proceso, Kafka da al concepto de culpabilidad un matiz diferente. En su obra, la culpabilidad es más bien producto de su psique que de un juicio equitativo. Joseph K. nunca llega a descubrir de qué se le acusa pero, sin embargo, está dispuesto a aceptar su culpa. Lógicamente, el concepto de culpa sólo puede existir sí se es consciente de haber hecho algo malo pero, en manos de Kafka, el mecanismo de la culpa no fun¬ciona de ese modo. No se trata de una consecuencia lógica. Se hace sentir culpable a los personajes, sin que realmente hayan hecho nada malo, especialmente cuando esto se les repite insistentemente desde un mundo exterior aparentemente indiferente.
La culpa aparece, implícitamente en la escena de Joseph K. con su tío en El proceso.
`Debes pensar en ti, en el resto de la familia, en nuestro buen nombre. Siempre has constituido un orgullo para todos nosotros, y no puedes ahora avergonzarnos. No me gusta tu postura -y contempló a K. moviendo la cabeza-. No debe ser así como actúa un acusado que es inocente, estando además en posesión de todos sus recursos'.

El manuscrito de El proceso de Franz Kafka fue vendido ayer en Londres por un millón de libras (207 millones de pesetas), en una subasta celebrada en la galería Sotheby's. La obra flie adquirida por un bibliófilo alemán, H. Tenschert, de 40 años, quien subrayó su intención de revender, sin beneficios, el manuscrito al Gobierno de la República Federal de Alemania en las próximas semanas. La obra será posiblemente depositada en los archivos de Marbach, en la RFA.La subasta del documento apenas duró 60 segundos y fue adjudicada al comprador bávaro, Heribert Tenschert quien había expresado su intención de pagar por el manuscrito hasta dos millones de libras (más de 500 millones de peseetas). Heribert Tenschert añadió que "El proceso de Kafka es la obra más importante del siglo XX" y por tal razón deseaba que el manuscrito estuviera en los archivos más importantes de literatura contemporánea, los de Marbach, ciudad situada muy cerca de Stuttgart, en la RFA.
El comprador mostró su felicidad como ciudadano de la. República Federal de Alemania ante la adquisición porque "me hubiera sentido desgraciado si hubiera caído en manos. de un particular".
El precio alcanzado por El proceso supone un récord de cotización en una subasta para un manuscrito literario de la. era moderna. Hace tres años. un volumen de prosa y poesía. del escritor irlandés W. B. Yeats fue vendido por la. suma de 250.000 libras (50 millones de pesetas).
Las 316 páginas manuscritas en tinta azul violeta están. perfectamente conservadas, tal y como las escribiera Frank Kafka. Destaca en ellas un incontable número de tachaduras y alteraciones emborronadas con manchas.
El proceso es el único manuscrito de las tres novelas de Frank Kafka que que se encuentra aún en manos privadas. Las otras dos obras están en la biblioteca Bodleian, de Oxford. El manuscrito ha sufrido una larga peregrinación hasta llegar a la subasta de la galería Sotheby's. Kafka lo vendió en 1920 a Max Brod, su representante literario, cuatro años antes de morir víctima de la tuberculosis, a los 41 años de edad. En 1939, Brod huyó de Praga con los manuscritos y se afincó en Israel, donde permaneció hasta 1956. De allí pasó a Suiza y desde entonces el manuscrito ha estado en manos privadas.
Kafka escribió El proceso a los 31 años de edad, en 1914, decepcionado tras su ruptura con Felice Bauer, su gran amor. La novela es la historia de Joseph K., misteriosamente arrestado, acusado de un crimen y ejecutado un año después.
La primera traducción al español de El proceso se publicó en Buenos Aires, en 1939.

He procurado que esa gigantesca telaraña en la que K. se siente atrapado se manifieste más en los personajes que en los elementos escenográficos. Es decir, toda esa compleja red de delaciones, espionajes, astucias y debilidades las entendemos más como fruto de comportamiento de los personajes de la gente que rodeaba a Joseph K., que de la escenografía.»

VISIONADO: EL PROCESO de Kafka

VISIONADO: EL PROCESO de Kafka Dirección Orson Welles
Guión Orson Welles y Pierre Cholot
Producción Alexander Salkind y Michael Salkind
Reparto:
Anthony Perkins (Joseph K) Jeanne Moreau (Señorita Burstner), Romy Schneider (Leni) Arnoldo Foà (Inspector A)

Franz Kafka nació el año 1883 en Praga. Su padre, Hermann Kafka, era un acomodado comerciante de origen judío perteneciente a la pequeña comunidad de ciudadanos de habla alemana, idioma que constituyó también la lengua habitual del hijo. El muchacho, afable y enfermizo, sentía un temor exacerbado frente a su progenitor, de carácter áspero y despótico; la incomprensión y el desprecio de que hacía gala el padre amargarían a Kafka durante toda su vida. Desde pequeño, el joven se habituó a vivir sometido, en un universo en el que el único gobierno y la única ley eran los que imponía el padre, quien, como todo autócrata, jamás esgrimía razones para justificar sus mandatos y castigos, surgidos del poder de una ley incomprensible para el hijo. Ante ese poder, Franz se sentía «absolutamente impotente y carente de valor». Sin embargo, muy pronto constituirían, primero la lectura y luego la escritura, el modo de disipar un tanto las ataduras impuestas en el mundo de la familia y de paliar las humillaciones a las que Franz se veía sometido en el ámbito dominado por el padre; era su protesta silenciosa contra lo que de ningún otro modo podía aspirar a derrumbar. La madre de Kafka, Julie Löwy, tenía un carácter distinto al de su marido, pero su papel en la vida del hijo fue irrelevante frente al del padre, a quien ella amaba y respetaba y al que no osaba contradecir, ni siquiera en defensa de los hijos. Tres hermanas más pequeñas contribuyeron a aislar aún más a Franz en su universo particular. Kafka comenzó a escribir a los quince años, hacia 1897-98. En 1902 conoció a Max Brod, otro joven con aspiraciones literarias que acabaría por convertirse en su amigo más incondicional. Él lo introdujo en círculos intelectuales y le animó a publicar en alguna de las revistas literarias que abundaban en Praga. Por esta época ya había leído a los clásicos alemanes: Goethe y Schiller, así como a Grillparzer, por quien sintió de inmediato una gran afinidad espiritual. Pronto entraría también en el mundo de Kleist, de Flaubert y de Dostoyevski, verdaderos modelos intelectuales para Kafka. Con su descubrimiento, el universo del joven escritor adquirió una esfera de íntima libertad y su capacidad de interpretar la realidad adoptó dimensiones hasta entonces desconocidas para él.
En 1906, Kafka se doctoró en Derecho. Negándose a ejercer la abogacía, terminó por ingresar como consultor en el departamento jurídico de una gran compañía de seguros laborales, donde permaneció hasta su jubilación anticipada, en el año 1922. Aunque ejerció su trabajo con honestidad y eficacia, jamás lo consideró esencial para el desarrollo de su personalidad, ni tampoco para su enriquecimiento interior; Kafka aseguraba, como Flaubert, que su ser no era otra cosa que literatura y que todo lo demás carecía de importancia. Sus primeras publicaciones vieron la luz en la revista Hyperion, en 1908; se trataba de tímidas composiciones de carácter lírico-onírico, que ya presagiaban la sensibilidad especial que caracterizaría su obra posterior, surgida de un extremado ensimismamiento.
Una velada del año 1912, hallándose de visita en casa de Max Brod y llevando consigo las pruebas de imprenta de su primer libro, Contemplación, Franz Kafka conoció a Felice Bauer. La joven berlinesa, judía también y de paso por unas horas en Praga, no le causó al principio una impresión especial. Junto con Brod, la acompañó esa tarde hasta su hotel y, a consecuencia de que ella había mostrado interés por la realización de un posible viaje a Palestina, Kafka acordó escribirle; así lo hizo. A través de la relación exclusivamente epistolar, surgió entre ambos una atracción amorosa, forzada indudablemente por el ansia de cariño de Kafka. Éste otorgó una personalidad irreal a Felice, la cual, ciertamente, era muy distinta de él; se trataba de una persona práctica, jovial, activa y enérgica. Durante el primer año de correspondencia, Kafka se sintió embriagado por la sensación de sentirse ¬o de creerse¬ enamorado; dicha sensación parecía fortalecerlo y alentar su trabajo literario, que nunca hasta entonces fue tan productivo. Felice le proporcionaba, a semejanza de las vidas de los autores que admiraba, otra esfera de escape del mundo dominado por el padre. El período comprendido entre los años 1912 y 1917 destaca por la fértil producción literaria de Kafka. Infinidad de cartas, copiosos cuadernos de diarios, decenas de esbozos, etcétera; la creatividad literaria se hallaba entonces en su apogeo y no declinaría ya nunca. De los dos primeros años del noviazgo datan narraciones tan excelentes como El fogonero, La condena y La metamorfosis.
Kafka pide la mano de Felice en 1913, pero cuando ella aceptó, el idilio comienza a mostrarle al escritor su verdadera faz. A partir del compromiso matrimonial con Felice, se inicia un período de mortal angustia para Kafka; súbitamente, se vio enfrentado con un nuevo poder al que consideraba imposible combatir, dada su extrema debilidad y su falta de confianza, herederas directa de la sumisión al padre. «Ridículamente enjaezado para el mundo», como él mismo escribió, advertía en su futuro matrimonio la amenaza de otras nuevas condenas, de nuevas imposiciones y humillaciones.
En su célebre Carta al padre, de 1919, Kafka escribiría una confesión sorprendente: «Casarse, fundar una familia, aceptar los hijos que vengan, conservarlos en este mundo tan inseguro y hasta guiarles un poco es lo máximo que, según mi convicción puede conseguir un hombre». Sin embargo, Kafka no se sentía capaz de lograr algo que ¬al menos en apariencia¬ parecía ser tan común y tan sencillo. Ante la ley del matrimonio tendría que dejar la literatura y elegir «la vida», mas él no se sentía dotado sino para la primera. En realidad, veía el matrimonio como un patíbulo; los muebles oscuros, sólidos y burgueses que pensaba comprar su novia a fin de instalar un hogar «digno de un doctor en Derecho» le daban la impresión de ser otros tantos ataúdes. Felice irrumpiría de pronto en su esfera íntima de libertad, imponiendo otras leyes: «Ella pondría mi reloj en la hora exacta», escribe Kafka en su diario; mientras que él solía retrasarlo o adelantarlo arbitrariamente, pues su tiempo interior no tenía por qué concordar con el tiempo exterior de sus congéneres. Sus temores convirtieron las cartas a Felice en un lamento, en un auténtico trabajo de zapa contra sí mismo: «Libérate de mí y vive», éste era su mensaje y su grito de auxilio. Tal actitud acabó por provocar una ruptura del compromiso matrimonial. Algunos meses más tarde, una nueva promesa y, finalmente, en 1917, otra ruptura definitiva del compromiso por parte de Kafka, dejaron en él una secuela irreparable: ese mismo año se le diagnosticó una infección pulmonar. La enfermedad recién descubierta fue el hierro candente al que se aferró para liberarse de Felice y del fantasma del matrimonio. La enfermedad, que aún no era demasiado grave, le indujo a alejarse de Praga y a retirarse al campo, a casa de Ottla, una de sus hermanas. En 1920, Kafka se compromete con July Whoryzek, en un nuevo intento de casarse, pero fracasa de nuevo; acaba por deshacer el compromiso. De esta época datan los magníficos relatos En la colonia penitenciaria y Un médico rural, además de su novela inconclusa El castillo.
Los cuatro últimos años de su vida parecen haber sido los más esperanzadores para el equilibrio psicológico de Kafka; la enfermedad ya definitivamente declarada le concedía la seguridad y la tranquilidad de lo irremediable; a cambio, las angustias cesaron, y poco a poco comenzó a liberarse también del hogar paterno y de la ley de su progenitor que le había condenado a permanecer detenido en la vida, a no vivir. Mientras la enfermedad avanzaba y Kafka se trasladaba de un sanatorio a otro, inició una intensa correspondencia con Milena Jesenská, la traductora de algunas de sus obras al checo, que acabó por enamorarse de él; en cartas plenas de lucidez, Kafka reconocía lo imposible y lo tardío de ese amor, que él también se inclinaba a corresponder; por otra parte, Milena era una mujer casada. En 1923, poco antes de morir, conoció a una joven polaca: Dora Diamant. Fue el año más dichoso de su vida; logró, por fin, abandonar Praga; se trasladó a Berlín y comenzó a convivir con la muchacha. Las penalidades derivadas de la inflación que padecía Alemania en aquella época hicieron la vida muy dura para ambos y contribuyeron a socavar más aún la salud de Kafka. En abril de 1924, la enfermedad había cobrado un cariz tan peligroso que obligó a Kafka a regresar a Praga; poco después ingresaría definitivamente en el hospital donde falleció. Fue el 3 de junio de 1924; Kafka contaba cuarenta y un años.
En su testamento, Kafka dio orden expresa a Max Brod de que destruyera todos los manuscritos cuya posesión le legaba: cartas, diarios, cuadernos de notas, relatos, las novelas inacabadas, etcétera. Tan sólo le permitía respetar las obras publicadas, aunque le desaconsejaba reeditarlas. También a Dora Diamant le había pedido días antes que rompiera todo el material literario que se hallara en sus manos. Ésta respetó su deseo, Max Brod no lo hizo. A la desobediencia de este último debemos la actual existencia de gran parte de los escritos de un autor sumamente enigmático, pero también de los más singulares y extraordinarios de todos los tiempos.

DESOBEDIENCIA CIVIL: ¿DERECHO o DEBER?

Le Monde diplomatique Enero 2005

THIERRY PAQUOT
Tomar una fábrica con el fin de impedir que los encargados de su mudanza, a sueldo del empresario que decide deslocalizar, se lleven las máquinas; arrancar plantas genéticamente modificadas para proteger la salud de todos; casar a homosexuales; sesionar en silencio en una asamblea o cortar pacíficamente la calle con una "sentada" son algunas de las acciones políticas que se asocian muy a menudo a la "desobediencia civil". Una actitud no tan novedosa.. .

Un día de julio de 1846 (el 23 o el 24), en Concord (Massachussets, Estados Unidos), donde había nacido en 1817, Henry D Thoreau se cruza con Samuel Staples, inspector municipal, quien le reclama el pago de sus impuestos y está dispuesto incluso a adelantarle el dinero necesario para saldar su deuda. David Thoreau, que vive desde hace aproximadamente dos años en una cabaña en el corazón del bosque de Walden y se dirige a la ciudad a recoger sus zapatos que había mandado a arreglar, está un poco desconcertado. Responde que se niega, por una cuestión de principios, a pagarle al Estado más aún cuando está en desacuerdo con su política y en absoluto desea contribuir a financiar la guerra contra México. Entonces, es detenido y debe pasar la noche en prisión, a pesar de que una "misteriosa" mujer (probablemente María Thoreau, su tía) pagó el impuesto.

Bastante popular en este pueblo convertido a las ideas innovadoras de Ralph Emerson (1803-1882) y de los intelectuales que giran en torno a él y la revista The Dial, David Thoreau se siente obligado a narrar su experiencia y fundamentar su actitud. Escribe "La relación del individuo con el Estado", texto que presenta durante una conferencia ofrecida en Concord, en enero de 1848. Elizabeth Peabody -cuñada del novelista Hawthorne- lo publica en su revista Aesthetic Papers en mayo de 1849 bajo el título de "Resistencia al Gobierno Civil", título que en las Obras Completas- de Thoreau publicadas después de su muerte en 1862, se convertirá en Desobediencia civil (1). Este texto polémico, a decir verdad, cayó rápidamente en el olvido y el mismo Thoreau dejó de referirse a él.

Fue León Tolstoi quien, no se sabe bien cómo, lo leyó e invitó a los estadounidenses, en una carta publicada por la North American Review, a comienzos del siglo XX, a retomar esta actitud valiente y ejemplar de un individuo que se atreve a enfrentarse al Estado cuando éste equivoca su camino. Poco tiempo antes, un estudiante indio de la Universidad de Oxford, Mohandas K. Gandhi, vegetariano, se relaciona con otros vegetarianos, entre ellos Henry S. Salt, biógrafo de Thoreau, quien le presta este texto. Gandhi se entusiasma y, ejerciendo como abogado en Sudáfrica, lo publica en su revista, Indian Opinion, el 26 de octubre de 1907. Más tarde, y hasta su asesinato en 1948, no dejará de preconizar la desobediencia civil, que asocia a la práctica de la no violencia.

Thoreau quedó impresionado por Bronson Alcott, ciudadano de Concord retratado por su hija Louisa May en los rasgos del doctor March en Mujercitas, quien declaraba firmemente su decisión de no pagar impuestos mientras su gobierno no pusiera fin a la indigna política esclavista. Se cuenta que el squire Samuel Hoar pagó la cuenta, pero lo importante no era eso sino que se reconocía definitivamente la idea de que un solo ciudadano pudiera sublevarse contra su gobierno, íntimamente convencido, con el fin de estar de acuerdo con los principios constitutivos de su Estado.

Es esta idea la que reivindicará, en su momento, David Thoreau. ¿De qué se trata? En las primeras líneas de su texto, señala hasta qué punto la presencia de cualquier gobierno corresponde a una falta de conciencia en los ciudadanos. "La única obligación que me incumbe con razón -afirma- consiste en actuar en todo momento en conformidad con mi idea del bien". Más adelante, ilustra este principio moral explicando que una nación llamada "libre" no puede tener la sexta parte de su población reducida a la esclavitud y que por consiguiente "es hora de que la gente honesta se rebele y piense en la revolución".

Como existen leyes injustas, el justo encuentra su verdadero lugar en prisión, cerca de, las víctimas de un gobierno inicuo. En cuanto a los funcionarios que quieran servir al bien, deben renunciar... Thoreau acepta pagar con gusto el impuesto para el mantenimiento de las carreteras o para las escuelas, pero no admite financiar una guerra que, de hecho, contribuye a fortalecer a los Estados esclavistas del Sur. Su deseo de paz está ligado a su convicción abolicionista. Un Estado preocupado por impartir justicia y respetar a todos anuncia, según él, su propia desaparición... Buscar una ley a la cual obedecer es siempre, desde su punto de vista, una señal de servilismo contraria a la afirmación de la singularidad de cada ser.

Al analizar este texto en adelante emblemático con respecto al Movimiento de los Derechos Civiles que sacude entonces a América, la filósofa Hannah Arendt (2) explica que indica, no lo que habría que hacer para corregir las injusticias sino cómo evitarlas. Coincidiendo con Montesquieu, cree en un "espíritu de las leyes" que cambia de un país a otro y considera que la desobediencia civil está específicamente ligada a las condiciones de nacimiento de la Unión. Encuentra allí el ideal del "consentimiento" y su corolario, "el derecho al desacuerdo", como fundamentos del "arte de asociación en común", propios de los colonos y sus descendientes, que tanto admiraba Alexis de Tocqueville.

Interrogándose sobre la eventual exportación de estas prácticas a otros sistemas político-jurídicos dominados por "la tiranía de la mayoría", Hannah Arendt piensa que ésta estará acompañada por un cuestionamiento de la maquinaria jurídica, burocrática y cínica.

En cuanto al gobierno estadounidense, en guerra contra Vietnam sin haberla declarado e incapaz de asegurar la igualdad de derechos entre blancos y negros, reactiva, de hecho, la desobediencia civil. Estas situaciones de alerta que son las disfunciones de las instituciones se multiplican en el mundo y Hannah Arendt ve en ellas la señal de una generalización del desacuerdo, convertido en resistencia.

Es lo que Gandhi ya difundía con el Satyágraha (3), palabra que él inventa y que significa "aferrarse" a la verdad. Señala en varias oportunidades que "el Satyágraha no es otra cosa que la verdad y la tranquilidad en la vida política", que supone la no violencia, pero no la pasividad. Al contrario, la desobediencia civil "es una infracción civil a decretos sin moral que la ley ha establecido". Sus encarcelamientos, su constancia en esta actitud honrada, su apertura hacia los demás y su respeto a todos -incluidos sus enemigos- aseguran a Gandhi numerosas adhesiones. Pero su combate se revela sin fin porque la injusticia de ciertas leyes, la perversidad de las instituciones, la indecencia de "quienes toman las decisiones" parecen poseer una capacidad de renovación inquietante.

A veces, la relación de fuerzas es tal que sólo puede contemplarse la desobediencia civil. El rey Christian de Dinamarca lo comprendió bien: frente a la exigencia de los nazis de imponer a los judíos el uso la estrella amarilla durante la ocupación del país, se colocó él también esa estrella en su capa. Numerosos daneses lo imitaron y los nazis dieron marcha atrás, lo que no impidió diversas represalias.

En Francia, Léon Bazalgette, especialista en Whitman, presenta el texto de Thoreau en el Magazine International en 1894, antes de publicar su traducción en 1921. Ésta será leída y utilizada por Romain Rolland en su Ve de Vivekananda y marcará a Jean Giono, en los años treinta, hasta el punto de inspirarse en el título para su denuncia de la guerra, de todas la guerras, Refus d'obéissance.

Así, en Francia, son los literatos quienes primero se impregnan del pensamiento de Thoreau, posteriormente los militantes libertarios y, a través de Gandhi y la India mística, los discípulos de Lanza del Vasto (1901-1981). Tal como se observa, desobedecer es un verbo poco usado por los "políticos" y los líderes de opinión, salvo desde hace algunos años por un José Bové, un Noel Mamére o algunos altermundialistas que no dudan en cuestionar el derecho y la ley en nombre del respeto mismo al ser humano. ¿Qué obcecación lleva a los "políticos" a obstinarse en no reconocer la obsolescencia de una ley, su desfase con condiciones hasta entonces inéditas, sus efectos humillantes respecto de tal o cual grupo o individuo, su violencia perpetrada en nombre de un Estado alejado de la realidad. El derecho al desacuerdo y la desobediencia civil son, para cualquier individuo dotado de conciencia, un deber.

AUDICIÓN: CHOLITA

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Allá viene la cholita.
¿Para dónde irá?
Con su carita morada y su faldita quemá.

Allá viene la cholita.
¿De dónde vendrá?
Cargando sobre su espalda, su realidad.

Dime, cholita hermosa,
tú que no tienes tiempo ni edad,
que desafías el camino,
la lluvia y el frío con tu claridad.
¿A qué hora madrugaste
que estás tan temprano aquí en la ciudad?

Me levanté muy temprano a prender la candela,
soplar los tizones,
calentar el agua,
amasar las arepas y colar café.
Le di el desayuno al niño que va pa´ la escuela,
barrí la cocina,
ordeñé la vaca,
tenté las gallinas
y entonces por fin,
me fui al rincón de la cama
y envolví en la manta
que era de mi abuela
los lindos tejidos que terminé ayer.
Me vine para el mercado,
confiando en lo poco
que pueda vender
para llevarle a mis hijos
confite de nube y lluvia con miel.
Mi marido en cambio se fue a trabajar.

Allá viene la cholita.
¿Para dónde irá?
Con su carita morada y su faldita quemá.

Allá viene la cholita.
¿De dónde vendrá?
Cargando sobre su espalda su realidad.

Dime, cholita hermosa,
tú que no tienes ni tiempo ni edad.
¿Qué llevas sobre la espalda
que desde hace rato oigo como llorar?
¿Y ese olor a humo de leña
y a hierba del campo para quién será?

Son para el niño dormido que llevo conmigo,
envuelto en la manta,
colgado a mi espalda
desde que amanece hasta el anochecer,
que pesa como el silencio,
pero me acompaña,
me siembra ilusiones
y hasta me consuela
de haber ignorado el amor y el placer.
Llevo también a mi espalda sonrisa,
rocío y un poco de luz de algún amanecer
con que remiendo mis fuerzas
y canto el orgullo de que soy mujer.
Es mi propia historia, la de otras también…

CINE-REFLEXIÓN: CIUDAD DE DIOS (Gente de favela)

CINE-REFLEXIÓN: CIUDAD DE DIOS (Gente de favela) Por si alguien no lo supiera, favela es el nombre que reciben los suburbios, la mayoría compuestos de chabolas y casuchas improvisadas que circundan las grandes ciudades de Brasil y que son el mísero asiento de multitudes famélicas, en su mayoría inmigrantes del campo. Ciudad de Dios es uno de estos barrios que se formaron en la década de los sesenta en las afueras de Río. La película, inspirada en una novela, cuenta la historia de la delincuencia infantil y juvenil a lo largo de veinte años, teniendo a un futuro fotógrafo de prensa como narrador.
Los medios de comunicación nos han presentado de muchas maneras el fenómeno de «os meninos da rua», es decir, esos chicos, sin ningún vínculo familiar, que viven en la calle, a la intemperie, de los hurtos, fechorías o pequeñas tareas a las que se dedican. Aquí son presentados por Fernando Meirelles, el director del film, como delincuentes en ciernes que, muy pronto, dan el salto a la pandilla organizada y a las mafias del robo, la protección y la droga. Sorprende la extrema violencia de la que son capaces ya desde muy niños, una violencia basada en el uso de las armas de fuego, unos pistolones casi más grandes que ellos.
En este sentido, llama poderosamente la atención la trayectoria de Dadinho, un niño que en cuanto llega a la pubertad se ha convertido ya en el poderoso Ze Pequeño, el que controla los negocios ilegales de todo el barrio. Su perfil de asesino gratuito, caprichoso y arbitrario a la hora de disponer de la vida ajena, es un retrato espeluznante de un «criminal nato», para el que no hay valor -ni siquiera la amistad- que detenga sus antojos.
Choca también la extrema violencia que resuma todo el film, fruto de una sociedad con enor¬mes desequilibrios (en lo familiar, social, educativo, económico) y que sólo ofrece la marginalidad como única alternativa a los desheredados de la fortuna. Y éstos lógicamente la aprovechan para construirse su «espacio».
El film de Meirelles tiene un ritmo sincopado, a tono con la narración. Entrelaza, con mucha habilidad, las diferentes historias y personajes de la favela. Utiliza también la fotografía de manera expresionista (a ratos parece una película en blanco y negro) y tiene momentos de gran brillantez formal en la resolución de algunas secuencias. Peca quizás de un poco de efectismo y la historia, al final, se le va un poco de las manos.
A nadie le gusta sumergirse en infiernos como éste. Pero es necesario no cerrar los ojos ante un cine que nos recuerda que el mundo no es precisamente el paraíso universal. No tiene poco trabajo el presidente Lula da Silva si quiere sacar a Brasil de la miseria en que vive la mayor parte de su población.

REFLEXIÓN -¿Compartes las siguientes opiniones?
• Somos una sociedad que vive cada vez con mayor cotidianidad la pesadilla de la violencia, hasta el punto que obviamos el factor humano detrás de la crónica roja de los diarios. Cada vez nos sorprende menos la violencia, cada vez nos preguntamos menos por los mecanismos que la desencadenan, y aceptamos vivir con miedo a los otros, justificar el ciclo de la agresión y la venganza ya no es necesario, lo hemos asumido como natural, casi idiosincrático.
• De repente dejamos de ver una proyección en la pantalla y descubrimos los niños que actualmente recorren las ciudades, y de los cuales nos cuidamos de no encontrarnos mientras veníamos al cine, porque: “Ahora la calle esta muy fea”.
• La película da inicio con una gallina que trata de escapar de su destino -terminar como alimento de un grupo de niños y jóvenes- y tras una desenfrenada persecución, se encuentra con Petardo, quien a su vez queda en una posición por demás incómoda: entre las armas desenfundadas de una banda de narcotraficantes y las de unos policías. Estamos en la Ciudad de Dios, un lugar en el que, en palabras del protagonista, si corres te matan y si te quedas también. Buscapé es ese pollo prófugo de los cuchillos que se afilan, de la violencia de la favela.
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LEYENDA DEL ATRAPASUEÑOS

LEYENDA DEL ATRAPASUEÑOS Existe una leyenda proveniente de los indígenas lakotas de origen sioux que reza así:

Hace mucho tiempo cuando el mundo era aún joven, un viejo líder espiritual lakota estaba en una montaña alta y tuvo una visión. En esta visión, Iktomi -el gran maestro bromista de la sabiduría- se le aparecía en forma de una araña. Iktomi hablaba con él en un lenguaje secreto, que sólo los líderes espirituales de los lakotas sabían entender. Mientras le hablaba, Iktomi -la araña- tomó un trozo de rama del sauce más viejo.
Le dio forma redonda y con plumas, pelo de caballo, cuentas y adornos empezó a tejer una telaraña. Hablaron de los círculos de la vida, de cómo empezamos la existencia como bebés y crecemos a la niñez y después a la edad adulta, para llegar finalmente a la vejez, cuando debemos volver a cuidar de los bebés, completando así el círculo. Pero Iktomi dijo -mientras continuaba tejiendo su red- "en todo momento de la vida hay muchas fuerzas, algunas buenas otras malas. Si te encuentras en las buenas, ellas te guiarán en la dirección correcta. Pero si escuchas a las fuerzas malas, ellas te lastimarán y te guiarán en la dirección equivocada". Y continuó: Hay muchas fuerzas y diferentes direcciones y pueden interferir con la armonía de la naturaleza. También con el gran espíritu y sus maravillosas enseñanzas.
Mientras la araña hablaba continuaba entretejiendo su telaraña, empezando de afuera y trabajando hacia el centro. Cuando Iktomi terminó de hablar, le dio al anciano Lakota la red y le dijo: "Mira la telaraña es un círculo perfecto, pero en el centro hay un agujero, úsala para ayudarte a ti mismo y a tu gente, para alcanzar tus metas y hacer buen uso de las ideas de la gente, sus sueños y sus visiones. Si crees en el Gran Espíritu, la telaraña retendrá tus buenas ideas que descenderán por las plumas hasta ti y las malas desaparecerán al amanecer por el agujero". El anciano Lakota, le pasó su visión a su gente y ahora los indios usan el atrapasueños como la red de su vida. Se cuelgan encima de las camas, en su casa para escudriñar sus sueños y visiones. Lo bueno de los sueños queda capturado en la telaraña de la vida y vive con ellos. Lo malo escapa a través del agujero del centro y no será nunca más parte de ellos.

Los atrapasueños o también llamados cazadores de sueños, se denominaban "Bawaadjigan" en el lenguaje Ojibwe de los sioux, quienes luego se dividieron en los sante (isanyati, los que viven cerca de Knife Lake), dakota centrales y teton (lakotas).
Estas culturas sostenían la creencia de que los sueños eran mensajes del mundo espiritual. De esta manera, el atrapasueños funcionaba como un filtro de sueños y visiones, que protegía contra las pesadillas. Los lakotas particularmente, llegaron a creer que el atrapasueños sostiene el destino de su futuro, y es propicio para la buena fortuna y la armonía familiar, aparte de los buenos sueños.

REFLEXIÓN: ¿MUEREN LAS IDEOLOGIAS?

REFLEXIÓN: ¿MUEREN LAS IDEOLOGIAS? Perdices

MANUEL VICENT

EL PAÍS - Última - 12-12-2004
Debido al calentamiento del planeta, la perdiz blanca del Pirineo ha entrado en vías de extinción. Un fenómeno semejante ocurre ahora en política, porque lo mismo que le pasa a la perdiz blanca les sucede a todos los izquierdistas, utópicos, soñadores y pacifistas de la tierra, una variedad humana que se halla también en trance de desaparecer del sistema. Entre otros desastres ecológicos, el cambio climático ha hecho que cada año se retrasen más las nieves. Hasta hace poco en los Pirineos campaba a su aire la perdiz blanca camuflada por el propio plumaje en el paisaje nevado que la hacía invisible a sus enemigos naturales. Así volaban también alegres y felices los progresistas hasta que cayó el muro de Berlín, protegidos por un ambiente propicio, cuando todo daba a entender que sus sueños de justicia y amor universal se iban a cumplir. La nieve retrasada y algunos inviernos ausentes hacen que las perdices blancas, al levantar el vuelo, contrasten nítidamente contra las pardas laderas o el verde desnudo de los pinares. Los cazadores las divisan desde muy lejos y abatirlas al primer disparo resulta un juego de niños. Después de la caída del muro de Berlín se ha producido un corrimiento ideológico inesperado; de pronto, un extenso nubarrón de derechas ha envuelto gran parte del mundo globalizado en una luz de plomo. Como las perdices blancas, sin nieve de fondo que las proteja, así en Norteamérica se han quedado al descubierto los izquierdistas, utópicos y pacifistas, a merced de las escopetas tejanas, que practican con ellos el tiro de pichón a mansalva. Por otra parte, el efecto invernadero ha causado la locura en las semillas y ha engendrado mutaciones en algunos animales. Ahora se dan nabos en verano, espárragos en otoño, trigo en invierno, algunos cerezos producen melones, de los almendros penden pepinos y las rosas de abril se han vuelto carnívoras el resto del año. En algunos lugares del planeta existen grandes hormigas de amianto, y muchos marineros cuentan que han visto anchoas gigantes que se comen a los delfines. Esta confusión de la naturaleza también atañe a los políticos que gobiernan el mundo desde Washington. Aunque parecen seres carbónicos, realmente ya son muñecos metálicos con el cerebro de calabaza. Mientras los últimos bandos de perdices blancas cruzan el cielo muy visibles bajo un nublado de plomo, quisiera saber qué ha pasado para que estas calabazas metálicas desde los puestos de mando decidan sobre nuestras vidas.

Tribus urbanas: Cuatro referentes a la violencia

Tribus urbanas: Cuatro referentes a la violencia Podríamos seguir muchos y diversos itinerarios para intentar explicar el fenómeno de los jóvenes violentos. Aquí utilizaremos un modelo que se apoya en cuatro elementos o factores entrecruzados .

La grupalidad: El grupo aporta sentido a la vida de los individuos violentos. Les posibilita entrar en un "nosotros” lleno de significantes nuevos. Quizá el grupo sea el centro de gravedad del proceso de construcción de la Identidad adolescente y joven. En él adquieren validez y realidad los argumentos que el joven (o la joven) construye para diferenciarse del mundo familiar y de los significantes interiorizados en el proceso de socialización. En él se redefinen los significados de las instituciones, la política. el futuro, la sexualidad, etc. En el grupo se intensifican las vinculaciones y se cuecen los ideologías necesarias para crear enemigos virtuales justificando la acción contra ellos. El grupo ampara y defiende la seguridad física de los individuos pero lo más importante es la creación de una versión de las acciones que difumina y reparte la responsabilidad. desculpabilizando a los agresores y liberándoles de los sentimientos de responsabilidad y culpa. Las acciones cometidas son entendidas -definidas- como acciones de grupo, al servicio de objetivos grupales y por ello, su consideración y evaluación son diferentes. De esto tenemos abundantes ejemplos en la recientes agresiones a emigrantes en el metro de Madrid.
La identidad: Se entiende como relato vital cargado de sentido y de historia pero con proyección de futuro. La historia vivida pertenece fundamentalmente al núcleo familiar pero el camino por recorrer está necesariamente fuera.
Los jóvenes necesitan resignifcar, reordenar y reinterpretar las experiencias vividas para mirar hacia delante. En ese proceso. el individuo se compara con el resto de los miembros del grupo que además te ofrece algo más en la construcción de su propia identidad: la posibilidad de crear un orden social nuevo mediante la acción del grupo, de enfrentarse a las antiguas demandas familiares. La violencia, en este momento, tiene una función estratégica: destruir lo amenazante, buscar por medios violentos lo deseado, conseguir algún tipo de poder aunque sea imaginario. La violencia está al servicio de la identidad. Es una estrategia o un método para acentuar, reforzar, incluso para definir la identidad. Esta última crea y defiende un territorio simbólico y, en ocasiones, también un territorio real (la calle, paredes para pintar grafitis, discotecas, campos de fútbol...).
Lo simbólico e imaginario: Lo imaginario es, fundamentalmente, global y afectivo, mientras que lo simbólico es fragmentario y cognitivo. Sin embargo, ambos elementos se complementan y solapan en la cotidianeidad. Tanto la presencia social en el mundo de los adultos como la diferencia respecto a otros jóvenes. utiliza las imágenes de forma radical. Dos ejemplos. Primero: los jóvenes diferenciados por su atuendo (un punkie por ejemplo) reconstruyen su existencia y su presencia social anunciando, además, intenciones diferentes a lo convencional al menos; el rechazo fóbico a indumentarias e imágenes diferentes a la propia es paralela al enganche afectivo-sentimental o la propia indumentaria. Segundo: en la creación y defensa del territorio simbólico el imaginario polarizo la percepción de la realidad, crea enemigos, acentúa su importancia, cristaliza en ellos emociones y los enviste de maldad (un heavie o un inmigrante para un skin, pongamos por caso). Lo imaginario simplifica la realidad, polarizándola en un mundo de buenos y malos. Por eso, las realidades y los territorios imaginarizados se acompañan de sentimientos básicos de amor y odio. Así se prepara el camino de las agresiones.
La argumentación ideológica: Lo imaginario en seco duraría bien poquito y se hace incomunicable, por eso es necesario la formulación de una ideología, entendida en un sentido mucho más amplio que la mero ideología política. Se trata de esa cosmovisión o conjunto de valores y construcciones argumentativas que permita sostener la coherencia y la validez lógica de ciertas representaciones imaginarias. La ideología es la guinda del pastel de los actos agresivos: da coherencia a las acciones, les da sentido y los amplia, conectándolos con el pasado y proyectándolos hacia el futuro. Por eso en la ideología de la violencia tienen tanta importancia las figuras de prestigio, esas figuras carismáticas (Hitler podría valer) que recogen lo mítico del pasado, designan a las víctimas, ofrecen un sentido para las acciones agresivas y, finalmente, justifican las agresiones contra aquellos. En este sentido el totalitarismo está estrechamente ligado a la violencia. ya que contiene un imaginario muy primitivo, polarizado y agresivo: todo lo que no se adopta a la lógica de la funcionalidad y el orden debe ser eliminado. La obsesión por el control de lo diferente a cualquier precio es objetivo prioritario. Los grupos que asumen una ideología totalitaria están asumiendo niveles altos de violencia, defendiendo métodos agresivos y confirman una representación de la sociedad imposible de igualdad, homogeneidad y perfecto funcionamiento de un mecanismo perfecto.

LECTURA: UN REQUIEM SATÁNICO

LECTURA: UN REQUIEM SATÁNICO Autor: Louis Begley
Para Thomas Hobbes, el filósofo inglés del siglo xvii, el hombre es un lobo para el hombre. Para este testigo de la Guerra de los Treinta Años el mal era el pecado originario de la especie humana. Pensadores posteriores, de Rousseau a Marx, en cambio, confiaron en 1a bondad del hombre, que bastaría con descubrir y fomentar. Al escritor norteamericano Louis Begley, de 61 años, destacado humanista y filántropo, le gustaría albergar este optimismo de generaciones enteras de intelectuales. Sin embargo, el siglo xx, - definido a menudo como la «era de la técnica», aparece a sus ojos como un infierno de crímenes y muerte. Begley da cuenta del siglo XX estableciendo una escueta lista de las guerras y las masacres, los pogromos y los actos de violencia, que se han sucedido en él. Finalmente, este compendio de horrores le lleva a reconocer amargamente que «tenemos una disposición fundamental a hacer el mal e inferir sufrimiento». Esto sería casi banal si Begley no dejase traslucir su propia experiencia de sufrimiento: nacido en 1933 en Polonia sobrevivió al Holocausto sólo gracias a una documentación falsificada y emigró a América en 1947. Allí el joven judío Ludwik Begleiter se convirtió en el prominente abogado Louis Begley. Su tardía primera novela, sitúa el bestseller Mentiras en tiempo de guerra (1994), da testimonio de una infancia permanentemente acosada por la violencia. El presente texto de Begley sitúa el Holocausto en el marco de los desastres del siglo sin relativizarlo. Y finaliza con un llamamiento simple, pero avalado por el horror conocido: «Inexcusablemente debemos aprender a reconocer en el otro a nuestro hermano, a nuestra hermana».
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Nací en 1933, entre las dos guerras mundiales, en una pequeña localidad que había pertenecido a Galitzia hasta la desaparición del Imperio Austrohúngaro. Mis abuelos y mis padres eran ciudadanos austríacos. Los primeros eran demasiado mayores para haber combatido en la primera guerra mundial y mi padre -nacido en 1899- demasiado joven. Sin embargo, mi padre ya habría podido tomar parte en los combates fronterizos entre la recién creada Polonia, la Rusia soviética y Ucrania, que estallaron tras la firma del acuerdo de paz de Brest-Litovsk y que sólo acabaron en 1921 con la Paz de Riga, pero entonces no se encontraba en el país, pues estaba estudiando Medicina en Viena.
La primera guerra mundial y la posterior lucha de las brigadas de Josef Pilsudsky contra las fuerzas armadas bolcheviques al mando de Budionny y Tujachesky (el primero todavía mandó tropas soviéticas durante la segunda guerra mundial, el segundo cayó en 1937 en el curso de las purgas ordenadas por Stalin) fueron en mi infancia temas constantes de conversación hasta que nuevas guerras libradas en nuestro entorno nos proporcionaron nuevos temas de conversación. Los padres de mi padre permanecieron en su ciudad natal de Galitzia y vivieron allí el avance ruso en la etapa inicial de la primera guerra mundial y luego también la retirada de las tropas rusas. Los padres de mi madre, más ricos, huyeron por miedo a los pogromos que tenían lugar regularmente cada vez que tropas zaristas ocupaban el país.
Cogieron a su hija de cinco años y se fueron a Brünn, en Moravia. Cuando mi madre regresó a su ciudad natal, Rzeszów, sólo hablaba alemán y tuvo que volver a aprender el polaco.
Hoy en día resulta difícil comprender que la primera guerra mundial se prolongase desde el 1 de agosto de 1914 hasta el 11 de noviembre de 1918 y que no se iniciasen negociaciones de paz inmediatamente después de la batalla del Marne. Las esperanzas alemanas de una rápida victoria se habían ido a pique; en el Este los ejércitos de los Habsburgo se desintegraban: ni la ideología ni la religión separaban a los principales contendientes. Y sin embargo las fuerzas armadas de los Aliados y de las Potencias Centrales persistieron en su obstinada contienda como titanes demoníacos salidos de una pesadilla goyesca. Unos ocho millones y medio de soldados murieron en todos los frentes. Sólo en Verdun perdieron la vida 130.000.
En el período que va de la Paz de Riga de 1921 a la invasión alemana del 1 de septiembre de 1939 Polonia permaneció en paz, salvo el vergonzoso momento en que intentó sacar provecho de la destrucción de Checoslovaquia por Alemania y se apoderó del disputado distrito industrial de Teschen.
En otras partes del mundo, no obstante, la muerte obtuvo una abundante cosecha entre las dos guerras mundiales.
Se calcula que durante la revolución rusa y la posterior guerra civil entre los ejércitos rojo y blanco perdieron la vida unos 10 millones de personas. En nombre de Lenin y Stalin murieron en el curso de la colectivización forzosa de la agricultura, de las deportaciones y del terror político, entre 1922 y el 22 de junio de 1941, otros 20 millones aproximadamente. Justo ese día Hitler puso en marcha la Operación Barbarroja contra la Unión Soviética, que costó la vida a innumerables sol¬dados y civiles rusos.
Tras la capitulación de Alemania en la hora cero del 8 de mayo de 1945, Rusia se encaminó a una nueva época de terror. Desde el final de la guerra hasta el hundimiento de la Unión Soviética el sistema del Gulag exigió millones de víctimas, entre las cuales muchos prisioneros de guerra rusos que habían sobrevivido a los campos alemanes y que habían regresado a su patria.
En este recuento no puede olvidarse el precio que impusieron más de 70 años de locura marxista-leninista a todos los ciudadanos soviéticos. Las víctimas de los conflictos de frontera entre los países del antiguo imperio soviético -baste recordar aquí Armenia, Azerbaiyán y Chechenia- no han sido todavía calculadas con exactitud.
Con el comienzo de los años treinta el repertorio de la violencia en todo el mundo aumenta de manera tan terrible que sólo es posible destacar algunos sombríos puntos luminosos, comparables a un réquiem satánico. Los franceses reprimieron cruelmente las aspiraciones de independencia en el Magreb. La indignación ante la guerra civil española (se estima que murieron en ella como mínimo 600.000 personas) nos la marcaron para siempre en la conciencia las bocas que gritan mudas en el Guernica de Picasso.
Esta guerra me afectó muy directamente. Un pariente nuestro, excéntrico y ya mayor, quería ir a luchar con el bando republicano y que lo lanzasen como un torpedo humano contra los barcos nazis y fascistas. Su propósito fracasó, pero de hecho los pilotos de la Marina japonesa hicieron algo muy parecido cuando la derrota de su país en la guerra naval estaba ya prácticamente consumada.
La invasión de Etiopía por Italia fue un preludio del escándalo siempre recurrente de este siglo sombrío: soldados incapaces, pero fuertemente armados, pudieron vanagloriarse de haber masacrado a civiles negros inermes. Más de 700.000 personas encontraron la muerte. Pero lo fácilmente que un pueblo a todas luces pacífico y amable puede aprender a ejercer la violencia y la crueldad brutal lo demuestran las guerras libradas por los etíopes entre sí tras la caída del emperador Haile Selassie.
Volvamos a los años treinta: Hitler, apoyado por las élites de la industria y el mundo financiero, así como por los intelectuales de Alemania, había ido acrecentando su poder y peligrosidad. Hitler predicaba, sin careta ni disfraz, la injusticia, la violencia, el odio y la intolerancia. Cincuenta años después de la capitulación del Tercer Reich seguramente no es necesario recordarles a los alemanes la vergüenza del régimen nazi ni la bestialidad de la guerra que Alemania desencadenó bajo el dominio nazi no sólo contra las naciones vecinas, sino en realidad contra la humanidad.
Pero el respeto a las víctimas me exige, no obstante, evocar algunos nombres: Dachau, Bergen-Belsen, Buchenwald, Mauthausen, Ravensbrück, Sachsenhausen, Auschwitz, Treblinka. Unos seis millones de judíos (de ellos, tres millones de judíos polacos) fueron asesinados por los alemanes en los campos de concentración, en ejecuciones masivas y en las prisiones.
La guerra ocasionó además aproximadamente siete millones de víctimas del lado alemán (soldados en todos los frentes y civiles muertos a causa de los bombardeos aéreos). Más de diez millones de soldados aliados -la gran mayoría de ellos rusos- murieron en los campos de batalla europeos. Ciudades de toda Europa quedaron reducidas a cenizas y escombros.
En el Lejano Oriente, en China, causó estragos intermitentemente una mortífera guerra civil desde la época de Sun Yat Sen hasta el final de la revolución cultural de Mao Tse Tung. La historia de las crueldades japonesas en China aún no es conocida en toda su dimensión: hace pocas semanas se dieron a conocer nuevas informaciones acerca de experimentos médicos de los japoneses con prisioneros chinos, incluyendo vivisecciones y experimentos en seres humanos con armas biológicas y gases tóxicos. Se estima que perecieron entre 20 y 30 millones de chinos, manchures y coreanos ya antes de que los japoneses atacasen Pearl Harbour. La brutalidad de las batallas en el Pacífico y en el continente asiático fue impresionante: las bajas se sitúan en conjunto en unos cuatro millones y medio de personas entre japoneses, chinos y aliados. Esta guerra culminó con el lanzamiento de bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. Luego de esto, Japón capituló y la segunda guerra mundial finalizó. Habían pasado 31 años desde el estallido de la primera guerra mundial.
Tras el final de los combates los aliados no firmaron ningún tratado de paz con Alemania. Aquello fue un mal presagio: el ciclo de violencia, odio y destrucción no ha hecho sino repetirse en los 50 años posteriores.
La lista de los conflictos armados y de las masacres es tan abultada que sólo es posible nombrar algunos de ellos, de la misma manera que en los monumentos a las víctimas de las guerras que hay en casi todas las ciudades europeas sólo figuran los nombres de algunos de los soldados caídos en las guerras mundiales. Así, habría que referirse a la guerra entre el Kuomintang y los ejércitos comunistas en China; a las guerras entre Israel y sus vecinos en 1948-49, 1956, 1967 y 1982, sin olvidar la invasión del Líbano en 1982; a las guerras libradas por Francia en Indochina y Argelia; a la guerra entre India y Pakistán por la región de Cachemira; a la guerra de Estados Unidos en Vietnam, cuya falta de sentido ha reconocido hace poco Robert McNamara, uno de sus máximos responsables; al asesinato de millones de personas en los campos de la muerte de Camboya por Pol Pot; a la prolongada e irresuelta guerra entre Irán e Irak; a la guerra aún no acabada en Afganistán, que tal vez será recordada como el golpe de gracia que acabó con la Unión Soviética.
Algunos de estos conflictos de la época de postguerra han tenido consecuencias que trascienden a la pérdida de vidas y a la devastación de países enteros. Por ejemplo, han legitimado un terrorismo de dimensiones completamente insospechadas: atentados de intencionalidad política contra civiles, como la matanza que tiene lugar en Argelia; atentados terroristas de la OLP y de otras organizaciones árabes o asociadas como el ataque a los deportistas de la ciudad olímpica de Munich; ametrallamiento de viajeros en aeropuertos; coches-bomba y comandos suicidas; secuestro y destrucción de aviones de líneas aéreas regulares; actividades de bandas izquierdistas y anarquistas de Alemania Occidental; el ataque con gas venenoso contra el metro de Tokio; o finalmente el atentado con bomba a un edificio gubernamental en la ciudad de Oklahoma, que albergaba entre sus dependencias a una guardería infantil.
En los Estados Unidos la guerra de Vietnam ha dejado tras de sí una destructiva y peligrosa herencia de desconfianza contra las instituciones políticas. Los intentos de Israel de prevenir los ataques de los estados vecinos y de mantener a raya a los terroristas árabes han alentado el auge de determinados grupos extremistas israelíes y han comportado también la comisión por parte de la policía y el ejército israelíes de acciones en los territorios ocupados y en Líbano que están en total contradicción con la moral y la tradición judías.
La descolonización que siguió a la segunda guerra mundial llevó al Medio Oriente y a África poca paz y menos felicidad: en lugar de la dominación extranjera apareció la tiranía de regímenes corruptos y sangrientos: Siria, Irak, Zaire, Uganda y Nigeria son sólo algunos ejemplos en este sentido. Por su parte, el colapso postcolonial del orden ha conducido una y otra vez a masacres de tribus enteras, como ha sucedido recientemente en Ruanda y Burundi. Liberia no era una colonia, pero ha destacado igualmente en el asesinato de sus propios hijos. La política de apartheid practicada en Suráfrica después de la segunda guerra mundial, hoy felizmente superada, fue un ejemplo espantoso de injusticia institucionalizada, violencia, odio e intolerancia.
En América Latina ya no hay dictaduras militares, pero entre los años sesenta y finales de los ochenta pro¬liferaron las «guerras sucias» -un neologismo grotesco. La policía y el ejército perfeccionaron sus técnicas de tortura de los adversarios políticos, llegando a una auténtica maestría del rebajamiento humano. Las guerrillas urbanas acrecentaron su poder, y hubo grupos de población indígena que fueron diezmados.
¿Cómo puede seguir viviendo una persona que haya sido torturada o cuyos hijos, marido o mujer hayan sido torturados o incluso asesinados, si el torturador vive en la puerta de al lado? ¿Y cómo se puede llevar tranquila¬mente a los hijos a la playa o a esquiar si se sabe que existen comandos asesinos -formados por policías de civil- que matan a indefensos niños abandonados, a los niños de la calle? Argentina, Brasil, Uruguay, Chile, Guatemala y otros países de Centroamérica y Suramérica han llegado a cotas notables en este terreno.
Cabría pensar, a estas alturas, que el Holocausto ha enseñado a todos los hombres y mujeres lo odioso que es el racismo. Y de hecho se produjo una revolución pacífica: el Tribunal Supremo de Estados Unidos y tras él la justicia americana en general han desmontado el vergonzoso sistema de la discriminación racial en Norteamérica. Sin embargo, no se puede decir que el final de la segregación fuese también el final del conflicto racial en mi país.
A las imágenes de turbas entregadas a linchamientos les han seguido insoportables imágenes de disturbios raciales como los del Watts y Miami y ha aparecido un nuevo estereotipo, el de la violencia de criminales negros contra los blancos. No hace mucho un cono¬cido periodista del Washington Post ha publicado un diario de su juventud en el que describe vivamente y con detalle cómo él mismo y sus amigos golpearon y patearon a un compañero de clase sólo porque el muchacho tenía la piel blanca.
Históricamente los judíos han estado en la vanguardia de la lucha en favor de la plenitud de derechos civiles para los americanos negros. Actualmente, sin embargo, asistimos en Estados Unidos al desconcertante y paradójico fenómeno de la aparición de un antisemitismo negro, cuyo exponente más conocido es sin duda el predicador del odio Louis Farrakhan. Este veneno parece extenderse sobre todo entre la nueva clase media negra.
En los últimos años se han cometido atrocidades contra los turcos en Alemania, contra los gitanos en Centroeuropa y Europa oriental y contra los árabes en Francia. Aun cuando son bien pocos los judíos que viven hoy en Alemania, no por ello deja de aumentar el antisemitismo y el vandalismo contra los judíos; jóvenes neonazis y matones agresivos realizan «hazañas» mientras que viejos profesores deforman la historia del Holocausto en nombre de una supuesta objetividad histórica. Su propósito es disminuir la trascendencia y significación del Holocausto, difuminando el horror sin par del Tercer Reich.
De todos los genocidas que han ensangrentado nuestro siglo, sólo los del Tercer Reich llevaron a cabo su mortífero cometido en nombre de una política de estado reconocida y proclamada. En ningún otro lugar ha sido la persecución y exterminio de un pueblo asunto de la rutina burocrática gubernamental. Está moralmente ciego aquel que no pueda ver que existe una diferencia cualitativa entre lo acaecido en los campos de concentración alemanes -con sus cámaras de gas y sus hornos crematorios y sus numerosas actividades secundarias y derivadas como la recogida del cabello de las mujeres y de los dientes de oro, que se arrancaban a los cadáveres, o la elaboración de objetos con piel humana- y otros crímenes repugnantes como las masacres de que fue objeto la población armenia, cometidas por las turbas e instigadas por las autoridades de Turquía, o el trato brutal de los prisioneros del Gulag.
Las agresiones de una brutalidad inaudita y cada vez más frecuentes son otro síntoma de la difusión del virus de la violencia. Los asesinatos de prostitutas por Jack el Destripador en el Londres de final del siglo pasado quedan pálidos en comparación con la serie de crímenes con tortura y canibalismo cometidos en Estados Unidos en los últimos años, las masacres ocasionadas por criminales que disparan con armas automáticas sobre la multitud, la silenciosa crueldad de los francotiradores que eligen a sus víctimas en un pacífico campus universitario o el ataque con gases venenosos en el metro de Tokio.
Vivimos en una época en la que la medicina moderna nos facilita sobremanera la existencia: la viruela, la parálisis infantil y la difteria han sido prácticamente erradicadas; los antibióticos pueden curar muy rápidamente enfermedades que antes eran prácticamente una condena segura a muerte; las intervenciones quirúrgicas son indoloras y se han hecho posibles operaciones que en mi no tan remota infancia eran totalmente inimaginables. La esperanza de vida ha aumentado enormemente, salvo en los países más pobres, y finalmente parece incluso posible asegurar la alimentación a una población mundial que aumenta permanentemente. Y, sin embargo, esta época nuestra de extraordinarios avances técnicos y médicos para el mantenimiento y prolongación de la vida humana y la lucha contra el dolor se caracteriza también, a la vez, por un desprecio con frecuencia espantoso y sádico por la vida humana.
¿Y qué decir del hecho de que las mismas sociedades ricas que se estremecen ante la epidemia del sida y que dedican tan cuantiosos recursos a la investigación relacionada con este mal reaccionen al mismo tiempo con abierta pasividad, con indiferencia y aburrimiento apenas velados ante los genocidios que se cometen en Bosnia, Sri Lanka, Ruanda, en los territorios habitados por kurdos o en Chechenia, ante la comprobada práctica de la tortura en las prisiones de Turquía, Irán, Irak, Indonesia y China, ante las hambrunas de Abisinia o Somalia? ¿Cómo es que hay tanta violencia, injusticia y odio a pesar de que las informaciones que proporciona la televisión las 24 horas del día hacen imposible seguir pasando por alto sus consecuencias?
En una escena del Rey Lear de Shakespeare dice Gloucester, al que habían dejado ciego por haber per¬manecido fiel a su rey:

[...] lo que las moscas son para los ociosos muchachos es lo que somos nosotros para los dioses; nos matan por gusto.

En estas líneas se contiene toda una -terriblemente exacta- cosmogonía; la visión de un mundo regido por dioses que quieren el mal y por hombres que, a imi¬tación de esos dioses, mutilan y matan a otros hombres.
No albergo duda alguna de que tenemos una disposición humana fundamental a hacer el mal e inferir sufrimiento. Igualmente fundamental es nuestra indiferencia hacia el sufrimiento de los otros, a no ser que nos reconozcamos en ellos de una manera tan certera que un golpe propinado a ellos nos afecte también a nosotros.
Mayoritariamente nos vemos contenidos por la educación (de la que en ocasiones forma parte una orientación derivada de principios religiosos bienintencionados) y -en la medido en que vivamos en sociedades estables y bien administradas- también por leyes que previenen y castigan la comisión de actos de violencia. Y, sin embargo, ¡cuántas religiones no habrán sido culpables, por su pretensión de detentar validez exclusiva, de que se haya torturado y muerto a personas en nom¬bre de este o aquel dios!
Debemos trabajar para que las sociedades basadas en la democracia y el Estado de derecho se extiendan. Pero eso no basta. Debemos abrir también nuestros endurecidos corazones.
Una cosa me parece segura: la injusticia y la violencia contra el otro, contra el extraño, y nuestra indiferencia, que nos permite mirar sin dificultad a otro lado, hunden sus raíces en nuestra incapacidad para reconocer la humanidad inherente al otro, al extraño, en el sentido más profundo de la palabra. Percibimos sin duda -y valoramos habitualmente poco- todo lo que es extraño en el otro, todo lo que le distingue de nosotros mismos y de los de nuestra condición: color de la piel, idioma, religión, ideología, peculiaridades culturales. Tomamos como pretexto estos rasgos que valoramos como incómodos e incluso como desagradables para ignorar todo lo que tenemos en común con el otro. De esta manera ha podido tolerar durante siglos la Iglesia Católica el comercio de esclavos y la esclavitud, porque tenía por absurdo que hombres y mujeres de piel negra tuviesen un alma inmortal y pudiesen ser, por tanto, humanos en plenitud.
Ciertamente no se habría llegado al Holocausto -y desde luego los alemanes no habrían apoyado o aceptado que los nazis matasen a los judíos; al fin y al cabo al principio las víctimas fueron los propios vecinos alemanes, las familias judías de al lado- si hubiesen tenido presente que los judíos eran personas como ellos. Naturalmente, la sofisticada estrategia de las doctrinas nazis y de la propaganda nazi tenía como objetivo pri¬var a los judíos de su humanidad, negarles la condición humana.
Inexcusablemente debemos aprender a reconocer en el otro a nuestro hermano o nuestra hermana. Si no lo hacemos así difícilmente tendremos el coraje necesario para cerrar el paso a aquellos que querrían hacerles daño. Sería bueno en este sentido que nos percatemos de que la diversidad humana es un motivo de alegría: es enriquecedora para el mundo y para nuestra experiencia. Seguramente nadie querría que existiese en el mundo sólo una especie de flores, pájaros o peces. La infinita diversidad de las especies no la percibimos como una amenaza. Deberíamos tratar de acoger a nuestros congéneres humanos con la misma curiosidad, tolerancia y alegría.