NO ES ORO TODO LO QUE RELUCE
Coincidí hace unos pocos días, con una modelo española, muy cotizada a nivel mundial, espectacular, no sólo guapa y por el fachón que tiene, sino porque es una mujer inteligente, bien educada, culta, con una enorme sensibilidad hacia temas humanos y humanitarios. Es el colmo de la discreción, habla poco pero lo que dice, por lo general vale la pena. Estaba con nosotros una niña de 12 años que, como es natural, se quedó un buen rato mirándole entusiasmada. «¿Quieres que le pida un autógrafo?», le pregunté. La expresión de felicidad de aquella adolescente, en plena etapa de deslumbrarse ante un personaje famoso, es imposible de describir.
Alguien encontró un papel en forma de abanico y un bolígrafo. La modelo nos pidió que esperásemos un momento porque prefería sentarse para hacerlo mejor y pensar bien lo que quería decir. Cuando acabase de saludar a todos lo haría. Yo estaba segura de que se le iba a olvidar, cuando, de pronto le vi venir hacia mí y con enorme sencillez me dejó lo que acababa de escribir. Lo leí y no daba crédito. Sé por experiencia lo difícil que resulta improvisar y resumir, en pocas palabras, algo especial para una dedicatoria, por mucho que se quiera al destinatario. Y esta mujer en menos de un minuto decía a una admiradora suya, de pocos años, a la que no conocía pero que sin duda sospechaba que estaba superilusionada por la idea de tener ese recuerdo de una top-model. «Querida Sofía, no todo lo que brilla es maravilloso. Ahí estás tú para descubrir la reali¬dad. Primero ha de brillar uno. Con muchísimo cariño, Laura».
Cela, que además de Premio Nobel y Premio Cervantes, fue un trabajador incansable, dijo en cierta ocasión que «para el éxito sobra el talento; para la felicidad no basta». Sentencia que lleva a pensar que ese triunfar en la vida en parte nos viene dado y para colmo no debería ser el objetivo de quien se proponga ser feliz. Me gustaría discutirlo con don Camilo pero, por desgracia no es posible hacerlo. Hubiese querido matizar con él la primera premisa, y decirle que estoy plenamente de acuerdo en la segunda, pese a lo que se ha supervalorado al éxito en los últimos tiempos.
Me parece más objetivo analizar el éxito no como algo que se logra a base de zancadillas, corrupción, y malas artes en definitiva, sino como la consecuencia de la perseverancia en el trabajo y el empeño por lograr un fin en la vida. Quizás por enfocarlo desde este punto de vista, no puedo soportar el retintín -¿pura y simple envidia en muchos casos?- con el que se suele comentar de alguien que ha triun¬fado, en el deporte, en el arte, en los negocios, no en su vida personal, «que es un tío que ha nacido de pie»; «que todo le sale bien porque la vida se le da de cara» o «que tiene buena estrella».
¡Por supuesto que hay quien acierta en las quinielas! pero es tan rara avis, que es la noticia del día siguiente... y no es muy repetida. También existen afortunados a los que les toca el gordo de Navidad o, sin llegar a tanto, a algunos les caen unos cuantos millones. Quiero decir que gente con suerte la hay, como hay cenizos a puñados y, gentes que nacieron estrellados. Pero eso nada tiene que ver con el éxito o el fracaso.
Los tiros van en otra dirección. Exactamente en la contraria. Me gustaría hablar de una serie de personas, mujeres y hombres, que han logrado la antorcha del triunfo en los campos y categorías más dispares, y lo han hecho a base de codos, de horas extras, de un trabajo bien planteado, rematado tanto en las grandes líneas, como en los detalles más nimios, inverosímiles, fundamentales para ese buen hacer, componente fundamental del éxito.
Gracias a mi trabajo como periodista, he descubierto a lo largo del tiempo a muchos de estos personajes geniales. Unos famosos. Otros anónimos. Algunos que, pese a una apariencia de tenerlo todo a favor, han llegado a una cumbre determinada, como todo hijo de vecino, con esa misma dosis de esfuerzo y de lucha. Tengo que decir que, uno a uno, me han dejado asombrada. La mayoría por el ritmo incansable, de preparación por ejemplo en los deportistas, exigido por su oficio, si quieren subir a un podium. ¿Quién piensa que Indurain ganó cinco veces el Tour de Francia y otro montón de pruebas, sólo porque tenia un corazón a prueba de bombas en lo físico?. Podríamos repasar a todos los que han logrado ese tipo de éxitos olímpicos, en el fútbol, o en las carreras de caballos. Y que decir si pasamos al terreno de los negocios!. Cabe por supuesto un factor de mejor o peor suerte en la vida, pero en todo el que consigue unos objetivos se dan una serie de ingredientes básicos, que no pueden fallar. Honradez, laboriosidad, prudencia y suerte son cuatro elementos indispensables para conquistar ese triunfo serio y seguro cuando uno se propone sacar el máximo partido a la vida.
Una formula que todos deberíamos aplicar a nuestro núcleo familiar en el que tendríamos que aspirar al éxito a toda costa. Un éxito que tiene varios puntos de mira. El personal, es decir, el sentirse a gusto con uno mismo, y el más importante, que es conseguir que los demás, marido o mujer, hijos, padres, suegros, o hermanos, estén también a gusto en nuestro hogar y nuestro entorno. Ahí el éxito no se mide por titulares de los periódicos, sino por una mirada al fondo de uno mismo. Porque lograr la estabilidad y la unión entre padres e hijos, es una labor ardua, constante, cansada muchas veces, ingrata otras, y muy reconfortable cuando se les ve crecer a esos hijos sanos y nobles, 0, si pese a las tormentas, malentendidos, subidas y bajadas de humor entre la pareja, se mantiene una fidelidad sin asomo de ruptura. ¡Qué gran éxito vital conquistan quienes llegan a celebrar sus bodas de oro!. Sabemos que a lo largo de esos cincuenta años de vida en común habrá habido de todo un poco. Pero cuántos que tiraron la toalla al primer obstáculo, se mueren de envidia al ver a esa familia que ha culminado con éxito el Everest de las luces y las sombras de medio siglo de matrimonio. En este número dedicado a la belleza pienso que el consejo de nuestra top model viene a todos como anillo al dedo. No me importa repetirlo y brindarlo a todos los lectores para reflexionar sobre esa verdad rotunda de que no todo lo que brilla es maravilloso. Primero ha de brillar cada uno. Lo urgente es descubrir ese valor en lo hondo de nuestra vida.
Alguien encontró un papel en forma de abanico y un bolígrafo. La modelo nos pidió que esperásemos un momento porque prefería sentarse para hacerlo mejor y pensar bien lo que quería decir. Cuando acabase de saludar a todos lo haría. Yo estaba segura de que se le iba a olvidar, cuando, de pronto le vi venir hacia mí y con enorme sencillez me dejó lo que acababa de escribir. Lo leí y no daba crédito. Sé por experiencia lo difícil que resulta improvisar y resumir, en pocas palabras, algo especial para una dedicatoria, por mucho que se quiera al destinatario. Y esta mujer en menos de un minuto decía a una admiradora suya, de pocos años, a la que no conocía pero que sin duda sospechaba que estaba superilusionada por la idea de tener ese recuerdo de una top-model. «Querida Sofía, no todo lo que brilla es maravilloso. Ahí estás tú para descubrir la reali¬dad. Primero ha de brillar uno. Con muchísimo cariño, Laura».
Cela, que además de Premio Nobel y Premio Cervantes, fue un trabajador incansable, dijo en cierta ocasión que «para el éxito sobra el talento; para la felicidad no basta». Sentencia que lleva a pensar que ese triunfar en la vida en parte nos viene dado y para colmo no debería ser el objetivo de quien se proponga ser feliz. Me gustaría discutirlo con don Camilo pero, por desgracia no es posible hacerlo. Hubiese querido matizar con él la primera premisa, y decirle que estoy plenamente de acuerdo en la segunda, pese a lo que se ha supervalorado al éxito en los últimos tiempos.
Me parece más objetivo analizar el éxito no como algo que se logra a base de zancadillas, corrupción, y malas artes en definitiva, sino como la consecuencia de la perseverancia en el trabajo y el empeño por lograr un fin en la vida. Quizás por enfocarlo desde este punto de vista, no puedo soportar el retintín -¿pura y simple envidia en muchos casos?- con el que se suele comentar de alguien que ha triun¬fado, en el deporte, en el arte, en los negocios, no en su vida personal, «que es un tío que ha nacido de pie»; «que todo le sale bien porque la vida se le da de cara» o «que tiene buena estrella».
¡Por supuesto que hay quien acierta en las quinielas! pero es tan rara avis, que es la noticia del día siguiente... y no es muy repetida. También existen afortunados a los que les toca el gordo de Navidad o, sin llegar a tanto, a algunos les caen unos cuantos millones. Quiero decir que gente con suerte la hay, como hay cenizos a puñados y, gentes que nacieron estrellados. Pero eso nada tiene que ver con el éxito o el fracaso.
Los tiros van en otra dirección. Exactamente en la contraria. Me gustaría hablar de una serie de personas, mujeres y hombres, que han logrado la antorcha del triunfo en los campos y categorías más dispares, y lo han hecho a base de codos, de horas extras, de un trabajo bien planteado, rematado tanto en las grandes líneas, como en los detalles más nimios, inverosímiles, fundamentales para ese buen hacer, componente fundamental del éxito.
Gracias a mi trabajo como periodista, he descubierto a lo largo del tiempo a muchos de estos personajes geniales. Unos famosos. Otros anónimos. Algunos que, pese a una apariencia de tenerlo todo a favor, han llegado a una cumbre determinada, como todo hijo de vecino, con esa misma dosis de esfuerzo y de lucha. Tengo que decir que, uno a uno, me han dejado asombrada. La mayoría por el ritmo incansable, de preparación por ejemplo en los deportistas, exigido por su oficio, si quieren subir a un podium. ¿Quién piensa que Indurain ganó cinco veces el Tour de Francia y otro montón de pruebas, sólo porque tenia un corazón a prueba de bombas en lo físico?. Podríamos repasar a todos los que han logrado ese tipo de éxitos olímpicos, en el fútbol, o en las carreras de caballos. Y que decir si pasamos al terreno de los negocios!. Cabe por supuesto un factor de mejor o peor suerte en la vida, pero en todo el que consigue unos objetivos se dan una serie de ingredientes básicos, que no pueden fallar. Honradez, laboriosidad, prudencia y suerte son cuatro elementos indispensables para conquistar ese triunfo serio y seguro cuando uno se propone sacar el máximo partido a la vida.
Una formula que todos deberíamos aplicar a nuestro núcleo familiar en el que tendríamos que aspirar al éxito a toda costa. Un éxito que tiene varios puntos de mira. El personal, es decir, el sentirse a gusto con uno mismo, y el más importante, que es conseguir que los demás, marido o mujer, hijos, padres, suegros, o hermanos, estén también a gusto en nuestro hogar y nuestro entorno. Ahí el éxito no se mide por titulares de los periódicos, sino por una mirada al fondo de uno mismo. Porque lograr la estabilidad y la unión entre padres e hijos, es una labor ardua, constante, cansada muchas veces, ingrata otras, y muy reconfortable cuando se les ve crecer a esos hijos sanos y nobles, 0, si pese a las tormentas, malentendidos, subidas y bajadas de humor entre la pareja, se mantiene una fidelidad sin asomo de ruptura. ¡Qué gran éxito vital conquistan quienes llegan a celebrar sus bodas de oro!. Sabemos que a lo largo de esos cincuenta años de vida en común habrá habido de todo un poco. Pero cuántos que tiraron la toalla al primer obstáculo, se mueren de envidia al ver a esa familia que ha culminado con éxito el Everest de las luces y las sombras de medio siglo de matrimonio. En este número dedicado a la belleza pienso que el consejo de nuestra top model viene a todos como anillo al dedo. No me importa repetirlo y brindarlo a todos los lectores para reflexionar sobre esa verdad rotunda de que no todo lo que brilla es maravilloso. Primero ha de brillar cada uno. Lo urgente es descubrir ese valor en lo hondo de nuestra vida.
PINCELADAS PARA UN RETRATO
"Hoy nos encontramos en una nueva fase de la humanidad. Todos estamos regresando a nuestra casa común, la Tierra: los pueblos, las sociedades, las culturas y las religiones. Intercambiando experiencias y valores, todos nos enriquecemos y nos completamos mutuamente. (
)
LAS LEYES FUNDAMENTALES DE LA ESTUPIDEZ HUMANA
Cuatro paredes, 25 m2, doce hombres, una mesa, doce sillas; espacio reducido que hace presagiar, en teóricas posibilidades, una cadencia de repeticiones estériles. Un espacio absolutamente cerrado, estricto, en este sentido teatral, pero gracias a su proyección secuencial, alterable y ordenado a partir de una sintaxis compleja que alterna planos expresionistas al servicio de la degeneración psíquica del personaje encarnado por Lee. J. Cobb, y planos de profundidad envueltos por un ambiente cargado por el humo y por las sombras de la propia textura de la imagen en su independiente contexto cerrado.
FORMULA DE ABJURACION
(Relato antiguo adaptado por Jorge Bucal y extraído del libro Todo (no) terminó, de Silva Salinas, publicado en Ed. RBA-Libros 2004)
Había una vez una comunidad de luciérnagas que vivía en el interior del tronco de un altísimo lampati, uno de los árboles más majestuosos y viejos de Tailandia. Cada anochecer, cuando todo se quedaba a oscuras y sólo se oía el murmullo del cercano río, todas las luciérnagas abandonaban el árbol para llenar el cielo de destellos. Jugaban a hacer figuras con sus luces bailando en el aire para crear un sinfín de centelleos más brillantes y espectaculares que los de un castillo de fuegos artificiales. Pero entre todas las luciérnagas que vivían en el lampati, había una muy pequeñita a la que no le gustaba salir a volar. -No, no, hoy tampoco quiero salir a volar -decía todos los días la pequeña luciérnaga-.
REYES MATE
Leo en la prensa que están analizando los genes de una descendiente de John Merrick, el Hombre Elefante, para estudiar su extraña y horripilante enfermedad, que hace pocos años ha sido por fin diagnosticada como el síndrome de Proteus, una dolencia rarísima de la que sólo se conocen un centenar de casos. Ya saben que Merrick (1862-1890) fue ese hombre tan terriblemente deformado que causó sensación en el Londres victoriano. Vivió sus seis últimos años en el London Hospital bajo la tutela del doctor Treves, convertido en un especimen digno de estudio; y ésos fueron sin duda los mejores años de su vida, quizá incluso los únicos tolerables, porque Treves le trataba con respeto y afecto.
Salman Rushdie Gandhi, ahora , EL PAÍS 21 abril 1998